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NUEVO CAPITULO EN LA PUTA QUE ME HABITA

por caribe @ 2006/03/23 - 21:40:03

CAPÍTULO 4: LA VIDA DE MARIANELA EN LA CAPITAL

Marianela: del pueblo a la ciudad.
Corrían los años 40 en mi país. Años muy difíciles y de mucha emigración. Externa e interna. Mi tía Marianela fue de esas que emigró internamente. Dejó el pueblo y se fue a la ciudad. Así, sin pretenderlo, aunque lo deseaba con todo su corazón, pudo salir del infierno que era su hogar. Infierno donde el demonio tenía nombre: Erasma, su madrastra. Lo que lamentó fue el tener que dejar allí sepultada a su hermana Lola.

Desde que había ido a vivir con su padre Tolín y su madrastra Erasma, a temprana edad, no había más que deseado el día de poder irse de la casa. Erasma era hipócrita y abusiva. Delante de la gente se pintaba como una sacrificada y honrosa mujer que biencriaba las hijas de su marido. Era admirada por todos los que la conocían por su abnegación. Sin embargo en la casa era otro cantar. A Marianela y a su hermana Lola, las hacía salir de la hamaca donde dormían antes de que saliera la luz del sol. En más de una ocasión en que las niñas no lograban despertarse, pues se acostaban agotadísimas de tanto trabajar, les arrojaba una tinaja de agua fría.

—¡Para que espabilen ! —les gritaba.

Ya en pie, no había descanso. Lavar toda la loza, ollas y cuanto trasto había en la cocina. Todo con agua caliente. Agua que había que ir a recoger en latones al río cercano. Leña que había que buscar por el campo. Luego, a cocinar. Mondar viandas -papas, batatas, yautías, malangas- para preparar las comidas. Lavar los críos que había engendrado con su padre, darles de comer, vestirlos, acunarlos, bañarlos, dormirlos. Había días en que la tarea era lavar la ropa en el río, restregándola en las piedras. Las niñas solían ir los días en que no iban las vecinas, Erasma no quería que las vieran lavando tanta ropa.

Lola y Marianela esperaban con ansias ese día de la semana. Era cuando podían escaparse de las labores en la casa y de los críos para pasársela jugando en el río un buen rato, sin la mirada fisgona de Erasma. Sin tener que oírle sus insultos. Esos momentos los iba a echar de menos, como echaría de menos a su hermana Lola. Echaría de menos sus paseos por el campo cuando iban a buscar la leña y Lola le contaba historias de aparecidos, que lograba escuchar a hurtadillas cuando las vecinas visitaban su casa. También iba a extrañar las veces en que Lola se levantaba en la noche y se metía en su hamaca para dormir abrazadas. ¿Qué iba a ser de Lola? ¿La mandaría su padre a otra casa cercana a la que iba ella? ¿Cuándo la volvería a ver?

Se fue con Matilda y José a la ciudad aquella tarde de un temprano diciembre. Durante el trayecto a la ciudad, Marianela miraba a esos extraños con los que viajaba en una furgoneta destartalada y que hacía un ruido infernal. También observaba el mundo que se abría paso en cada curva zigzagueante del camino. Nunca antes había viajado en auto. Mucho menos aún, había salido de la colindancia del pueblo. Observó como fue desapareciendo el mar que tantas veces contemplaba a lo lejos desde el batey. Veía hileras de árboles que se alejaban tan velozmente que le parecía que sólo imaginaba haberlos visto.

Sus pensamientos alimentaban sus ansias de descubrir cosas nuevas, pero también sus temores. Bueno, ahora sí que sería puta, como le decía Erasma. Iba camino a la ciudad. Todas las mujeres de las que había escuchado hablar, que en aquellos tiempos se iban a la ciudad, terminaban siendo unas putas. Marianela no sabía muy bien lo que quería decir aquella palabra -puta- pero por los gestos y lo mal que se hablaba de esas mujeres en el pueblo, no debía ser algo bueno. Eso la atemorizaba mucho. Lo que no sabía muy bien, era si a su edad, también se podía ser puta. Las mujeres de las que había oído hablar ya eran adultas. Ella sólo tenía 13 años. Tal vez habría otra cosa qué hacer para chicas de su edad y no tendría que ser puta.

—Ya verás que te va a gustar la capital, Marianela. Le decía Matilda.

—Vivimos en un sitio donde hay mucha gente que va a las fábricas. Me ayudarás en casa. Yo cuido 10 niños y tengo mucho trabajo. Son hijos de obreras que han venido del campo y no tienen familia en la ciudad que las ayude con los críos. Tú me ayudarás mucho pues has cuidado muy bien de tus hermanos, según me han dicho.

Marianela no decía nada. Pensaba. "¡Madre de Dios, estoy harta de críos y esta señora tiene diez! ¡Si esta es otra Erasma!"
Quizás era mucho mejor ser puta.

La vida de mi tía Marianela estuvo condenada por la tragedia. Había sido un constante sufrir desde que su madre la había abandonado, dejándola a merced de su madrastra. Cuando Nela llegó a la capital, años después que Curra, fue a vivir a la casa de Matilda y José. Allí estuvo cuidando niños durante el día y sirviendo de objeto de placer para José de noche. José, a la semana de ella estar en aquella casa, se metió en su alcoba para despojarla de su inocencia. Nela nada dijo pues José la había intimidado diciéndole que la echarían a la calle si algo contaba y que entonces no le quedaría otro remedio que dedicarse a ese negocio tan antiguo, que es el del placer de la carne.

Así, aguantó años de trabajo mal pagado y de noches de muy mal dormir, atemorizada, rogando a que esa noche José no apareciera. Pero José aparecía casi a diario, para su más profunda desdicha y calvario. Aguantaba todo aquello con tal de escapar de su destino: ser como su madre, ser una PUTA. Ella no lo sería aunque tuviese que aguantar a aquel ser desagradable que provocaba sus pesadillas más pavorosas, sólo que las tenía despierta, consciente de que las vivía con toda la intensidad que puede provocar el abuso, el ser un mero objeto de placer lujurioso. Mejor eso. Mucho mejor que ser una puta.

-¡Puta no! Horror!- pensaba Nela.

Ella no quería tener el destino que tanto le había pronosticado Erasma. Así que calló y aguantó las babas que José dejaba sobre su cuerpo. Aguantó el toqueteo de aquellas horribles manos que no respetaban sus lugares más íntimos. Llego a sentir asco de ella misma cuando una noche experimentó placer de aquella situación tan humillante. Tanto aguantar hasta que acabó como no quería. Terminó finalmente en la calle cuando una noche, Matilda descubrió a su marido durmiendo con ella.

