LA PUTA QUE ME HABITA
CAPITULO 1: Esta familia de PUTAS (editado)
Inicios de esta familia de PUTAS
Esta historia se remonta a los tiempos que la memoria de mis antecesores recuerda. Mis antepasados más remotos de los que puedo hablar son mis bisabuelos Paco y Vitorio. Lo que me han contado de ellos es que eran primos que vinieron a esta isla caribeña desde España, posiblemente de Canarias. En este, el país de los cuatro pisos, quién no tiene un pariente español. Es una especie de orgullo ancestral. Nadie recuerda a sus parientes africanos, para qué. Con una historia de negación de lo negro, de blanqueo de todo lo que recuerde a lo africano, no se puede esperar menos.
En fin, estos bisabuelos se asentaron en un pueblo costero del sur. Nadie me ha podido explicar el por qué, el cómo, lo que se cuenta es que tenían una finca común. Allí se criaron sus hijos e hijas: Curra, Vigis, Lulo y Tolín. Hay otros hermanos y hermanas, pero de esos se habla poco. También se habla poco de los orígenes de Catalina y Jacinta, las respectivas esposas y madres de los que he mencionado. De la que más escuché hablar fue de Jacinta, una mujer menuda con larga cabellera oscura y ondulada. Una bella criolla de la que Vitorio se enamoró perdidamente. No sé más, aunque sí puedo tener un recuerdo de ella en mis memorias infantiles. Ella vivía con uno de sus hijos: Falelo, hermano mayor de Lulo y Tolín. Mi madre nos llevaba a visitarla. Me impresionaba aquella mujer diminuta, delgada, de piel oscura aunque no negra, silenciosa, muy mayor y con aquella hermosa cabellera muy oscura para su edad. No recuerdo más. A Vitorio no le conocí, había muerto para los tiempos a los que se remontan mis recuerdos. Dicen que era muy alto, blanco, con ojos claros. Un hombre elegante.
Guardo recuerdos de Paco. Lo conocí en su velorio, al que acudí siendo una niñita. Cuentan que era un hombre bajito, regordete, todo lo opuesto a su primo. Aunque compartía los ojos claros. Dicen que Paco los tenía muy azules. De Catalina, su mujer, no tengo memoria, ni recuerdo que me hayan hablado de ella. No sé cómo era. Tampoco sé cómo se daba aquella relación entre ambas familias. Ni cómo luego cada cual separó sus destinos, aunque siguieron viviendo en el pueblo. Lo que sí recuerdo es aquella mezcla de rasgos que caracterizan a los míos, mi familia: rasgos españoles y criollos.
Los criollos son los que mejor describen nuestra raza caribeña. Son una mezcla del blanco, del africano y del indio. Por eso, entre los criollos predominan las distintas tonalidades de piel, desde las más claras, aunque no del todo blanca, hasta las más oscuras sin llegar a ser negra. Otro rasgo característico es el cabello. Lo hay “pasita”, muy ensortijado y rebelde, que refleja una fuerte influencia africana, hasta el “lacio” donde no se ve una sola onda. Lo hay color rubio como los rayos de sol hasta tan negro como el azabache. Del color de los ojos ni hablar, los hay de todos los colores: azules, verdes, amarillos, marrones como avellanas o muy oscuros. En esta isla caribeña de cuatro pisos se dan unos contrastes únicos como es el ver a un criollo de piel oscura, cabello ensortijado y con unos ojos de color verde intenso o ver a una criolla, blanca, de ojos azules y cabello rubio pero como una “sereta”, una “maranta” indomable que denota que por algún lado le corre sangre africana.
Mi familia tiene todos estos maravillosos contrastes pues por alguna razón los hijos de Tolín, mi abuelo, y de su segunda su mujer, Erasma, se buscaron parejas negras, que no criollas. Fueron nueve varones y todos se casaron con mujeres de piel muy oscura y cabellos “rebeldes”, para dolor de Erasma y como castigo a su racismo evidente. Se tuvo que “tragar la lengua” al llenarse de nietos y nietas que reflejaban aquella mezcolanza de raza. También las hijas de Tolín, habidas con su primera mujer, mi abuela Curra: Lola y Marianela, se casaron con dos criollos más negros que blancos.
Todos los hijos de Tolín le nacieron blancos y rubios. Algunos con ojos claros aunque predominaron los ojos oscuros de sus madres. Ninguno sacó el color de ojos de mi abuelo Tolín. Eran de un azul intenso, al mirarle, parecía que una miraba aquel mar del sur, aquel Caribe exuberante. Tolín fue muy delgado toda su vida, una delgadez que lo hacía parecer muy frágil, sin embargo vivió hasta pasados los ochenta.
Su hermano Lulo tenía una complexión más robusta. Era alto, de piel blanca aunque no tanto como la de Lulo y de ojos oscuros. Eran muy distintos. Lulo también vivió una larga vida. Los hijos varones de Lulo salieron más morenos de piel, un tono muy parecido al de su madre Vigis, quien era hermana de mi abuela Curra. Ninguno sacó los ojos claros. La única hija de Lulo, la nacida de la relación con su amante Inocencia, a la que antes de nacer la niña, legitimizó como esposa al divorciarse de Vigis, también salió oscura, morena, preciosa. Dicen que es la viva estampa de la bisabuela Jacinta, aunque es mucho más alta.
Los hijos de mi abuela Curra, habidos en tres historias distintas, también fueron muy diferentes entre sí. Dos hijas rubias, muy blancas: las hijas de Tolin. Un hijo blanco con cabello oscuro ondulado, el más parecido a Curra, por lo que nunca se ha podido saber quién fue su padre y los dos “negritos”. Los nacidos en su relación con Ismael.
Las hijas de Curra y Tolin: Lola y Marianela, tuvieron hijos que sacaron rasgos multicolores. Cada una tuvo cuatro hijos en los que predominan todos los colores de piel, de ojos y de cabello. Son un verdadero “pavo real” cada uno de ellos. Curiosamente las hermanas, tuvieron cuatro hijos: dos chicas y dos chicos cada una. Eduardo, el hijo sin padre de Curra, no tuvo hijos, como tampoco los tuvo Memín, el hijo menor. Gervasio, el mayor de los “negritos” tuvo una hija, una niña más blanca que el algodón, con unos ojos más azules que el cielo y con cabellos dorados aunque más “kinki” que el de su padre. Una verdadera muñequita si no fuese por aquel “pasurín” indomable que revelaba abiertamente su sangre africana.
La saga ha continuado. La primogénita de Marianela, Manuela, engendró a Nora y ésta a Karina. Marianela no quiso casarse con un negro, por lo que escogió como marido a un criollo. Ella no quería vivir lo que había vivido su madre: ser una mujer blanca que paría “monitos”. Manuela le nació blanca aunque de un blanco amarillento, que revela la influencia negra en su sangre, pero lo que más lo denota es su cabello. Tiene una “sereta” indomable aún en estos tiempos de tantos productos para combatir “la negritud”. Nora también es blanca, muy blanca. Nació rubia, tanto que parecía casi albina, pero luego, el cabello se le oscureció y se le puso ondulado. Tiene ojos oscuros. Karina es tan blanca como su madre Nora, pero con una cabellera azabache de rizos suaves y ojos negros vivaces, llenos de alegría. Curiosamente, es Karina la más parecida físicamente a Curra.
Curra, la primera PUTA de la familia
Mi abuela fue una adelantada a su tiempo. Nació para principios del siglo XX en un pueblo del costero de mi país. Se crió junto a sus hermanos en la finca que tenían mis bisabuelos. Gustaba de montar a caballo, de criar animales y sembrar. Tenía un carácter rebelde. Solía llevar la contraria a su padre y hacer lo que entendía que le resultaba conveniente, según cuenta mi tía abuela Vigis, que era una de las hermanas menores. Nunca fue a la escuela. No sabía leer ni escribir. Tenía una belleza peculiar, lo que provocó que un vecino amigo de la familia y bienpudiente la pidiera en casamiento.
