Manuela nació en la década del 50 del pasado siglo. Nieta de Curra. Segunda hija de Amaro y primogénita de Marianela. Nació de una historia de amor que rompió las barreras de los estigmas sociales. Pero ya vino marcada por la desdicha. Su padre le ocultó a su madre que ya tenía una familia previa. Cuando Manuela nació, Amaro pensó que ese era el mejor momento para confesarle a su mujer que tenía dos hijos. Fue como si le clavasen una estaca en el corazón a Marianela. ¡Le había mentido! Ella que había roto los lazos de la familia por él. Él la había engañado vilmente. Y como había hecho su madre Curra años antes con su padre, ella, Marianela, jamás le perdonó la mentira a Amaro. Sin embargo, siguió unida a él , pero ya no fue igual.
Lo que debió haber sido su gran alegría: el nacimiento de su hija, se convirtió en un profundo dolor. Tanto luchar para hacerse de una vida digna, para sacudirse de su historia familiar y hacerse de una propia, allí moría. Era su destino social. Así que a Manuela le tocaría lo mismo, ser puta.
Manuela fue una niña triste, meditabunda. Fue como si todo el dolor de su madre lo hubiese bebido mientras la amamantaba. Retraída. Tenía su propio mundo. Su padre la ignoraba. La culpaba por la falta de amor de su mujer. Si ella no hubiese nacido, tal vez él nunca se hubiese atrevido a confesar su pecado de ser un divorciado. Si no hubiese confesado su falta, aún tendría el amor de su mujer. El nacimiento de Manuela lo marcó para siempre. Miraba a la niña y veía su gran pecado confesado y su larga condena a ser despreciado por su mujer.
Manuela tardó en hablar. Vivía con su madre y ésta apenas le hablaba. La cuidaba bien, eso sí. Tenía muchísima experiencia cuidando niños. Había cuidado a cinco de sus medio hermanos y luego a los diez que cuidaba Matilda, la mujer que la trajo a la ciudad. Las primeras palabras que dijo la niña fueron unos chillidos horribles. Así que la madre prefería que no lo intentase. Por lo que cada intento de pronunciar algo, le era reprimido por su madre. Así que decidió callar. Sólo hacía sonidos extraños para pedir las cosas a medida que crecía. Soltaba alguna palabra incomprensible de cuando en cuando. Sus padres no notaban la extrañeza de la niña pues preferían pensar que no existía. Así fue como Manuela desarrolló esa sensación de ser invisible.
Con su abuela Curra era otro el cantar. Su abuela la mimaba, la consentía. Jugaba con ella, le hacía cuentos increíbles con los que reía ampliamente. Sus tíos, "los monitos" como les llamaba Marianela -les decía sí porque eran más negros que la noche- la adoraban. Le cantaban canciones de cuna, la llevaban de paseo por aquellos callejones zigzagueantes que conformaban las callejuelas de aquel barrio pobre lleno de casuchas de madera donde vivian. Nada parecido al hogar de Manuela, en una de las flamantes urbanizaciones que estallaban por todos los rincones de la capital en aquellos tiempos,para la década de los sesenta.
Sin embargo, allí, entre casuchas humildes, era donde Manuela se sentía más feliz. Desde muy niña vió a las putas en las esquinas de las calles, con aquellos vestidos despampantes llenos de brillos y cuentas de muchos colorines, a plena luz del sol. Sus caras eran un arcoiris luminoso con unas bocas tan rojas y apetecibles como manzanas. Usaban unos tacones de punta muy fina y tan altos, que parecían malabaristas cuando caminaban esquivando los hoyos que había en el escaso pavimento con el que se cubrían aquellas callejas por donde se paseaban, contorneandose todas.
Pronto conoció a "La Lucrecia", un travesti con cuerpo escultural que no tenía nada que envidiarle a las otras mujeres con las que se paseaba. Con más de una tuvo su garata por celos. Le llevaba los clientes porque tenía mucha labia para convencer a los borrachos que, en su delirio, no podían distinguir la diferencia fundamental entre ella, "La Lucrecia" y las demás. Lucrecia visitaba la casa de su abuela Curra cuando Ismael, el marido negro de su abuela, no estaba en la casa. Tenía largas conversaciones con la abuela Curra. Conversaciones que no eran del todo aptas para ser escuchadas por la niña, pero como ésta apenas hablaba, Curra le permitía estar en la sala mientras las primas de Manuela, debían irse a jugar al batey y no interrumpir las conversaciones de adultos.
-Los niños hablan cuando las gallinas mean. Les decía Curra a otras nietas.
-¿Y cómo es que dejas que se quede Manuela, abuela? ¡Abuela puta! ¡Bruja, puta! Le gritaban groseramente las niñas, mientras huían corriendo de la ira que provocaban en su abuela.
-¡Esas niñas son un engendro del mismo demonio! Decía La Lucrecia a Curra, quien parecía ignorar completamente el comportamiento de sus otras nietas, mientras continuaba con la charla, muy entretenida.
Manuela, sentada en el suelo, escuchaba aquellos cuentos que se decían La Lucrecia y su abuela, sin entender mucho a qué se referían cuando hablaban y reían divertidas. De vez en cuando Lucrecia reparaba en aquella niña tan extraña.
-Curra, ¿y ésta? ¿Por qué es tan rara?
-¡Qué va a ser rara! Es distinta, es todo. Es muy lista, sabe escuchar y callar. Será muy inteligente.
-Pues a mi me parece algo lenta, ya sabes. Tonta, retardada.
Curra se levantó llena de ira.
Te vas pa´l carajo ahora mismo. Tú, que eres más puta que las gallinas, cómo te atreves a llamar a Manuela retardada. Sal de aquí. Eso sí que no te lo consentiré. A mi nieta no la insultas de esa forma, ¡puta sucia!
Y con aquel revuelo que había formado la abuela Curra, Manuela asustada huyó corriendo. Lucrecia ofendida, salío también dando voces.
-Mira quien habla de putas. Esa niña tonta es tu castigo. ¡Lo sabes aunque te hagas la sueca! No hay peor ciego que el que no quiere ver. Te estoy haciendo el favor de abrirte los ojos. ¡Coño! Que esa niña como va, ni para puta ha de servir. Le gritaba Lucrecia ya desde el portón que daba al callejón donde vivía Curra.
-¡Manuela!¡Manuela! ven con tu abuela. Ven mi'jita. Claro que no serás puta. Eres muy lista para llegar a serlo.
Ahora Manuela, con el paso del tiempo, recordaba aquellas palabras. Cuán equivocada estaba Curra. El destino social es inmisericorde. La sociedad sigue siendo estática y cruel. "Puta has nacido y en puta te convertiras". Ese fue el dictamen que la sociedad estableció para ella. Para cada una de las mujeres descendientes de Curra. Ella, por más que su abuela lo hubiese querido, no estaba exenta de cumplir con ese dictamen.













02.12.05 @ 12:34