Matilda conocía muy bien las acciones de su marido. Callaba. Callaba por conveniencia. Prefería tener a su esposo en casa, que en la calle buscando putas. Así, Marianela, satisfacía sus necesidades lujuriosas y ella dormía tranquila sabiéndolo en casa. Aquella situación no le importaba mucho en realidad. Ella tenía unos muy altos principios religiosos y esos gustos lujuriosos de su marido le resultaban muy repulsivos. El sexo era sólo para procrear y ella era machorra. No daba hijos. Entonces, el sexo para ella no tenía ningún sentido. Era sólo un deber más como esposa que prefería obviar. Marianela también le ayudaba en esos menesteres. Así pasaron los años.

Marianela se hizo mujer y fue entonces cuando Matilda comenzó a temer por su suerte. Marianela estaba ya en edad de casarse, pronto se enamoraría. Eso crearía dificultades con José. Podría encelarse y hasta pretender abandonarla por estar al lado de Nela. Ella no iba a esperar a que ese momento llegase.

Urdió su plan. Una noche los sorprendería, así pasaría por ser la esposa ofendida, su esposo se sentiría culpable, echarían a Marianela a la calle y ella buscaría una chica más joven para que le ayudase y que no le acarreara los problemas que podrían surgir con Marianela. Todo salió como lo planificado. Y se deshizo de Marianela en un santiamén. José, nada dijo. No echaría su matrimonio de tantos años por la borda. No abandonaría su hogar, su comodidad, su estatus de buen esposo por Marianela. Había mucho en riesgo y Marianela no lo valía. Así, la dejó ir, muy a su pesar, le había llegado a tener afecto a esa chiquilla que vio crecer y a la que había hecho mujer. Su mujer.

Marianela volvió a llorar. Una vez más, una de tantas en las que había derramado lágrimas de rabia ante tanta impotencia que sentía por su desdichada suerte. Sin más remedio, buscó a Curra. Sabía que vivía en el barrio. Erasma se lo había escrito en una de sus cartas. Esas que le escribía para pedirle que mandara el dinero que había acordado en enviar cada mes cuando cobraba. "Es que ha nacido tu hermano Ernesto" "Es que ha enfermado Lola, tu querida hermana a quien no querrás que le pase lo que a Miguel, ¿verdad?" En fin, siempre había un motivo para que enviara el dinero que ganaba limpiando culos de niños llenos de parásitos.

Llegó a casa de su madre justamente en una víspera de nochebuena.

Marianela se reencuentra con su putamadre Curra.
Curra se había ido a vivir a la casita que le había hecho Ismael, allí, justo a la orilla de aquella laguna que dividía la capital en dos: a un lado, los ricos señores capitalinos y al otro, los arrimados, aquellos que llegaban desde el interior y se iban asentando como podían en el lodazal de aquel babote que miraba a la otra orilla con ensoñación.

Consiguió emplearse en una fábrica de tabaco como empalilladora. Las condiciones de trabajo eran precarias pero con el dinerito que ganaba, soñaba con ampliar la casita y mandar a buscar a sus hijos. Traerlos del pueblo a la capital. Pero llegaron los críos que tuvo con Ismael. Uno tras otro. El dinero apenas alcanzaba para mantenerlos, pero ella soñaba con reunir a todos sus hijos algún día. Así fueron pasando los años. Uno tras otro, tras otro y ella seguía soñando mientras criaba a sus pequeños.

Supo que Marianela estaba en la capital. Su hermana Vigis le escribía esporádicamente y le contaba del acontecer en el pueblo. Así supo que Tolín se había embarcado para Nueva York, dejando a Erasma con nueve críos. Supo que Lola se había convertido en una madre para aquellos mocosos, pues Erasma siempre estaba achacosa. También supo de Eduardo, el hijo que dejó con sus padres. Se había convertido en un chiquillo problemático, traía a sus abuelos de cabeza. Había heredado la rebeldía de su madre. Cuando entró en la adolescencia se enlistó en el ejercito americano, en contra de la voluntad de sus abuelos.

-Servir al ejército americano es una verdadera estupidez. Esos gringos no nos quieren, no nos respetan como pueblo. Los isleños seremos su carne de cañon. ¡Este muchacho no sabe lo que hace! Le comentaba Paco a su mujer.

Vigis también le contó a Curra de su historia con Lulo. Su historia de "mujer decente", aunque todos en el pueblo sabían de la doble vida que llevaba su marido. Ella también sabía de los amoríos de su marido con Inocencia, la "Chencha" de la barra de "mala muerte" que había en el pueblo. Cuando le escribía a Curra, se desahogaba en insultos para con la querida de su marido.

Curra se valía de los vecinos que sabían leer para que le leyeran sus cartas. Ella era analfabeta, aunque fue siempre muy lísta. Se las ingeniaba de mil maneras para superar sus limitaciones. De este modo, todos en el barrio conocían la historia de Curra, pues más de un lector indiscreto iba por el arrabal contando lo que decían las cartas. Y entre verdad e invento, se iba tergiversando la historia, pero algo sí era genuino, el que todos esperaban con Curra, la llegada de sus hijos al arrabal algún día. De algún modo, la historia de Curra, era la historia de aquel colectivo arrimado que había dejado tras de sí una familia, esperanzas, sueños.

Curra esperaba que Nela algún día apareciese por su casa. No perdía la esperanza de tener a todos sus hijos con ella. Aunque la vida en la capital era muy difícil y su humilde casita en aquel lodazal sólo tenía una habitación que servía de sala cocina y dormitorio para ella, su marido y sus dos hijos, ya se las arreglarían si Nela llegaba por allí alguna vez.

-Ya ahorraremos para ampliar la casa y que te traigas a todos tus hijos, Curra. Le comentaba Ismael cuando la escuchaba hablar con nostalgia de la prole que había dejado atrás.

Aquella tarde, estaba sentada en la puerta de la casita de madera que se elevaba sobre socos y desde su altura, le permitía contemplar la laguna gris. Desde la puerta también alcanzaba a ver el callejón zigzagueante que llevaba hasta la carretera del barrio. Había un semillero de casa en aquel callejón pero la suya, tenía un lugar privilegiado que le permitía ver a quienes caminaban por el lugar buscando a algún vecino. Así fue como divisó a Marianela a lo lejos. De inmediato supo que era su hija. La había dejado de ver siendo una niña, pero sus facciones no habían cambiado. Cuando se percató de que aquella joven iba preguntando entre los vecinos, bajó corriendo los maderos raídos que servían de imitación a lo que es una escalera.

-¡Marianela! ¡Nela! Iba llena de alegría a abrazar a su hija después de tanto haberlo soñado.

Sin embargo Marianela llevaba una tumba para Curra en su corazón. Su madre había muerto para ella el día en que la dejó con su padre. Nela tenía 20 años cuando llegó a casa de Curra. Habían pasado 15 años desde la última vez que se vieron.