En aquellos tiempos, se solían arreglar matrimonios de conveniencia. Ese fue el caso de mi abuela. Su padre acordó el matrimonio con el vecino y se hizo la boda. Contaba mi abuela con 15 años para ese entonces. Mi abuela no discrepó, sin embargo, a los tres días de su boda, recogió sus bártulos de la casa del susodicho y se regresó a su casa sin considerar el disgusto que esto provocaría en su familia y en su marido. No hubo ruego ni súplica que la hiciera cambiar de parecer. No volvió con él.
Por aquel entonces, ya mi abuela se había fijado en el hijo de Vitorio, primo de su padre. Tolín, el que más adelante sería mi abuelo, le había “hecho ojitos”. Tenía mi abuela un carácter alegre, extrovertido y gustaba de ir a los bailes que se hacían en bateyes cercanos. Como su padre Paco, no consentía el que sus hijas fuesen a esos rituales muy mal vistos, mi abuela se las ingeniaba para escaparse de la casa y asistir a las fiestas. Era dicharachera y buena bailadora. Así conquistó a mi abuelo.
Mi abuela Curra tuvo 3 hijos con mi abuelo Tolín. En aquellos tiempos, las familias vivían todas muy cerca. Mis abuelos fueron a vivir a la finca de Paco, que colindaba con la de su primo Tolín. Mi tía abuela Vigis se casó con el hermano de mi abuelo, mi tío abuelo Lulo. Todo quedaba entonces en familia. Todos vivían en la misma finca.
Por aquel entonces, mi abuelo era capataz en la siembra de caña de la central cercana y en su recorrido a pie hacia su trabajo, Erasma, una vecina del litoral se había fijado en él. Era común en aquellos tiempos, el que los hombres tuviesen más de una familia y que compartieran el lecho con otra mujer, la querida. Pronto Erasma se convirtió en la querida de mi abuelo y le parió un hijo. Cuando mi abuela se enteró lo puso de patitas en la calle y se fue a vivir a casa de su padre con sus tres hijos. Nuevamente, de nada valieron los ruegos. Mi abuela indignada por lo que Tolín había hecho, lo abandonó y no regresó con él. No estaba dispuesta a compartir a su marido con otra, aunque esa fuese la costumbre.
Al tiempo, mi abuela, muy joven aún, comenzó otra relación amorosa. Lo que le valió las habladurías de todo el barrio. Las peleas con su padre eran constantes, estaba poniendo la reputación de la familia en entredicho con su comportamiento poco cristiano. En el pueblo comenzaron a tildarla de PUTA. Mi abuela Curra no se inmutó. Siguió con sus amoríos y pronto tuvo otro hijo. Esta vez sin estar bajo techo con ningún marido. Aquello fue el acabose.
Cansada de las peleas de su padre, las habladurías del pueblo y siendo aún muy joven y sin muchas opciones en el pueblo, un día decidió abandonarlo todo y marcharse a la capital. Había oído que tenía más posibilidades de encontrar un empleo en las fábricas que recién comenzaban a instalarse en el país y que muchos campesinos emigraban a lo que se conoció como el barrio obrero, un sector de casuchas humildes, en amplia expansión, para albergar a los nuevos allegados. Nuevamente fue el escándalo de la familia. Ahora también abandonaba a sus hijos buscando un porvenir incierto como trabajadora.
En aquel entonces en el pueblo, las mujeres que trabajaban también estaban muy mal vistas. Eran muy independientes, muy liberales y libertinas. Todas eran unas PUTAS que llevaban muy mala vida en la ciudad, porque sabe Dios que cosas hacían, ahora que nadie las veía. El trabajo era cosa de hombres, la mujer se debía a su casa y a sus hijos. Una mujer DECENTE, se buscaba un buen hombre que la pudiese mantener y se dedicaba a parir hijos. Eso hizo Erasma y tuvo con mi abuelo Tolín nueve hijos. Ella sí que se había convertido en toda una señora, en cambio mi abuela era una PUTA que había abandonado a sus hijos dejándoselos a su padre.
Ya en la ciudad, mi abuela conoció a quien sería su compañero de vida. Un hombre NEGRO del que se enamoró perdidamente. La indignación de su familia ya no aguantó más. Curra había excedido los límites al juntarse a vivir con un NEGRO y parirle 2 hijos. Había dañado la raza y llenado de vergüenza a su familia. Lo mejor era que no volviese jamás al pueblo. Su nombre estaba de boca en boca por todos sus actos. Curra, la puta que dejó a su marido, que tenía un hijo sin padre, que dejó a sus hijos y se fue a vivir la mala vida en la ciudad capital arruinando el nombre de la familia al casarse con un NEGRO.
Curra llegó a la capital para la década de 1940. En aquel momento, el país empezaba un proyecto "revolucionario" de industrialización que el primer gobernador electo por el pueblo se había propuesto lograr. El país de cuatro pisos donde vengo, ha sido colonia toda la vida. Más bien desde que llegaron los colonos españoles en el siglo 16. Antes, había sido una isla paradisíaca. Los nativos de aquellas tierras habían vivido muy felices y tranquilos hasta ese encuentro nefasto con los colonos.
Desde entonces, la isla ha sufrido toda clase de atropellos propios de una colonia. Ha sido botín de guerra en varias ocasiones. Ha pertenecido a Inglaterra, Holanda, España y ahora a los Yankis. Vivió bajo gobiernos militares la mayor parte de estos últimos siglos, hasta la década de 1930, cuando los Yankis temieron una sublevación de aquella población pobre y hambrienta y les permitieron elegir un gobierno propio. La historia de la isla ha sido muy confusa. Su población siempre ha estado dividida en posturas a favor o en contra de las posturas de sus gobernantes.
Mas en aquel momento, a principios de los `40, todos creyeron en El Líder. Venía de las filas que abogaban por la independencia. Mi abuela nunca le creyó. Se mantuvo firme.
- "Ese no me engaña". Es como todos los hombres, mucha promesa que se va cuando se le cruza la primera falda por el frente. "A este se le irán las promesas cuando empiece a tentarlo el imperio infame". Así le decía mi abuela Curra a sus hermanas.
Si partió del pueblo para la capital, no fue por las promesas de El Líder, sino porque ya estaba harta de las habladurías que sobre ella corrían por el pueblo. Estaba harta también de la lucha que llevaban Catalina y Paco para tratar de controlarla.
-¡Ay, Curra! ¿Cuándo "sentarás cabeza"? ¿No ves que eres mujer? No puedes cambiar el curso de la vida, el papel de la mujer es "seguir a su marido" y perdonarle cuando comete errores. Le decía Catalina, con voz dulce, a mi abuela.
-Ésta lo que logrará es que matarme de un "soponcio". Contestaba su padre.
Lo mejor era marcharse y no darles más dolores de cabeza a sus padres. Nunca la comprenderían. Ella no estaba dispuesta a "someterse" a la voluntad de ningún hombre. Si no lo había hecho con su padre, menos aún a cualquier otro que no la respetase y la dejara ser como ella quería, como ella entendía que debía ser. Tampoco es que ella fuese una "cabecidura". Con Tolín todo marchó muy bien. Vivió con él como toda una "señora de su casa" durante 7 años. Si no hubiese sido por su amorío con Erasma, ella hubiese continuado con él. Lo amaba. Él se equivocó al pensar que por ese amor que ella le tenía, ella estaría dispuesta a aguantarle todo. ¡Que va! Ella se sentía una mujer digna de ser amada en forma exclusiva. Si él no lo podía comprender, entonces él no estaba a la altura de lo que ella esperaba de un hombre. Por eso lo dejó. Lloró por él. Lloró por su desdicha y por rabia. Pero lo hizo a solas, cuando no la veían. Lloró a su manera cuando se iba por aquella finca y se adentraba por los caminos galopando a caballo. Lloró poco, eso sí. Al poco tiempo se hizo asidua de las fiestas que se formaban en la atarraya. Se escapaba de noche y llegaba de madrugada.