Marianela conoce a Amaro.
Curra adoraba la Navidad. Ella, aunque había sufrido mil calamidades en la vida, siempre tenía un espíritu de alegría envidiable. La Navidad representaba eso, alegría, aunque le pasaran más de una tragedia por esas fechas: perdió a Tolín cerca de una Navidad, supo que estaba embarazada de un hombre casado en una Navidad, se marchó de pueblo justo en Navidad. Aquella Navidad sería distinta. Le había traído a Marianela.

La Navidad hacía que le cambiara el semblante a Curra. Su rostro resplandecía al ver cómo aquellas casas humildes del barrio se llenaban de luces. Era tiempo del "borrón y cuenta nueva" como solía decir. Por eso hizo de la despedida de año una fecha de tradición familiar. Tan pronto llegaba el día 20 comenzaban los preparativos. Aquello parecía una cooperativa. Las vecinas se reunían en la casa de Curra con los ingredientes necesarios para hacer la masa de los deliciosos pasteles. En mi país en aquellos tiempos, se pasaban momentos difíciles, pero la navidad era para "tirar la casa por la ventana" por más pobre que se fuese. Las vecinas se asignaban las viandas necesarias para la masa, mi abuela, compraba el cerdo para el relleno y todas juntas se daban a la tarea que tomaba un día entero. Había que moler toda la vianda, cocinar la carne. Luego, se amasaban los pasteles, se colocaban en hojas de plátano y se amarraban. Preparaban docenas y docenas de pasteles que luego se repartían en cantidades iguales.

El 31 de diciembre, Curra preparaba el arroz con gandules, la ensalada de papas y asaba el lechón. Ismael compraba la bebida clandestina -el ron caña- aguardiente que preparaban en el pueblo y que luego transportaba alguno para venderlo en el barrio. A las 6:00 de la tarde comenzaban arremolinarse las familias del barrio. Ya a las 10:00 de la noche los petardos no paraban de estallar, las risotadas se mezclaban con el sonido de alguna guitarra que tocaba una sinfonía colorida de música campesina que provocaba la nostalgia por aquel campo dejado atrás para venir a la ciudad. La gente desfilaba con sus mejores aunque muy humildes galas por aquellos callejones de tierra y por la calle zigzagueante que llevaba a la avenida. El barrio se tornaba en un carnaval de vidas pobres que por una noche se sentían tan iguales a todos los demás mortales que habitaban la isla.

Dignidad, la suegra de Curra, había hecho una casita tan humilde como la de sus vecinos, a pasos de Curra e Ismael. Aunque el negocio "del placer" iba bien, no dejaba demasiado como para mantener dos casas en condiciones. Así es que pidió a su hijo que le construyera una cerca de él y su mujer y allí se fue con su prole que ya había crecido. Era también un modo de prevenir que sus hijas entrasen "al negocio" pues más de un cliente ya se fijaba en ellas.

Cuando Curra le dio el primer nieto, Dignidad dejó atrás su rabia con aquella mujer que le había llevado a su hijo preferido sin haberse casado “como Dios manda”. Siendo Eulogio el primer nieto, Dignidad quiso estar cerca de su hijo y su hasta entonces despreciada nuera. Eulogio fue el reconciliador entre aquellas dos mujeres que se riñeron el amor de Ismael hasta entonces. Al nacer el niño, Ismael quedó rezagado. Dignidad, por tal de estar cerca del amado nieto, se tragó su “negro orgullo” y recibió a Curra como si ella hubiese sido la mujer que siempre había deseado para Ismael. Desde entonces, fueron Dignidad y sus hijas las que se hicieron cargo de los niños de la pareja, mientras sus padres trabajaban.

Ese año, el que llegó Marianela a la casa de Curra, Dignidad haría una fiesta en su humilde casita para despedir el año. Los parientes que vivían en el barrio nuevo, otro arrabal que creció al otro lado de la laguna, cuando ya no cabían más casitas en la ribera del caño, vendrían para la fiesta. Una prima de Marianela, hija de uno de los hermanos de Tolín que también había emigrado a la capital, llegó acompañada de su “novio oficial”, Amaro.

En los pueblos pequeños todo el mundo se conoce y si se busca mucho, terminan siendo parientes. Ese fue el caso de Dignidad y la mujer de Tobías, el hermano de Tolín. Así es que las primas de Ismael, el esposo de Curra, eran primas de Marianela, la hija de Curra. Así todo quedaba en familia. Así se mezclaban las razas, la blancura de Curra, la oscuridad de Ismael, los ojos azules de Tobías, el tío paterno de Marianela y el pelo encrespado de Josefa, la hermana de Dignidad. Así en aquella fiesta, había blancos y negros, mestizos y mulatos, como lo era Amaro. Los arrabales de la ciudad albergaban las mismas características de los pueblos pequeños y conforme se iban expandiendo por la capital, iban oscureciendo la cara de aquella, convirtiéndola en un tornasol continuo y constante. Un ir y venir de rasgos que iban afianzando la caribeñidad de sus habitantes.

La despedida de año en mi país de aquel entonces, solía ser una noche en la que se entremezclaban alegrías, tristezas, pasiones y desencantos, que se enterraban con el conteo regresivo...10,9,8,7,6,5,4,3,2,1...se fueee, se largó el año viejo...qué bueno que se fue yaaa. Así fue ese año del reencuentro de Curra y Marianela. Entre besos y lágrimas, los vecinos y vecinas se confundían con los visitantes, con desconocidos, entre abrazos y besos, deseándose unos a otros que el año nuevo trajera mejor suerte. Entre besos y lágrimas, Curra abrazó a su hija, que llevaba un par de semanas con ella. La frialdad de Marianela no le sorprendía, ni le impedía demostrarle lo mucho que la quería.

-Ya me comprenderá algún día. Se decía a sí misma.

Al empezar el año nuevo, comenzaba el baile. Comenzaba además el desfile de visitantes, de una casa a otra donde hubiese baile. El baile duraba hasta el amanecer. En ese momento, al ver salir el sol, los hombres que habían resistido la larga noche, se tiraban al batey a coger una gallina para espezcuezarla y hacer el asopao de gallina con el que decían que se quitaba la borrachera. Y así, entre aguardiente, música y asopao, el barrio despertaba a un año nuevo, llenos de esperanza de que les iba a ir mucho mejor que el anterior. Eso fue lo que pensó Marianela cuando conoció a Amaro esa noche. Amaro no le quitó ojo de encima y cada vez que pudo, se las ingenió para bailar con ella.

A Tomasita, la prima de Marianela, no le hacía mucha gracia, el ver a su novio bailando con su prima. Para ella, Marianela era una extraña. Se habían dejado de ver siendo muy niñas y se reencontraron en aquella fiesta, quince años después. Tomasita deseaba que aquella noche terminara pronto. Ya se encargaría ella de que Amaro y Marianela no volviesen a encontrarse. Pero se equivocó. Desde aquella noche, Amaro fue un visitante constante en la casa de Curra, a espaldas de Tomasita. Al cabo de tres meses, Marianela le dijo a su madre lo que ésta ya sabía.

-Me caso, Curra. No la llamaba Madre. No recordaba haberlo hecho nunca.

-Y ¿Por qué tanta prisa? Si apenas se están conociendo.

-Estoy preñada. Se lo soltó así, sin más. ¿Quién era ella para reprocharle nada?, pensó.

-¿Ya lo sabe, Amaro? Le preguntó Curra a su hija.

-Sí.

-¿Y lo sabe Tomasita? Inquirió.

-¿Tomasita? ¿Ella que tiene que ver? Le respondió Marianela sorprendida. No esperaba aquella respuesta.

- Amaro sigue de novio con ella. Le contestó Curra.

Las palabras de Curra fueron como un cubo de agua fría sobre la cabeza de Marianela. Sin embargo, se molestó muchísimo con su madre y la acusó de no querer a Amaro. De no perdonarle el que se fijara en ella. La llamó mentirosa y estalló en insultos que llevaba reprimidos durante todos aquellos años de sufrimiento en los que estuvo Curra ausente de su vida.

Curra dejó que Marianela se desahogara. Y esa fue la primera vez, de muchas que se dieron luego en la relación de madre e hija, en la que los insultos llovían como palabras marchitas por el tiempo, malolientes por la pudrición de haberse acumulado por un periodo muy largo y oscuro. No obstante, aquella tarde, Curra tuvo razón. Amaro jugaba con ambas primas. Visitaba ambas casas y se acostaba con las dos mujeres hasta casi preñarlas a ambas simultáneamente. A Tomasita la preñó poco después, pero ésta perdió a la criatura en un aborto espontáneo. Así fue como Tobías se enteró de que su hija estaba esperando un niño. Y poco faltó para matar a Amaro por lo que había hecho. Pues ya todos sabían que se casaba con Marianela.

Marianela había ido a visitar a su tío por vez primera desde que había llegado a la capital. Fue a anunciarles su casamiento. Luego de lo que su madre le comentase, no iba a permitir que Tomasita le robase la oportunidad de poder vivir su propia vida con el hombre que se la podría dar. Ya estaba cansada de ir de un lado para otro, de ser una recogida. Junto a Amaro podría formar su propio hogar. El joven prometía. ¡Estudiaba en la universidad! Eso era de admirar en una comunidad donde la inmensa mayoría de los jóvenes apenas había cursado la primaria. Amaro era muy buen partido para cualquier chica.

La noticia cayó como una bomba en el hogar de Tobías y desde ese momento, se le negó la entrada a Amaro a la humilde casita del otro lado de la laguna. Desde ese momento, las primas rivalizaron toda su vida. Negarle la entrada en su casa es lo que hubiese deseado hacer Curra, pero sabía que eso no iba a hacer cambiar las cosas. Sabía que Marianela se casaría con aquel hombre que mentía descaradamente y que el rechazarlo significaría volver a perder a su hija. Así es que consintió aquella boda, aún sabiendo el futuro que le esperaba a su hija junto a aquel hombre desalmado.

Un par de meses más tarde Amaro y Marianela se casaban “por la iglesia” aunque fuese una iglesia protestante y ninguno de los dos fuese miembro de ella. Importaba que fuese en la iglesia como era la costumbre entre las “buenas familias”. La fiesta fue allí en la casita junto a la laguna en la que se conocieron. La casita de Dignidad. Los invitados, los de siempre, los vecinos del barrio. Los ausentes, los de siempre, los parientes del pueblo y también los de la ciudad, debido al malrato vivido. Los que se echaron de menos, a la familia del novio. No acudió ninguno. No se les conocía. Ni se les conoció jamás. A partir de ese día, Marianela finalmente ya tendría su propio hogar aunque por ello pagase un precio muy alto como descubrió más adelante.

Nace Manuela.
Manuela nació en la década del 50 del pasado siglo. Su nacimiento vino marcado por la desdicha de su madre Marianela. Fue la primogénita para su madre, pero no así para Amaro. Amaro le había ocultado a su mujer que ya tenía una familia previa. Sólo le había comentado a Marianela que estaba divorciado, cuando ella insistía en casarse por la iglesia católica, pues ambos lo eran, aunque ninguno la visitaba y menos aún la practicaban. Marianela no entendía el por qué de la negativa de él a casarse por el ritual católico. Fue entonces cuando le confesó que ya se había casado previamente por lo católico. Para Marianela fue una gran decepción, pero eso no impidió que buscase alternativas. Ella se casaba con Amaro por la iglesia, fuese la iglesia que fuese. Ella iba a hacer bien las cosas, a casarse "como Dios manda". Así fue como el estatus de divorciado de Amaro, no fue ningún impedimento, aunque en aquellos tiempos ese estatus se consideraba como un sacrilegio y estaba muy mal visto.

Cuando Amaro vió la reacción de Marianela, supo que esa mujer le aguantaría lo que fuese. Sin embargo, con una noticia como aquella era suficiente para tentar a su suerte. En aquel momento optó por ocultarle a Marianela el que tenía un hijo de tres años y una niña de meses, que engendró cuando la madre de su hijo iba a visitarle para que viese al niño. Ya encontraría el momento adecuado para confesarle su historia.

El nacimiento de Manuela le dio ánimo para confesarle a su mujer que ya tenía dos hijos. Para Marianela la noticia le llegó como si le clavasen una estaca en el corazón. ¡Le había mentido! ¡Una vez más! Ella, que había roto los lazos de la familia por él, que había insultado a su madre por él, ahora veía que Curra, muy a su pesar, tenía razón. Amaro no era un hombre de fiar.

-Un hombre que miente y engaña a dos mujeres, no es de fiar. Le había dicho en aquella discusión que habían tenido por motivo de su boda con él.

Cuando Erasma supo que ella se casaba por el ritual protestante, puso el grito en el cielo. Ella que tanto había inculcado en aquellas mocosas los preceptos de la fe, veía como un fracaso personal el que Marianela se casase con un divorciado y por otra fe, en aquellos tiempos incipiente. Una fe que trataba de usurpar el lugar de la fe católica. Una fe que habían llevado aquellos gringos engreídos que se creían superiores a los nativos. El casarse por aquel ritual era como negarse a si mismo. Negar los valores esenciales de la sociedad. Era rendirse ante el invasor. Erasma condenó aquel matrimonio. Hizo escribir una carta llena de improperios e insultos para Marianela, en la que acusaba a su puta madre Curra de ser la gestora de todo aquello.