En una de aquellas noches conoció a otro hombre. Ese del que nunca habló. Con ese olvidó sus penas. Poco tiempo después supo que esperaba otro hijo. Dejó de verlo. Él estaba casado. Ella no le haría a ninguna mujer, lo que Erasma le había hecho. Durante todo su embarazo no salió de la finca. Se dedicó a cuidar a sus hijos y a ayudar a su madre y sus hermanas. Su padre por poco se muere del disgusto cuando Catalina le dijo que Curra estaba "preñada". Ambos insistieron en que les dijera quién era el padre de la criatura que esperaba, sabiendo que ella no se los diría. Sabían muy bien como era Curra. Pasados los meses, ya no se mencionaba el asunto. Cuando nació mi tío Eduardo, mis bisabuelos se enloquecieron con el chiquillo. ¡Era precioso!
Mis bisabuelos cuidaban a los hijos de Curra como si fuesen de ellos. Lola, Marianela, Miguel y Eduardo eran los niños más felices del planeta en aquella casa. Vivían rodeados del amor de sus tías y de sus abuelos. Tolín iba a ver a sus hijos con frecuencia. Acompañaba a Lulo, que por aquellos tiempos, cortejaba a Vigis, la hermana de Curra. Tolín adoraba a las niñas. Con Miguel era distinto. Erasma le había "metido en la cabeza" que ese no era hijo de él, pues, según ella, Curra le engañaba cuando él tenía que marcharse a otras fincas por su trabajo y se pasaba temporadas fuera de casa.
Tolín tuvo sus dudas con Miguel, aunque nunca se lo dijo a Curra. Ella había quedado embarazada justo en un momento en que él tenía que marcharse. Se ausentó por tres meses. A su regreso se topó con Curra y su "barriga". Curra nunca le fue infiel. Ni a él, ni a ninguno de sus maridos. En eso ella tenía sus principios. No le gustaba hacer lo que a ella no le gustaba que le hicieran.
Miguel fue un niño enfermizo, debilucho. Curra lo adoraba. Quizás por eso, por verlo el más frágil de todos sus hijos. Un día Miguel se fue con su padre. Tolín lo dejó al cuidado de Erasma en lo que iba al colmado para el “trueque”. Llevaba huevos para que, a cambio, le diesen pan con mantequilla. No había mucho que comer en aquellos tiempos y se acostumbraba intercambiar productos. Al regreso se encontró al niño color púrpura. Erasma estaba en la cocina y parecía no haberse dado cuenta de la condición del niño. Casi como un loco, Tolín salió de la casa con el niño para llevárselo a su madre. Cuando Curra vio a su hijo en tan malas condiciones, furiosa, se abalanzó sobre Tolín.
-¿Qué le has hecho? Gritaba.
-Cálmate Curra. Se ha puesto malo en la casa.
La abuela Catalina vino corriendo al oír los gritos.
-Este niño se muere. Determinó.
Buscaron a Don Tobías, el curandero del barrio. El hospital estaba en el pueblo y el niño estaba muy mal. Tomaría más tiempo llevarlo hasta allá. Decidieron que Don Tobías lo tratara con sus remedios. No sirvieron de nada los sobos, los baños de planta y las cataplasmas de “mejunje” que preparó Tobías. Tres horas más tarde, Miguel daba su último y muy difícil suspiro y exhaló. Los gritos de Curra al ver a su hijo muerto, se oyeron en todo el barrio. Tolín no hallaba consuelo. Entre la culpa y el dolor se iba consumiendo. Sólo lo calmaba el aguardiente. Así que esa noche, durante el "baquiné", Tolín bebió y bebió. Bebía para intentar olvidar, para no pensar. ¿Qué le había pasado a Miguel mientras él se fue al colmado? Jamás le diría a Curra que había dejado al niño al cuidado de Erasma. Ya mucho había sufrido Curra con la putada que él le había hecho al formar un hogar con Erasma.
Y así, cargando culpas y culpas, mi abuelo Tolín se dedicó en cuerpo y alma a la bebida hasta el fin de sus vidas.
La vida de Curra en la ciudad
La navidad fue un periodo difícil en la vida de Curra, desde aquella vez en que se fue del pueblo. Fue justamente una navidad, luego de un par de meses de haber enterrado a su hijo Miguel, en que ella decidió dejar a su hijo Eduardo con sus abuelos maternos y a sus hijas Marianela y Lola, con su padre Tolín.
No dijo nada a sus padres de lo que pensaba hacer. Dijo que le llevaría las niñas a Tolín para que pasasen la navidad con él. Por eso Catalina no tuvo reparos al ver a su hija preparar una "muda de ropa" para sus hijas y salir con ellas de la casa. Tampoco le extrañó ver cómo Curra abrazaba y besaba a Eduardo como si fuese la "última vez" que lo viese. Desde que había muerto Miguel, Curra trataba a Eduardo con un amor desmedido, como si en él depositara el cariño que se le había quedado dentro para darlo a Miguel.
Fue a Tolín a quien le dio la noticia.
- Me marcho a la capital. No pienso regresar. Aquí te dejo a las niñas. Cuídalas bien. Cuando yo pueda, mandaré a buscarlas.
- Pero Curra, ¿Es que te has vuelto loca? ¿Qué vas a hacer tú en la ciudad?
Ella no contestó. Dio media vuelta y se marchó sin despedirse de las niñas, que no imaginaban lo que haría su madre. Jugaban entretenidas entre los matorrales que había a orillas de la carretera de tierra por donde pasaban los obreros que se dirigían al cañaveral cercano. No quiso despedirse de las niñas. Quizás al hacerlo, se arrepentiría de su decisión. No quería que así fuese. Ya la decisión la tenía tomada. No habría vuelta atrás.
Llegó a la capital al caer la noche. Había viajado todo el día por trasbordo de un pueblo a otro, cogiendo un carro que le llevaba a la plaza del pueblo más cercano. Había recorrido ocho pueblos. No imaginaba lo que encontraría en la capital. Nunca había estado allí. Sólo había escuchado hablar de aquel barrio donde se instalaban los que llegaban de los pueblos: el barrio obrero. Preguntando llegó. Se las había arreglado para vender una vaca y un caballo de su padre. Con ese dinero viajó. Por ser fechas cercanas a la navidad, había buen transporte hasta entrada la noche.
Al llegar al barrio, preguntó por la gente del pueblo. Había escuchado decir que en aquel sector, la gente se agrupaba por el pueblo de procedencia. Esto era así, porque según llegaban, los que ya estaban allí, le daban albergue en lo que se hacían de unas cuantas tablas y cajas de cartón para hacerse su "casita". Luego, entre vecinos, compartían el terreno y así se fue creando aquel arrabal de casuchas a orillas de la laguna.
Dignidad le dio albergue aquella noche. Era la madama de la zona. Tenía un pequeño burdel a donde llegaban las mujeres solas. Muchas de ellas terminaban trabajando para ella, pues al ver que no conseguían otro empleo, no les quedaba más remedio que entrar "en el negocio" para pagarse el alquiler del cuartucho donde dormían como podían. Ese no fue el caso de mi abuela Curra. Ella, aunque tanto le habían pronosticado que terminaría siendo una puta, no se llegó a prostituir jamás. Dignidad, la dueña del burdel y una compueblana que hasta entonces no había tenido el privilegio de conocer, le mencionó las "reglas" de la casa. Si pagaba su estadía, no tenía que trabajar en el lugar, si no pagaba, tenía la opción de "trabajar" en la casa o irse a la calle. No había más.
Curra tenía el dinerito que logró reunir de la venta de los animales de la finca y con el que había pagado el transporte. La venta de los animales, la había hecho a escondidas de su padre. Cuando su padre se diese cuenta de que había vendido a los animales para sacar dinero y marcharse, ya ella estaría muy lejos, en la capital. Por el momento, no le preocupaba el pago de alquiler. Ella tenía una cosa muy clara, sería puta, sí, pero por decisión propia, no por necesidad. Puta para acostarse con el hombre que ella escogiese y no a la inversa. Así que no se veía trabajando en aquella casa ni ahora, ni en un futuro. Y así fue.
Lo que ni Dignidad, ni Curra imaginaron es que ella, Curra, terminaría conviviendo con el hijo de la primera, de Dignidad: Ismael. ¡Cosas del destino! ¿Quién iba a imaginar que en aquel burdel, ella, Curra, encontraría al amor de su vida? El hombre con el que vivió hasta el final de sus días. Claro que a Dignidad no le gustó nada la idea de aquel romance cuando se enteró.