¡Claro! ¿Qué se podría esperar? ¡Curra siempre había sido una rebelde, una puta! Con tal de fastidiarla, era capaz de cualquier cosa. Hasta de promover un sacrilegio como aquel. ¡Un matrimonio protestante! ¡Con un hombre divorciado! ¡Madre de Dios, esa niña es tan puta como su madre! Y así fue como Erasma, renegó de Marianela. Ya no era miembro de la familia. Más le valía que se olvidase de que había dejado una familia en el pueblo. Para ellos, ella estaría muerta desde el momento en que se casase. Todos los católicos, y la familia de Marianela lo era, condenaban el matrimonio por otra fe. Por eso, ninguno de los parientes del pueblo acudió a la boda.

Amaro la había engañado vilmente. Y como había hecho su madre Curra años antes con su padre, ella, Marianela, jamás le perdonó las mentiras a Amaro. Sin embargo, siguió unida a él, pero ya no fue igual. Sus sueños se vinieron abajo. No había más nada que hacer. Estaba sola en el mundo y el mundo era un lugar muy cruel. No podía confiar en nadie. Todos buscaban sacar algún provecho a como diera lugar. ¡Pobre de su recien nacida hija! ¡A qué mundo la había traído! Hubiese preferido tener un hijo varón, pero hasta en eso la vida le jugaba una mala pasada y le dio una hija, Manuela.

Lo que debió haber sido una gran alegría para Marianela, el nacimiento de su hija, se convirtió en un profundo dolor. Tanto luchar para hacerse de una vida digna, para sacudirse de su historia familiar y hacerse de una propia, allí moría. ¡Qué irónico, una nueva vida, traía la muerte de sus sueños! Era su destino social. Así que a Manuela le tocaría lo mismo, una putada de vida.

Manuela fue una niña triste, meditabunda. Fue como si todo el dolor de su madre lo hubiese bebido mientras amamantaba. Retraída. Tenía su propio mundo. Su padre la ignoraba. La culpaba por la falta de amor de su mujer. Si ella no hubiese nacido, tal vez él nunca se hubiese atrevido a confesar el tener dos hijos. El nacimiento de Manuela lo marcó para siempre. Miraba a la niña y veía a su gran pecado confesado y a su larga condena de ser despreciado por su mujer. No era capaz de reconocer sus propias faltas. Su deslealtad, sus constantes engaños.

La historia de Amaro.
Cuando Amaro conoció a Marianela, quedó prendado de aquella belleza triste. La prima de su novia era una muchacha preciosa. Una chica tan blanca, tan rubia. Si lograba conquistarla, sería el hombre más feliz del planeta y de paso mejoraría la raza, como solía escuchar decir a su padre cuando, en las constantes peleas con su madre, le reprochaba que gracias a él que era blanco, había mejorado la raza de su familia negra, al concebir con ella hijos mulatos. Amaro fue el hijo más claro de piel de la pareja, pero sus rasgos negros resultaban obvios: nariz ancha, orejas enormes y pelo “como alambre de púas”. Por ser el más claro de piel, se sentía superior a sus demás hermanos. El tema de la raza fue siempre motivo de discusiones e insultos entre sus padres. Motivo de riñas con sus hermanos. Ingresó en el ejército americano para huir de aquel infierno que era su hogar, en un pueblo costero del norte.

Cuando regresó del ejército, al cabo de tres años, se casó con su vecina, una negra buena moza, con quien se carteaba. La familia de ella, por aquel entonces, se había trasladado a otro de los arrabales que por aquel entonces, florecían en la capital. Se había jurado a sí mismo el no volver a pisar la casa familiar. No volvió a comunicarse jamás con ellos. Aquel matrimonio estaba condenado al fracaso. Amaro no amaba a Daniela. Ella lo sabía y sus constantes celos y peleas acabaron por fastidiarlo. La abandonó y se buscó un cuartucho alquilado que por aquel entonces se conseguían en el barrio, entre familias que, con ello, se ganaban algún dinero adicional. Fue entonces cuando conoció a Tomasita, otra mulata como él, hija de padre blanco y madre negra. Comenzó a visitarla. Tobías, el padre de Tomasita, era un hombre muy recto y pronto inquirió a Amaro sobre sus intenciones con Tomasita. Amaro se vio obligado a formalizar las relaciones con la mulata. En aquella época, Amaro recibía una pequeña compensación por haber servido en la armada y el pago de sus estudios en la universidad. Un joven que estuviese estudiando en la universidad en aquellos tiempos, era un excelente partido para cualquier joven casadera. Eso fue lo que hizo que Tobías obviara el que Amaro estaba tramitando su divorcio. Lo que desconocía era que tuviese un hijo.

Llevaba un año de novio con Tomasita, cuando acompañó a la familia a aquella fiesta para despedir el año. Ya había acordado con ella y su familia el celebrar la boda tan pronto el terminara sus estudios universitarios. Apenas le faltaba un año. El conocer a Marianela cambió completamente sus planes, sin embargo, no quiso romper el compromiso hasta estar plenamente seguro de que Marianela le correspondería. Para su sorpresa y grata satisfacción, la joven aceptó el que la cortejara.

Aquella relación fue una de conveniencia desde un principio. A Amaro le convenía conquistar a Marianela para mejorar la raza de su descendencia y a Marianela le convenía buscarse un buen marido que le ofreciese su propio hogar y le diese estabilidad. Ninguno hablaba de amor. Pronto Marianela aceptó los acercamientos sexuales de Amaro, pues no conocía otra manera de amor. Esa fue la que José le había enseñado. Ella no había conocido a ningún otro hombre. La diferencia entre José y Amaro fue que con Amaro se sentía a gusto. Otra diferencia fue el que Amaro se corría dentro de ella y no llevaba cuenta de cuando le tocaba su periodo. Así, al cabo de tres meses, ya esperaba su primer hijo.

Fue Amaro quien pudo reconocer los síntomas de embarazo en Marianela. Ella pensaba que estaba enferma, pues se mareaba, sentía unas nauseas terribles al levantarse y el sueño no se apartaba de su cuerpo aunque hubiese dormido toda la noche.
Amaro la llevó al médico, que por aquel entonces era un lujo que pocos se podían costear. Al confirmar el embarazo, de inmediato le pidió matrimonio y ella aceptó. Lo demás ya es historia. Así fue concebida Manuela.

La infancia de Manuela y el reencuentro de Marianela con su hermana Lola.
Manuela tardó en hablar. Vivía con su madre y ésta apenas le hablaba. La cuidaba bien, eso sí. Tenía muchísima experiencia cuidando niños. Había cuidado a cinco de sus medio hermanos y luego a los que tenía Matilda a su cargo durante todos aquellos años en los que vivió con ella y con José. Las primeras palabras que dijo la niña fueron unos chillidos horribles. Así que la madre prefería que no lo intentase. Por lo que cada intento de pronunciar algo, le era reprimido por su madre. Así que decidió callar. Sólo hacía sonidos extraños para pedir las cosas a medida que crecía. Soltaba alguna palabra incomprensible de cuando en cuando. Sus padres no notaban la extrañeza de la niña pues preferían pensar que no existía. Así fue como Manuela desarrolló esa sensación de ser invisible.

Con su abuela Curra, era otro el cantar. Su abuela la mimaba, la consentía. Jugaba con ella, le hacía cuentos increíbles con los que reía ampliamente. Sus tíos, "los monitos" como les llamaba Marianela -les decía así porque eran más negros que la noche- la adoraban. Le cantaban canciones de cuna, la llevaban de paseo por aquellos callejones zigzagueantes que conformaban las callejuelas de aquel barrio pobre lleno de casuchas de madera donde vivían. Nada parecido al hogar de Manuela, en una de las flamantes urbanizaciones que estallaban por todos los rincones de la capital en aquellos tiempos, para la década de los sesenta.

Su padre, al finalizar sus estudios, se colocó en una muy bien reputada agencia gubernamental y compró una casa que consiguió a un precio excelente. Allí, años más tarde, nacieron los cinco hermanos que tuvo Manuela. Sin embargo,entre casuchas humildes, en el arrabal donde vivía su abuela, era donde Manuela se sentía más feliz. Allí, en la casita del arrabal, conoció a sus primas. Las hijas de Lola.

Sucedió que cuando Erasma renegó de Marianela, se quedó sin subvención. El dinero que enviaba la Nela era muy necesario para mantener a la trulla de críos, ya adolescentes, que tenía en la casa. Decidió que ya era el momento de que Lola se ganara la vida. Así es que un día le hizo la maleta, le sacó el pasaje de autobús y la mandó a la casa de su cuñado Tobías, para que buscase trabajo y le enviase el dinero.

Lola había aprendido a querer a aquella malvada mujer. Amaba a sus hermanos. Ya era una joven que podía tomar sus propias decisiones y pensó que era su oportunidad de reencontrarse con Manuela, de la que sabía a través de lo que le comentaba Erasma, cuando Nela escribía. Así fue como supo que se había casado. Lola no vio nada mal el irse a la ciudad, ni extrañó las intenciones de Erasma. Ella sabía cuánto se apreciaba en aquella casa, el dinero que sin fallar, enviaba Nela desde la capital. Ahora ella haría lo mismo.

Lola llegó a la capital y no bien se había instalado en el humilde hogar de su tío, cuando Andrés, un joven buenmozo con rasgos indios, de piel acaramelada y pelo negro y muy lacio, comenzó a cortejarla. Andrés fue muy bien recibido en casa de Tobías. Al tío no le había hecho ninguna gracia el que Erasma enviara a su sobrina sin avisarle previamente. La situación era difícil y tener que dar de comer y vestir a una más, aunque fuese su sobrina, resultaba oneroso. Así es que de inmediato inquirió a Andrés sobre sus intenciones y le expuso que él no era persona de aguantar noviazgos muy largos, que debía planificar la boda cuanto antes. Tobías no quería volver a vivir lo que le tocó con Amaro. De esa forma casó en el mismo año a su sobrina y a sus dos hijas mayores, Tomasita y Joaquina. Las casó tan pronto aparecio el primer pretendiente. Sólo hubo una diferencia de meses entre boda y boda.

Lola se reencontró con su hermana Marianela y con su madre en la casa de Curra. También conoció a su sobrina Manuela, quien por aquel entonces, era una bebé. Lola resentía mucho menos a su madre que lo que lo hacía Nela. La relación de las hermanas con su madre fue siempre, hasta la muerte de Curra, una muy tirante.

Lola había cambiado mucho desde que Nela la había dejado de ver. Cuando la oía hablar, le parecía estar escuchando a un fotuto de Erasma. Aquella arrogancia, la crítica mordaz, el menosprecio hacia los demás, ahora se personificaban en su hermana. Las hermanas no volvieron a ser nunca las mismas que fueron durante su infancia.

La rivalidad entre las hermanas se inició desde aquel reencuentro. Lola comenzó a presumir de su novio con su hermana y a reprocharle el que se hubiese casado con un divorciado y para colmo, por una iglesia protestante. Ella en cambio, hizo una boda “como Dios manda”, aunque a la suya tampoco acudieron los parientes del pueblo. Erasma estaba furiosa con ella, porque la había enviado a trabajar, no a casarse, y la había defraudado.

Al mes de estar casada, ya Lola esperaba a su primer hijo, que para sorpresa de todos resultaron ser unas gemelas bellísimas. Unas niñas rosadas, de pelo muy rubio y ojos claros. Lola no hacía más que presumir de sus hijas, mientras Nela, ignoraba por completo a la suya.

Manuela pasaba mucho tiempo en la casa de su abuela. Desde muy niña vio a las putas en las esquinas de las calles, con aquellos vestidos despampanantes llenos de brillos y cuentas de muchos colorines, a plena luz del sol. Sus caras eran un arcoiris luminoso. Tenían unas bocas tan rojas y apetecibles como las manzanas que por aquel entonces comenzaron a llegar, importadas de los Estados Unidos. Usaban unos tacones de punta muy fina y tan altos, que parecían malabaristas cuando caminaban, esquivando los hoyos que había en el escaso pavimento con el que se cubrían aquellas callejas por donde se paseaban, contorneándose todas.

Pronto conoció también a "La Lucrecia", un travesti con cuerpo escultural que no tenía nada que envidiarles a las otras mujeres con las que se paseaba. Con más de una tuvo su garata por celos. Les llevaba a los clientes porque tenía mucha labia para convencer a los borrachos que, en su delirio, no podían distinguir la diferencia fundamental entre ella, "La Lucrecia" y las demás.

Lucrecia visitaba la casa de su abuela Curra cuando Ismael, el marido de su abuela, no estaba en la casa. Tenía largas conversaciones con la abuela Curra. Conversaciones que no eran del todo aptas para ser escuchadas por la niña, pero como ésta apenas hablaba, Curra le permitía estar en la sala mientras las primas de Manuela, debían irse a jugar al batey y no interrumpir las conversaciones de adultos.

-Los niños hablan cuando las gallinas mean. Les decía Curra a sus otras nietas.

-¿Y cómo es que dejas que se quede Manuela, abuela? ¡Abuela puta! ¡Bruja, puta! Le gritaban groseramente las niñas, mientras huían corriendo de la ira que provocaban en su abuela.

-¡Esas niñas son un engendro del mismo demonio! Decía La Lucrecia a Curra, quien parecía ignorar completamente el comportamiento de sus otras nietas, mientras continuaba con la charla, muy entretenida.