Ismael era el hijo de Dignidad. Un muchachón fornido, musculoso, más negro que la noche y con una sonrisa más blanca que la leche de vaca. Tan pronto él vio entrar a aquella diminuta pero buena hembra de mujer, supo que tenía que conquistarla. Le fascinó la gracia de sus movimientos, la seguridad y firmeza que mostraba y su coquetería espontánea. ¡Quedó prendado!
Curra ni lo miró. Fue varios días después que reparó en él. Una mañana temprano cuando ya salía para las fabricas cercanas a buscar trabajo, él se le cruzó en el camino.
-¿La puedo acompañar? Le dijo.
-Y tú ¿quién eres?
-Ismael, vivo en la casa de Dignidad. No le dijo que era el hijo.
-Ah ¿sí? Pensé que sólo se hospedaban mujeres.
Él no contestó.
- Qué guapa eres.
Ella con picardía y coquetería le dijo: -Lo sé. Gracias.
Y así comenzó aquella historia de amor que rompió con todos los esquemas de aquella sociedad de fines de los 40. Ella, blanca. Él, negro. Ella, madurita. Él, mozalbete. Ella, completamente independiente. Él, nada machista.
Quizás por tantas contradicciones fueron tan felices hasta el fin de sus días.
Ismael no podía sacarse de la cabeza a Curra. Aquella diminuta mujer, que rebosaba alegría hasta con su caminar, lo traía loco. Así que se las ingenió para salirle al paso en cada ocasión que pudiese. De ese modo se convirtió en su acompañante cada mañana en la que Curra salía a buscar trabajo.
Curra ya se estaba desesperando porque no conseguía empleo. La situación en el país era muy difícil. Más aún, para una mujer. Ismael se convirtió en su confidente. Ella veía a aquel "chamaco" joven que andaba loco por ella. Era obvio. Ella, que no había tenido reparos antes con ningún hombre, ahora, de pronto, frenaba sus impulsos con este chico.
Ismael trabajaba de obrero en lo que apareciese. Debía aportar al mantenimiento de su hogar. Su madre se había quedado viuda con 5 hijos, tres mujeres y dos varones. Él era el tercero. Como la situación para una viuda en el pueblo era muy difícil, Dignidad decidió irse a la capital con todos sus hijos. Había escuchado "maravillas" de la vida por allá. Más adelante se dio cuenta de que la vida es dura en cualquier parte, pero ya no había más que hacer. Sin dinero y con 5 hijos que mantener, decidió poner aquel negocio del "placer de la carne". Y dio resultados. El negocio prosperó.
Según llegaban chicas del pueblo, ella les daba alojamiento y les decía "las reglas". Muchas no querían prostituirse, pero al quedarse sin dinero, y ya habituadas a la gentileza de Dignidad y su familia, entraban al "negocio". Al menos, tenían un techo, una familia y ganaban "un dinerito" para sus cosas y para enviar a los que habían dejado atrás, hijos, padres, hermanos, al salir del pueblo.
Aquel burdel, de día era una casa de familia común y corriente, donde todas las mujeres que vivían allí, eran "una más de la familia", pero al atardecer, la casa se transformaba. Los niños se amontonaban en la habitación de Dignidad, durmiendo en "hamacas" que colgaban del humilde techo con vigas de madera. Las otras habitaciones, un poco más amplias que un armario, veían hombres entrar y salir. Hombres que venían a "calmar" sus ansias de mujer. Muchos de ellos tenían a su mujer y a sus hijos en el pueblo y habían venido a la capital buscando mejor suerte, pero la falta de "hembra" les hacía llegar hasta aquel lugar que poco a poco fue ganando fama.
Curra, orgullosa como era, alquiló una de las habitaciones para ella sola. Una noche, ansiosa como estaba, porque ya se le acababa el dinero y ella no quería ser una más en aquella casa, no se percató de que Ismael se hallaba tras la cortina que servía de puerta. La espiaba. Hacía mucho que velaba sus sueños. Al voltearse, en aquel catre de lona que tenía por cama, lo vio.
-¿Qué haces ahí? Le preguntó.
El sacó fuerzas de donde no las tenía y con valor, cruzó la cortina, se le acercó, la besó y estuvieron amándose toda la noche. Así estuvieron a partir de entonces. Ismael dejó de dormir en la hamaca, para "calentarse" con Curra cada noche a partir de entonces.
Aquel hombre más negro que la noche y ella tan blanca como una nube, se fundieron en apasionados besos y caricias, en ardientes deseos de los que la pasión alimenta. Ríos de agua viva manaron de sus cuerpos sedientos. Se confundieron entre los gemidos que se escapaban de cada una de aquellas apretadas habitaciones hasta el amanecer. Cada amanecer desde aquella noche, les sorprendía así, apretados, cuerpo con cuerpo, aliento con aliento, suspiro a suspiro. Entonces él, antes de que amaneciese, se soltaba de sus brazos y en la penumbra, volvía a su hamaca, donde ya esperaba a la luz del día, recordando el olor de aquella mujer.
Cuando Dignidad se enteró de que Ismael y Curra estaban “enreda’os”, ya su hijo estaba “más meti’o que el soco ‘el medio” con ella. Ismael ya había comenzado a preparar el terrenito en aquel lodazal baboso que daba al caño. Allí pondría los socos que servirían de cimiento para levantar las cuatro tablas y los cartones que con bitumul se unían para así montar la humilde casita que sería su “nidito” de amor. Como él sabía de montar casitas allí en el caño, no sería difícil. Se llevaría a Curra para allí, para la extensión del barrio. Allí al lado de la laguna. Así vivirían junto a lo más parecido que había al mar por aquella zona. La laguna no tenía parecido con el mar del sur, aquel Caribe, sinuoso, que arropaba las arenas de su pueblo natal. Sin embargo, Ismael estaba confiado en que Curra se sentiría más a gusto allí, cerca del charco. Se levantarían cada mañana a esperar el amanecer, mirando hacia el horizonte que se dibujaba a lo lejos por aquella llanura fluida que se abría espacio buscando salida. Algún día tendrían un botecito y navegarían por aquellas aguas. Eso pensaba.
Otra de las muchachas “alegres” de la casa de Dignidad, celosa como estaba por la suerte de Curra, que tenía un hombre con el que dormía por placer, no por trabajo, se lo “sopló” a Dignidad.
-Ese hijo tuyo sí que sabe. Comentó “como quien no quiere la cosa”.
-¿A quién te refieres, Iluminada? Preguntó Dignidad.
- A Ismael. Duerme calientito todas noches.
Dignidad, que los años y la vida le habían dado mucha malicia, imaginó lo que estaba pasando. Ismael estaba durmiendo con una de las muchachas de la casa. ¿Cuál de todas se había atrevido a “hacer un hombre” a su hijo? Ella le tenía prohibido a sus hijos, el relacionarse con las “mujeres de la vida”. Se los había dicho una y mil veces.
- “Las muchachas de esta casa no son para ustedes”. Ustedes habrán de conseguirse muchachas honra’s, decentes, con las que puedan casarse “como Dios manda”. “Cuando les llegue la hora de “conocer mujer”, ya me encargaré yo de buscarle a una de las chicas que les enseñe “lo que to’ hombre debe saber pa’ complacer a una mujer en la cama”. Sólo para eso, pero pa’ lo serio, hay que buscarse mujeres serias. Les decía a sus hijos varones.
Así que cuando Iluminada le vino con el comentario, se le fue encima y le advirtió.
-Si te estás acostando con Ismael, más te vale que no te hagas de ilusiones.
-Ya quisiera yo. Es la orgullosa esa, la que tienes de protegida. La que sale cada día a buscar trabajo, porque no quiere trabajar en esta casa. La Curra esa.
-Más te vale que te calles la bocota. Curra paga el alquiler de su cuarto. Mientras tenga para pagar, no tiene que trabajar aquí. Deja a Ismael fuera de todo este asunto.
-Que te digo que lo digo yo, que se está acostando con tu hijo. Que cada noche follan como dos locos perdí’os.