Manuela, sentada en el suelo, escuchaba aquellos cuentos que se decían La Lucrecia y su abuela, sin entender mucho a qué se referían cuando hablaban y reían divertidas. De vez en cuando Lucrecia reparaba en aquella niña tan extraña.

-Curra, ¿y ésta? ¿Por qué es tan rara?

-¡Qué va a ser rara! Es distinta, es todo. Es muy lista, sabe escuchar y callar. Será muy inteligente.

-Pues a mi me parece algo lenta, ya sabes. Tonta, retardada.Curra se levantó llena de ira.

-Te vas pa´l carajo ahora mismo. Tú, que eres más puta que las gallinas, cómo te atreves a llamar a Manuela retardada. Sal de aquí. Eso sí que no te lo consentiré. A mi nieta no la insultas de esa forma, ¡puta sucia!

Y con aquel revuelo que había formado la abuela Curra, Manuela asustada huyó corriendo. Lucrecia ofendida, salió también dando voces.

-Mira quien habla de putas. Esa niña tonta es tu castigo. ¡Lo sabes aunque te hagas la sueca! No hay peor ciego que el que no quiere ver. Te estoy haciendo el favor de abrirte los ojos. ¡Coño! Que esa niña como va, ni para puta ha de servir. Le gritaba Lucrecia ya desde el portón que daba al callejón donde vivía Curra.

-¡Manuela!¡Manuela! ven con tu abuela. Ven mi'jita. Claro que no serás puta. Eres muy lista para llegar a serlo.

Ahora Manuela, con el paso del tiempo, recordaba aquellas palabras. ¡Cuán equivocada estaba su abuela Curra! La sociedad sigue siendo estática y cruel. "Puta has nacido y en puta te convertiras". Ese fue el dictamen que la sociedad estableció para ella. Para cada una de las mujeres descendientes de Curra. Ella, por más que su abuela lo hubiese querido, no estaba exenta de cumplir con ese dictamen.

En aquel momento de la discusión con La Lucrecia, la puta a la que ambas mujeres se referían era a la de la profesión más antigua del universo, la de la prostitución. Lo que Curra no imaginaba en aquel tiempo, es que en la sociedad se puede ser puta de muchas formas, no sólo como prostituta.


 
 

LA PUTA QUE ME HABITA (NOVELA)

por caribe @ 2006/03/23 - 21:37:42

LA PUTA QUE ME HABITA

CAPITULO 1: Esta familia de PUTAS (editado)

Inicios de esta familia de PUTAS

Esta historia se remonta a los tiempos que la memoria de mis antecesores recuerda. Mis antepasados más remotos de los que puedo hablar son mis bisabuelos Paco y Vitorio. Lo que me han contado de ellos es que eran primos que vinieron a esta isla caribeña desde España, posiblemente de Canarias. En este, el país de los cuatro pisos, quién no tiene un pariente español. Es una especie de orgullo ancestral. Nadie recuerda a sus parientes africanos, para qué. Con una historia de negación de lo negro, de blanqueo de todo lo que recuerde a lo africano, no se puede esperar menos.

En fin, estos bisabuelos se asentaron en un pueblo costero del sur. Nadie me ha podido explicar el por qué, el cómo, lo que se cuenta es que tenían una finca común. Allí se criaron sus hijos e hijas: Curra, Vigis, Lulo y Tolín. Hay otros hermanos y hermanas, pero de esos se habla poco. También se habla poco de los orígenes de Catalina y Jacinta, las respectivas esposas y madres de los que he mencionado. De la que más escuché hablar fue de Jacinta, una mujer menuda con larga cabellera oscura y ondulada. Una bella criolla de la que Vitorio se enamoró perdidamente. No sé más, aunque sí puedo tener un recuerdo de ella en mis memorias infantiles. Ella vivía con uno de sus hijos: Falelo, hermano mayor de Lulo y Tolín. Mi madre nos llevaba a visitarla. Me impresionaba aquella mujer diminuta, delgada, de piel oscura aunque no negra, silenciosa, muy mayor y con aquella hermosa cabellera muy oscura para su edad. No recuerdo más. A Vitorio no le conocí, había muerto para los tiempos a los que se remontan mis recuerdos. Dicen que era muy alto, blanco, con ojos claros. Un hombre elegante.

Guardo recuerdos de Paco. Lo conocí en su velorio, al que acudí siendo una niñita. Cuentan que era un hombre bajito, regordete, todo lo opuesto a su primo. Aunque compartía los ojos claros. Dicen que Paco los tenía muy azules. De Catalina, su mujer, no tengo memoria, ni recuerdo que me hayan hablado de ella. No sé cómo era. Tampoco sé cómo se daba aquella relación entre ambas familias. Ni cómo luego cada cual separó sus destinos, aunque siguieron viviendo en el pueblo. Lo que sí recuerdo es aquella mezcla de rasgos que caracterizan a los míos, mi familia: rasgos españoles y criollos.
Los criollos son los que mejor describen nuestra raza caribeña. Son una mezcla del blanco, del africano y del indio. Por eso, entre los criollos predominan las distintas tonalidades de piel, desde las más claras, aunque no del todo blanca, hasta las más oscuras sin llegar a ser negra. Otro rasgo característico es el cabello. Lo hay “pasita”, muy ensortijado y rebelde, que refleja una fuerte influencia africana, hasta el “lacio” donde no se ve una sola onda. Lo hay color rubio como los rayos de sol hasta tan negro como el azabache. Del color de los ojos ni hablar, los hay de todos los colores: azules, verdes, amarillos, marrones como avellanas o muy oscuros. En esta isla caribeña de cuatro pisos se dan unos contrastes únicos como es el ver a un criollo de piel oscura, cabello ensortijado y con unos ojos de color verde intenso o ver a una criolla, blanca, de ojos azules y cabello rubio pero como una “sereta”, una “maranta” indomable que denota que por algún lado le corre sangre africana.

Mi familia tiene todos estos maravillosos contrastes pues por alguna razón los hijos de Tolín, mi abuelo, y de su segunda su mujer, Erasma, se buscaron parejas negras, que no criollas. Fueron nueve varones y todos se casaron con mujeres de piel muy oscura y cabellos “rebeldes”, para dolor de Erasma y como castigo a su racismo evidente. Se tuvo que “tragar la lengua” al llenarse de nietos y nietas que reflejaban aquella mezcolanza de raza. También las hijas de Tolín, habidas con su primera mujer, mi abuela Curra: Lola y Marianela, se casaron con dos criollos más negros que blancos.
Todos los hijos de Tolín le nacieron blancos y rubios. Algunos con ojos claros aunque predominaron los ojos oscuros de sus madres. Ninguno sacó el color de ojos de mi abuelo Tolín. Eran de un azul intenso, al mirarle, parecía que una miraba aquel mar del sur, aquel Caribe exuberante. Tolín fue muy delgado toda su vida, una delgadez que lo hacía parecer muy frágil, sin embargo vivió hasta pasados los ochenta.