-Mira, hija de puta, como lo que me digas no sea cierto, vas a ver. Envidiosa. Sabes que tengo prohibido que se hable mal de las mujeres que viven aquí.
-¡No hay peor ciego que el que no quiere ver! Allá tú. Yo ya he cumplido con decírtelo.
Esa noche Dignidad se puso “en vela”. Vio como Ismael, pensando que ya ella dormía, se bajaba de su hamaca y salía del cuartucho donde colgaban como racimos de plátano, las demás hamacas donde dormían sus hermanos y su madre. Dignidad esperó un rato. Al ver que no regresaba, salió “dispará’ como cohete” para el cuartuchito que ocupaba Curra. Y allí los vio, quemándose de pasión.
-¡Me cago en na’, so’ hijadeputa! ¿Cómo te atreves? Y se le fue pa’ encima a Curra y a Ismael.
Ismael salió en defensa de Curra.
-Ma’i, no le diga na’ a Curra. He sido yo el que se le metió en la cama.
Dignidad agarró a Ismael por una oreja.
-¡Te me vas pa’la hamaca ahora mismo! En cuanto a ti, Curra, esto lo arreglamos mañana. Ve pensando pa’onde irte.
Los planes de Ismael se adelantaron. A la mañana siguiente se llevaría a Curra para la casita a medio hacer. Ya la terminaría con premura, mientras estaban allí. Y así fue.
CAPÍTULO 2:Vigis: hermana de Curra la Puta y sus historias con Inocencia (editado)
La hermana de Curra: Vigis
Paco y Catalina tenían otra hija: Vigis, que se casó con Lulo, hermano de Tolín. Curra y Vigis eran unas hermanas que se adoraban aunque fuesen como el aceite y el vinagre. Y así fueron sus vidas. Curra fue la rebelde y Vigis la que se “ajustó” a las normas “cristianas y sociales”. Vigis sólo conoció a un hombre en su vida, Lulo. Con él tuvo 6 hijos. Vivió a su lado por cerca de 40 años hasta que él pidió el divorcio para casarse con su “querida” de toda la vida: Inocencia.
Lulo conoció a Inocencia en la barra del pueblo. Ella la había heredado de su padre. Allí Lulo se “daba el palo” y colmaba las fantasías amatorias que su mujer le negaba porque “eso era pecado”, aunque de ¨"aquel pecado" se hubiesen concebido 6 hijos. Así, poco a poco, Lulo fue “visitando” a Inocencia cada vez con más frecuencia hasta que se hizo habitual. Al morir su padre Vitorio, Lulo le hizo una casa a Inocencia en la finca familiar y se la llevó a vivir allí para sacarla de aquel “negocio de mala muerte”. Ya había cumplido los 50 años.
Aunque había tenido relaciones amorosas con Inocencia durante 30 años, no había logrado preñarla. Decían en el pueblo que ella “estaba seca”, que no daba hijos, que era castigo de Dios por ser la “querida” de Lulo. La noticia del embarazo les llegó de sorpresa. Ella ya estaba en la menopausia y no le extrañó el no ver su “periodo” por varios meses. Fue entonces cuando sin pensarlo más, Lulo le pidió el divorcio a Vigis. Lulo quería que su hija por nacer a la que llamaría Pura, fruto de sus amores ilícitos con Inocencia, naciera en un hogar honorable. No quería que fuese una bastarda. Pura fue su única hija mujer y “había que darle buen ejemplo”. Esta hija sería la que cuidaría de él pues ya pasaba de los 50 años cuando la engendró, eso pensaba. Para Lulo, esa hija era “un regalo de Dios”.
Vigis, durante toda su vida mantuvo “las apariencias”. Se hacía “la de la vista larga” cuando Lulo pasaba las noches fuera. Se dedicó a criar a sus hijos con devoción infinita. Era una cristiana fervorosa que formaba parte de todas las cofradías y hermandades habidas y por haber en la iglesia del pueblo. Para no pasar por el bar de “Chencha” bordeaba el pueblo para ir a iglesia. Sabía de los amoríos de su marido con aquella “puta” pero ella era “toda una señora” y no iba a darle ninguna importancia. Aquella mujer “no le llegaba a los tobillos”. Así, aguantó con entereza, aquellos amoríos de Lulo. Aguantó todos aquellos años el que su marido “correteara” por el pueblo con aquella “mala mujer”. Aguantó la "humillación" de que le hiciera una casa en la finca familiar. Aguantó y aguantó como una mártir.
Aguanto hasta aquel día en el que Lulo le pidió el divorcio. Aquello fue como si “hubiesen soltado a una fiera”.
—¡Sobre mi cadáver! —Sentenció y salió de la casa “como alma que lleva al diablo” a buscar a aquella desgraciada.
Detrás salió su hijo menor tratando de que entrara en razón. Lulo no sabía qué hacer. No esperaba aquella respuesta de su mujer, que por tantos años había sido tan comprensiva. Así que se fue a la casa que tenía con Inocencia, a pensar en cómo convencer a Vigis de que le diera el divorcio.
Lloviznaba. Vigis cargaba su paraguas y su bolso. Caminaba corriendo. Su hijo Genaro se cansó de seguirla y se regresó a la casa. No imaginaba a dónde iba su madre con tanta prisa y tanta rabia. Su padre esta vez "se había pasado por siete pueblos", pensaba. Su madre no merecía lo que su padre le hacía. Él no sería NUNCA como su padre. De eso estaba seguro, se decía a sí mismo.
Vigis iba sacudiendo su cabeza y “echando maldiciones por la boca”. Nadie la había visto así jamás. Ella que era toda una señora, una dama, había olvidado las “buenas maneras” al oír la palabra DIVORCIO. No se le habría ocurrido jamás que Lulo fuese capaz de hacerle aquello a ella. PEDIRLE EL DIVORCIO. Ella que tanto le había aguantado, que tantas cosas le había perdonado en aquellos años juntos. ¡Cómo se atrevía!
Inocencia la vio venir a lo lejos. Se sorprendió. Ella nunca iba por aquella calle. Por la forma como caminaba, se imaginó lo peor. Salió del bar calle abajo, avanzando todo lo que podía.
—Párate ahí, desgracia’! ¡Serás PUTA! ¡Detente!
Al oír los gritos, Chencha, aceleró el paso. Volteó y vio a Vigis que agarraba el paraguas como una porra. Entonces “corrió como puta” calle abajo, perdiéndose por las callejuelas de la barriada vecina al pueblo. Vigis le quería entrar a paraguazos, quería descargar todos los años de "aguante" que había vivido por su causa y se le estaba "escapando". Vigis le perdía la pista como había perdido tantos años de su vida "aguantando".
Le perdió la pista a Chencha y a Lulo que cuando supo la historia, no volvió a "asomar ni el pelo" por la casa ni para ver a sus hijos, temiendo lo peor. Le perdió la pista a su marido, quien tiempo después, alegó separación como motivo para el divorcio y así dejó de serlo.
Uno que pasaba por allí y que tenia fama de "escribir música", al ver a Inocencia con aquellos tacos, que apenas podía correr, ingeniándoselas como podía para hacerlo, se le ocurrió escribir aquella canción. Aquella que posteriormente fue un exitazo y que decía así: ¡Oyééé! Camina como Chencha, to´a gambá. ¿Qué te parece?
La familia que se quedó en el pueblo
Al poco tiempo de Vigis estar viviendo en la finca, Tolín, que ya había terminado la casita, trajo a Erasma y sus dos hijos. Erasma era como una coneja, se dedicaba a parir muchachos y en poco tiempo se llenó de hijos. Fue así por su empeño en tener una niña que nunca le llegó. Ella tenía unos celos que rayaban en la obsesión por el amor Tolín le profesaba a sus hijas. Quería que ese amor fuese para ella y sus hijos. Tal vez si ella paría niñas, Tolín se olvidaría de aquellas mocosas.
Sus plegarias fueron oídas pero de forma distinta a lo que ella esperaba. Una tarde de los días que anteceden a la Navidad, Tolín llegó con las dos niñas y sus “motetes”.
—¿Qué Significa esto? —Le preguntó al verlo llegar.
— Las niñas. Que se quedaran con nosotros. —Le contestó él.
— ¿Toda la Navidad? —Preguntó con cara de disgusto muy mal disimulado.
— Mucho más que eso. —Dijo él sin más comentario.
En todo momento, hablaban entre ellos como si aquellas dos criaturas no existieran, no estuviesen allí.
—¿Papi? ¿Podemos jugar afuera? —Fue entonces cuando repararon en ellas. Al oir la vocecita de Lola.
—Vayan ustedes, pero no salgan del batey. —Les dijo su padre.
Fue entonces cuando la ira de Erasma se dejó sentir. Comenzó a vociferar contra Tolín.
—¡Cómo puedes ser tan inconciente y desconsiderado! ¡Con tanto trabajo que tengo en esta casa y encima me traes más trabajo!
—Pon a las niñas a que te ayuden. —Le ripostó Tolín.
—¡A esas! ¡De seguro que son como su madre! ¡No sabrán hacer nada! ¡Seguro que son unas maleducadas y malcriadas! Viviendo con Curra no pueden haber aprendido otra cosa.
Los gritos de Erasma llegaban hasta la casa de Vigis, que se asomó a ver lo que le ocurría. Erasma no era santo de su devoción. Por su causa, su hermana Curra había sufrido mucho. No le gustaba lo que llegó a escuchar. Vio a las niñas jugando y salió al batey para saludarlas. Ella adoraba a sus sobrinas. Había vivido con ellas desde que Curra había vuelto a la casa hasta el día de su boda. No le pareció extraño el que las niñas estuviesen allí. Tolín solía buscarlas y traerlas a la finca a ver a los abuelos. Lo que le extrañó fue el ver que las llevó a su casa. Él no solía hacerlo, para evitarse un disgusto con su mujer Erasma, a quien no le gustaba nada el que se las llevara allá.
De noche, la familia solía reunirse en el batey. Allí a la sombra del árbol de mangó colgaban unos ”jachos” para alumbrarse, para tomarse una tacita de café puya, pues el azucar era un objeto de lujo que no se podía despilfarrar y tener una charla donde se comentaba lo ocurrido en el transcurso del día. Erasma se quedó en su casa como tantas otras veces. En contadas ocasiones se juntaba con ellos, decía que no la querían. Con el tiempo empezó a decir que no eran gente “educada”, que eran vulgares y que no quería que sus hijos aprendieran de los “malos ejemplos” que ellos les pudiesen dar. Esos “ellos” eran los abuelos y tíos paternos. La familia de ella “era otra cosa”. Erasma olvidaba que ella venía de una familia mucho más humilde que la de Tolín.
—Es que el tiempo lo “tergiversa” todo y hace que la gente olvide sus miserias, —decía mi abuelo Tolín muchas veces, buscando justificar de alguna manera los desagravios que Erasma le hizo padecer a la familia de mi abuelo.
Esa noche se supo lo que había hecho Curra. Tolín fue con las niñas a la casa de sus padres a juntarse bajo el árbol de mangó. Allí contó lo que había sucedido con Curra. Fue así como Vigis se enteró de lo que acababa de hacer su hermana. Al terminar de escuchar a Tolín, salió corriendo para la casa de sus padres. Seguramente no sabrían nada. Estarían preocupadísimos al ver que Curra no llegaba. Lulo la acompañó.
Cuando entró en su casa, encontró a su madre rezando el rosario con la cara llena de lágrimas y a su padre con una angustia en los ojos que hacían que se le viesen de un azul traslúcido. Ellos, aunque tenían una forma muy rigurosa de vivir “por las normas”, eran unos padres amorosos con sus hijas. No podían dar crédito a lo que Vigis les estaba diciendo. CURRA SE HA IDO A LA CAPITAL.
El bisabuelo Paco se dejó caer en la silla y el peso de sus sentimientos de derrota y tristeza triplicó el de su cuerpo en aquel momento y por siempre. Cuenta Vigis que desde esa noche, la bisabuela Catalina comenzó a rezar tres rosarios consecutivos: UNO por el alma de su hija Curra, la que el demonio le había arrebatado, porque no cabía otra explicación para lo que su hija había hecho; OTRO para que todos los santos la protegieran de los peligros que la asecharían en la capital, todo lo que se comentaba que ocurría allí , le ponía “los pelos de punta” a cualquiera y EL ULTIMO porque le cambiara la suerte a los hijos de Curra y a la familia, que con lo mucho que ella la había deshonrado, sólo la buena fortuna podría enderezar tanto entuerto.
¡Qué triste sería aquella Navidad, sin Curra en el pueblo, en la casa, en sus vidas!
Vigis y Erasma
Durante años, Erasma se dedicó a humillar a las hijas de Tolín. No soportaba a las niñas habidas en su relación con Curra. El que Curra se hubiese largado del pueblo y le dejara las niñas a su padre para que éste las criase no entraba en sus planes. Cuando se enteró, por poco se muere del disgusto. Sabía que le tocaría a ella el cuidarlas pues Tolín salía muy de mañana y regresaba tarde. Además, la crianza era “asunto de la mujer” y ella era precisamente la mujer del padre de las niñas.
—¡Maldita puta! ¡Maldito el día en que te le cruzaste en la vida a Tolín! Ahora para colmo me vienes a desgraciar mi vida, como si ya no tuviese yo bastante. —Gritaba Erasma cada vez que se acordaba de Curra.
Había olvidado que fue ella la que se les cruzó en a vida a Tolín y Curra. A la hora de maldecir, se “repartía con la cuchara grande”.
Las niñas le tenían pavor. Aquella mujer neurótica, gritona, con voz de bruja, les inspiraba una imagen del demonio personificado. Erasma decidió pues, que ya que le había tocado hacerse cargo de las “mocosas”, ella se encargaría de educarlas "como Dios manda". Las haría "mujeres de bien", para que aprendieran a llevar un hogar, a hacer todas las faenas, a cuidar a los niños, sus hermanos, y a ser sumisas obedeciendo sin chistar lo que ella les ordenase. “Van a ver que no tendrán oportunidad de ser unas rebeldes como lo fue su madre. “—Pensaba.
Así que tan pronto Tolín salía a la faena, ella levantaba a las niñas para que comenzaran con la suya. Hacía que Marianela y Lola sacasen todos los platos y ollas que se usaban para las comidas -y las que no, también-, las echaran en una gran olla con agua para desinfectarlas hirviéndolas. Las niñas tenían que buscar la leña por el campo y traer el agua desde el río. Agua que cargaban en latones muy pesados. Luego, debían atender a los críos que cada año paría Erasma. Darles de comer, limpiarlos, lavarles los trapos en el río y de paso también lavar la ropa de los adultos de la casa y toda prenda que a Erasma se le antojaba que estaba de lavar: cubrecamas, cortinas, toallas, en fin, la pila de ropa era más larga que la esperanza de un pobre.
En una ocasión en que mi abuelo Tolín tuvo que marcharse a trabajar a otro pueblo cercano y siendo que Erasma estaba preñada, como de costumbre, dejó a la familia en la casa de sus padres. Aunque vivián en la misma finca, entre las casas había su distancia. Particularmente la casa de ellos, la cual se construyó en la punta este de la finca, la parte más retirada que halló Erasma.
Erasma trataba a las niñas con el mismo desdén que lo hacía en su casa, aunque se cuidaba de que sus suegros no la viesen. Una mañana mientras tiraba de la larga trenza rubia que tenía Marianela y le soltaba los acostumbrados improperios ofensivos:
—"Tan puta como tu madre, carajo, ¿es que no sabes hacer lo que te digo?"
Alcanzó a oírla mi tía abuela Vigis. Llena de ira por el abuso que observó que tenía Erasma con la niña de apenas 7 años en ese entonces, se tiró al batey y agarró a Erasma por los pelos, dándole cachetadas mientras le ripostaba:
—¡La puta eres tú, desgraciada! —le decía.
—¿Cómo es que tratas así a una niña? Dios, por eso te ha castigado y cada vez que pares te nace un macho; pues sabes que estas niñas son la luz de los ojos de su padre, para tu desdicha —comentaba ya casi a gritos mientras seguía tirándole del pelo y soltando cachetadas.
—¡Zorra robamaridos! Que le robaste el marido a mi hermana y ahora maltratas a sus niñas. Te voy a dar tu merecido.
—¡Ayyyy! ¡Que me mata! ¡Auxilio! —gritaba Erasma horrorizada, mientras Marianela la miraba con lagrimas en los ojos y frotándose la cabeza por el dolor que le había causado el tirón.
A los gritos, los dos pequeños que ya había parido Erasma comenzaron a llorar asustados. Lola salió corriendo de la casa para proteger a su hermana y los abuelos corrieron a ver qué era lo que ocurría.
A duras penas, Vitorio pudo quitarle a Erasma de las manos a Vigis y Jacinta se llevó a Erasma al interior de la vivienda para tratar de calmarla. Podría perder a la criatura del disgusto tan grande que había pasado.
Vigis, recogió a Lola y a Marianela y se las llevó a su casa. No estaba dispuesta a que esa ramera de Erasma abusara de esa forma de sus sobrinas. Ella criaría a esas niñas. Eran su sangre. Sin embargo, Lulo no estaba de acuerdo. Aunque también eran sus sobrinas, hijas de su hermano Tolín, reconocía que Curra había actuado mal al dejarlas con su padre y haberse ido del pueblo. No podía impedir el que Tolín las recogiera y se las llevara a su casa. Era su padre. Ya se encargaría él de hablar con su mujer. Esto valió para que Vigis y Lulo tuvieran una discusión que provocó el que Lulo durmiese en el corral de las aves hasta que se le pasase el enojo a su mujer.
Cuando mi abuelo Tolín regresó, dos semanas después, Erasma ya estaba tranquila. Vitorio y Jacinta pusieron al tanto a su hijo Tolín de lo acontecido cuando este al llegar, preguntó por las niñas al ver que no estaban. Tolín, con una mirada de reproche hacia Erasma, quien callada escuchaba lo que contaban sus suegros, salió de prisa a casa de su hermano para recoger a sus hijas. Al llegar, Lulo le explicó del por qué habían permanecido las niñas en su casa. Así se "enfriaban" las cosas con Erasma.
—Es mejor no provocarles más disgustos, compadre. Su mujer está bastante avanzada y no queríamos que fuese a perder la criatura que lleva en el vientre. Usted sabe cómo son estas cosas. Vigis se sintió ofendida por las palabras de Erasma sobre su hermana. Es comprensible, ¿No lo cree?
—Bueno... ya, compadre. Sé que ustedes son los padrinos de Lola y, además, ellas son sus sobrinas. Sé que las quieren, pero son mis hijas y deben estar en mi casa. Erasma sólo las quiere educar bien, aunque a veces se le puede ir la mano. Hablaré con ella.
Esa misma noche, Tolín recogió a su familia: su mujer, sus dos niñas y los dos críos que había concebido con Erasma para ese entonces y se volvieron a su casa. Fue la última vez que la familia se quedó hospedada en la casa de los abuelos y el principio de las muchas batallas entre Erasma y Vigis. Batallas que fueron verbales más no de acción, pues no hubo otra oportunidad para Vigis de abofetear a Erasma aunque le hubiese gustado mucho hacerlo. Si alguna había sido puta, era esa que condenó a Curra a tener que buscarse la vida en la ciudad. Esa, por habérsele metido por los ojos a Tolin y haberle parido un hijo cuando aun vivía con su hermana Curra como marido y mujer. Por eso creo que cuando supo lo que le haría Lulo, muchos años después, quiso matar a sombrillazos a Inocencia. Por hacerle a ella lo mismo que le había hecho Erasma a su hermana Curra.
CAPITULO 3: MARIANELA - DE TAL PALO... (editado)
Viviendo con Erasma
De los hijos que tuvo mi abuela Curra, 6 en total, dos fueron chicas. Fueron condenadas a vivir con la madrastra Erasma cuando mi abuela se largó del pueblo. Las hermanas jamás perdonaron el abandono de su madre. Más aún, cuando este rencor fue alimentado con saña por Erasma quien se daba gusto malhablando de mi abuela con todo el que le escuchaba sus cuentos. Erasma aprovechaba cada ocasión para insultar a Lola y Marianela y hacerles algún comentario despectivo de su madre. Se ocupó de que considerasen su condición de PUTAS por herencia, pues "de tal palo, tal astilla". Así es que cada vez que las niñas hacían algo que a ella le parecía incorrecto, las apodaba PUTA.
— ¡Puta, carajo! ¿Es que no sabes hacer nada bien? —Les reprochaba.
— Hay que ver que eres como tu madre, para lo que sirves es para ser puta porque lo demás lo haces fatal. Les gritaba.
— Fíjate si su madre sabe lo que les ha dejado en herencia que se largó y las ha dejado con su padre para ver si una mujer decente como yo, las educa como Dios manda. — Decía a sus amigas y a las vecinas del pueblo.
Se pintaba ante todas como la gran sacrificada que estaba educando a Marianela y a Lola "como a sus hijas" para librarlas de la suerte que hubiesen corrido al lado de su madre. Lo que no sabían las mujeres del barrio era que Erasmo las tenía en estado de semi esclavitud. Aquellas criaturas que apenas contaban con 5 y 6 años tenían que hacerlo todo en la casa. Erasma, cuando no estaba de parto o recién parida, estaba de cuarentena, de mala barriga o preñada. Marianela pensaba que su madrastra nunca iba a salir de ese estado, su condición era de embarazo eterno, por los siglos de los siglos para joderlas a ellas, amen.
— ¡Si nuestra madre supiese cómo es que vivimos con esta bruja! — Le comentaba a Lola.
— Vendría y la dejaría sin pelo y sin barriga. ¡Le sacaría hasta los ojos!
— Cállate, que si te llega a oír la que se quedará sin pelo y sin ojos serás tú. Anda ponte a hacer lo que te dijo. —Le contesto su hermana mayor.
Curra, en su ignorancia, pensó que había tomado la mejor decisión. No quería arrastrar a sus 4 hijos, en aquel momento, a su suerte.
—Será más fácil forjarme un porvenir y luego mandar por ellos. Con su padre es con quien mejor pueden estar. No sabía ella que Erasma tenía otros pensamientos.
Erasma nunca pudo superar el sentir celos de Curra. Curra era la mujer de Tolín y ella había quedado relegada al papel de la querida. Desde el principio le había pedido a Tolín que abandonase a su familia y formara una nueva con ella, con todas las de la ley, es decir, casándose por la iglesia. Tolín y Curra no estaban casados porque Curra ya lo estaba por el acuerdo convenido entre mi bisabuelo Paco y su vecino Brito. Sin embargo Tolín amaba a Curra y no quería dejarla. Erasma lo sabía y no podía dejar de envidiar a Curra por su suerte. Cuando Curra dejó a Tolín sin miramientos por su engaño, Erasma vio el cielo abierto.
Tolín, ante la indignación de Curra y despechado por el rechazo, formó un hogar con Erasma y se dedicó a la faena de trabajar y "beber para olvidar". La llevó a vivir a la casa de sus padres, pero por el carácter de Erasma, decidió cercar el terreno y separar su parcela de la de sus padres. Erasma resentía el que allí mismo estaba la casa en la que había vivido con Curra. Casa que él le dejó a su hermano Lulo cuando éste se casó con Vigis.
—¡Es el colmo! Ahora me tengo que aguantar a la hermanita de la Curra como concuñada y tenerla de vecina. Rumiaba sin cesar a Tolín, quien harto de oírla, se iba al bar de Nicasion y regresaba al hogar cuando éste cerraba, ya bien entrada la noche.
Erasma en su afán por hacer olvidar a Tolín, se dedicó a parirle un hijo tras otro, buscando, en las noches de alcoba, lograrle arrancar de su cuerpo y su alma el recuerdo imborrable que tenía de Curra. Añoraba tener una niña para que así Tolín se olvidase también de aquellas mocosas. Pero esa niña tan deseada, nunca llegó. Solo le nacían varones. Ella lo seguía intentando y en su intento llegó a tener 9 hijos. No tuvo más, porque Tolín emigró en la década del 50 a Nueva York. Con el auge industrial que se estaba dando en aquella ciudad y ahora que los del país eran “ciudadanos americanos”, el quiso probar suerte, aunque a mi me parece que estaba “loco” por salir de Erasma y aquella situación tan precaria en la que vivían por tener tantos hijos.
Marianela se marcha a la capital
Pasaron los años larga y lentamente. Los días veían la salida del sol muy temprano y a medida que el rubio se alzaba en los cielos, el cañaveral se encendía de trabajadores con machetes y camisas anudadas a la cintura. Cada día era la misma rutina, la cocina, el río, los mocosos gritando, Erasma chillando, y el mar acompasando el reloj con su ir y venir constante. Cada día, cada tarde. Así se hacían los días, las semanas, meses. Ya a los 13 años, Marianela no aguantaba más los malos tratos que recibía en su casa. Su madrastra siempre parida, su padre siempre bebido, su hermana siempre esperando a que Curra viniera a recogerlas, los chiquillos siempre incordiando.
Sucede que una tarde de la ya cercana Navidad, llegó a la casa una "visita" de la ciudad. Una gente muy bien puesta, amigos de la familia de Erasma. La mujer tenía una guardería en la ciudad y estaba buscando una chica "del campo" que le ayudara con las labores domésticas. La familia de Erasma, conociendo de las quejas continuas que ella tenía de las hijas de su marido, consideraron que sería una buena oportunidad para que saliese de una de ellas.
Aunque Erasma se quejaba todo el tiempo de las hijas de Tolín, le venían "como anillo al dedo" pues se hacían cargo de todo en la casa, mientras ella iba detrás supervisando que hiciesen todo a su gusto. Cuando llegó la visita y habló sobre sus intenciones, Erasma disimuló su total desagrado con la idea. Sonrió y agradeció la gentileza de Doña Matilda y su esposo Don José.
—Es que no quiero causarles pesar. Verá usted, estas niñas fueron abandonadas por su madre, una cualquiera que se fue a la ciudad a malvivir. Le comentaba a Matilda.
—Yo me he ocupado de ellas como una verdadera madre, pero ellas no lo agradecen. Hay que estar con el látigo todo el tiempo para que hagan las cosas y para que se comporten — le indicó a Don José.
—Son cerreras, ¿sabe? En eso salieron a su madre, que tampoco hizo caso de la educación que le diera su familia. Porque vienen de buena familia ¿sabe? pero hasta en las buenas familias se cuelan papas podridas—.
Y justo diciendo esto, llegó Tolín a la casa. Erasma de inmediato cambió de tema.
—Tolo, mira, ellos son Doña Matilda y Don José. Los envió mi hermana Eulalia porque están buscando una jovencita que les pueda ayudar en su casa de la ciudad. Han pensado en Lola o Marianela. Pero a mí me parece que nosotros no podemos dejarlas ir. Sabes como yo me esmero en educarlas —le dijo a su marido cínicamente.
Tolo conocía bien el trato que Erasma daba a sus hijas, pero se sentía impotente de hacer nada. Él pasaba el día en el campo, cuando no estaba de capataz, estaba de mayoral o mayordomo. Cambiaba mucho de lugar de trabajo, según los dueños de la central se lo ordenasen. No podía estar en la casa para ver como Erasma cuidaba a las niñas, pero las veía muy delgadas, malnutridas, mal vestidas, aunque no desaliñadas. De eso sí que Erasma se ocupaba. Tenía compulsión con la limpieza, hasta la de las niñas. Cuando llegaba a la casa, ya era de noche. Llegaba ebrio. No recordaba mucho las peleas de su mujer. Sólo le remordía en la conciencia los gritos que soltaban los niños y la cara de pavor de sus hijas cuando le veían, que harto de las broncas, lo tiraba y lo rompía todo. Esa no era la vida que hubiese querido para sus hijas. Esta era una oportunidad para que, al menos una de ellas, tuviese mejor suerte.
—Creo que eso se puede arreglar, Don José. Una de mis hijas puede irse con usted. Sólo le pido que se asegure de que estudie y de que nos escriba cada semana para que nos cuente cómo le va. Si ella no se acostumbrase a la vida en su casa, le ruego que nos la traiga de vuelta. ¿Sabe usted? Estas niñas no han salido de este campo nunca. Ni a la escuela han ido porque queda muy lejos.
—No se preocupe usted Don Tolín, su hija se educará y tendrá una buena vida en la ciudad. Se le tratará con respeto y podrá aprender un oficio. Ganará algún dinero con el que puede ayudarles. Me encargaré de enviarles una parte a ustedes cada semana junto con la carta que les escriba.
Erasma estaba de color escarlata. Encolerizada por la decisión de su marido. Eso representaba que se quedaría con una sola de las niñas y tendría más trabajo en la casa. ¿Cómo se le ocurría semejante barbaridad a Tolín? Después de tantos años de "haberse chupado el limón" enseñando a esas salvajes, hijas de la puta Curra, y ahora que la mocosa Marianela ya sabía hacer las faenas de la casa, se la daba al primero que llegaba.
—Don José le pido que se lleve a la menor. La mayor es de más ayuda aquí en la casa.
—No se hable más Don Tolín. Prepare sus cosas que esta misma tarde cuando partamos, la recogeremos.
Cuando se fue la visita, Erasma comenzó una se sus famosas "cantaletas".
—¡Pero cómo se te ha ocurrido semejante barbaridad! Nunca estas en casa y encima ahora me quitas la ayuda que me ofrece Marianela. Es que eres un egoísta. Siempre piensas en tí y en tus dos hijas. Yo no te importo mucho. Los chicos tampoco. Debiste haberles dado a las dos niñas. Debiste haberte marchado con ellas de una vez.
-Allá en la ciudad podrías buscar a su madre e intentar formar un hogar nuevamente. Tal vez Curra te acepte. Eso si es que no está con otro, como debe estar de seguro. Bla, Bla, Bla...
Tolin, ignorándola, dio la espalda y se fue a buscar a Marianela. Miró a su hija. Ella tendría mejor suerte en la ciudad. Algo bueno saldría de su idea, de seguro.
—Venga Marianela. Recoge tus cosas.
—¿Pero, a dónde voy, papá? Le juro que me he portado bien. Que he hecho todo como lo pide Erasma. ¿Por qué me tengo que ir?
—¡Cállese y obedezca!
Con lágrimas en los ojos y hecha un "manojo de nervios", Marianela echó en un trapo sus pocas pertenecias. Lió el paño y su padre lo cargó hasta la entrada de la casa donde lo dejó en una esquina.
Marianela no hacía mas que llorar silenciosamente. Lola la miraba de lejos. No se atrevía a acercarse a su hermana. Temía que la regañaran. ¡Las iban a separar! ¿Qué sería de su hermanita sin ella? ¿Quién la cuidaría cuando se enfermara? ¡Cuanta desgracia, Dios! ¿Por qué? ¿Qué habían hecho tan malo para que las castigaran de esa manera?
Tolín salió para el pueblo. Le dio un último beso a su hija y marchó. No quería estar presente cuando la fuesen a recoger. Iba al bar de Nicasio. Necesitaba un trago.
Erasma estuvo maldiciendo la hora en que llegó Tolín. Si él no hubiese llegado, ella se habría negado a que se llevaran a Marianela. Hubiese puesto cualquier excusa. Ya era tarde. Entonces volcó su rabia hacia la niña.
—¿No te dije yo que acabarías siendo puta como tu madre? Pues ya te llegó la hora. Vas para la ciudad, allí donde hay putas en cada esquina.
Marianela, la miraba anegada en lágrimas pero sin emitir ni un gemido. Sabía que si gemía Erasma era capaz de abofetearla por ello.
—A ver si en la ciudad te encuentras con tu madre. Verás lo que es una verdadera puta.
Puta, su madre Curra era una puta porque se había ido a la ciudad. Ahora a ella se la llevaban a la ciudad. ¿Por eso entonces sería puta?