Su hermano Lulo tenía una complexión más robusta. Era alto, de piel blanca aunque no tanto como la de Lulo y de ojos oscuros. Eran muy distintos. Lulo también vivió una larga vida. Los hijos varones de Lulo salieron más morenos de piel, un tono muy parecido al de su madre Vigis, quien era hermana de mi abuela Curra. Ninguno sacó los ojos claros. La única hija de Lulo, la nacida de la relación con su amante Inocencia, a la que antes de nacer la niña, legitimizó como esposa al divorciarse de Vigis, también salió oscura, morena, preciosa. Dicen que es la viva estampa de la bisabuela Jacinta, aunque es mucho más alta.

Los hijos de mi abuela Curra, habidos en tres historias distintas, también fueron muy diferentes entre sí. Dos hijas rubias, muy blancas: las hijas de Tolin. Un hijo blanco con cabello oscuro ondulado, el más parecido a Curra, por lo que nunca se ha podido saber quién fue su padre y los dos “negritos”. Los nacidos en su relación con Ismael.

Las hijas de Curra y Tolin: Lola y Marianela, tuvieron hijos que sacaron rasgos multicolores. Cada una tuvo cuatro hijos en los que predominan todos los colores de piel, de ojos y de cabello. Son un verdadero “pavo real” cada uno de ellos. Curiosamente las hermanas, tuvieron cuatro hijos: dos chicas y dos chicos cada una. Eduardo, el hijo sin padre de Curra, no tuvo hijos, como tampoco los tuvo Memín, el hijo menor. Gervasio, el mayor de los “negritos” tuvo una hija, una niña más blanca que el algodón, con unos ojos más azules que el cielo y con cabellos dorados aunque más “kinki” que el de su padre. Una verdadera muñequita si no fuese por aquel “pasurín” indomable que revelaba abiertamente su sangre africana.

La saga ha continuado. La primogénita de Marianela, Manuela, engendró a Nora y ésta a Karina. Marianela no quiso casarse con un negro, por lo que escogió como marido a un criollo. Ella no quería vivir lo que había vivido su madre: ser una mujer blanca que paría “monitos”. Manuela le nació blanca aunque de un blanco amarillento, que revela la influencia negra en su sangre, pero lo que más lo denota es su cabello. Tiene una “sereta” indomable aún en estos tiempos de tantos productos para combatir “la negritud”. Nora también es blanca, muy blanca. Nació rubia, tanto que parecía casi albina, pero luego, el cabello se le oscureció y se le puso ondulado. Tiene ojos oscuros. Karina es tan blanca como su madre Nora, pero con una cabellera azabache de rizos suaves y ojos negros vivaces, llenos de alegría. Curiosamente, es Karina la más parecida físicamente a Curra.

Curra, la primera PUTA de la familia

Mi abuela fue una adelantada a su tiempo. Nació para principios del siglo XX en un pueblo del costero de mi país. Se crió junto a sus hermanos en la finca que tenían mis bisabuelos. Gustaba de montar a caballo, de criar animales y sembrar. Tenía un carácter rebelde. Solía llevar la contraria a su padre y hacer lo que entendía que le resultaba conveniente, según cuenta mi tía abuela Vigis, que era una de las hermanas menores. Nunca fue a la escuela. No sabía leer ni escribir. Tenía una belleza peculiar, lo que provocó que un vecino amigo de la familia y bienpudiente la pidiera en casamiento.
En aquellos tiempos, se solían arreglar matrimonios de conveniencia. Ese fue el caso de mi abuela. Su padre acordó el matrimonio con el vecino y se hizo la boda. Contaba mi abuela con 15 años para ese entonces. Mi abuela no discrepó, sin embargo, a los tres días de su boda, recogió sus bártulos de la casa del susodicho y se regresó a su casa sin considerar el disgusto que esto provocaría en su familia y en su marido. No hubo ruego ni súplica que la hiciera cambiar de parecer. No volvió con él.

Por aquel entonces, ya mi abuela se había fijado en el hijo de Vitorio, primo de su padre. Tolín, el que más adelante sería mi abuelo, le había “hecho ojitos”. Tenía mi abuela un carácter alegre, extrovertido y gustaba de ir a los bailes que se hacían en bateyes cercanos. Como su padre Paco, no consentía el que sus hijas fuesen a esos rituales muy mal vistos, mi abuela se las ingeniaba para escaparse de la casa y asistir a las fiestas. Era dicharachera y buena bailadora. Así conquistó a mi abuelo.

Mi abuela Curra tuvo 3 hijos con mi abuelo Tolín. En aquellos tiempos, las familias vivían todas muy cerca. Mis abuelos fueron a vivir a la finca de Paco, que colindaba con la de su primo Tolín. Mi tía abuela Vigis se casó con el hermano de mi abuelo, mi tío abuelo Lulo. Todo quedaba entonces en familia. Todos vivían en la misma finca.

Por aquel entonces, mi abuelo era capataz en la siembra de caña de la central cercana y en su recorrido a pie hacia su trabajo, Erasma, una vecina del litoral se había fijado en él. Era común en aquellos tiempos, el que los hombres tuviesen más de una familia y que compartieran el lecho con otra mujer, la querida. Pronto Erasma se convirtió en la querida de mi abuelo y le parió un hijo. Cuando mi abuela se enteró lo puso de patitas en la calle y se fue a vivir a casa de su padre con sus tres hijos. Nuevamente, de nada valieron los ruegos. Mi abuela indignada por lo que Tolín había hecho, lo abandonó y no regresó con él. No estaba dispuesta a compartir a su marido con otra, aunque esa fuese la costumbre.

Al tiempo, mi abuela, muy joven aún, comenzó otra relación amorosa. Lo que le valió las habladurías de todo el barrio. Las peleas con su padre eran constantes, estaba poniendo la reputación de la familia en entredicho con su comportamiento poco cristiano. En el pueblo comenzaron a tildarla de PUTA. Mi abuela Curra no se inmutó. Siguió con sus amoríos y pronto tuvo otro hijo. Esta vez sin estar bajo techo con ningún marido. Aquello fue el acabose.

Cansada de las peleas de su padre, las habladurías del pueblo y siendo aún muy joven y sin muchas opciones en el pueblo, un día decidió abandonarlo todo y marcharse a la capital. Había oído que tenía más posibilidades de encontrar un empleo en las fábricas que recién comenzaban a instalarse en el país y que muchos campesinos emigraban a lo que se conoció como el barrio obrero, un sector de casuchas humildes, en amplia expansión, para albergar a los nuevos allegados. Nuevamente fue el escándalo de la familia. Ahora también abandonaba a sus hijos buscando un porvenir incierto como trabajadora.

En aquel entonces en el pueblo, las mujeres que trabajaban también estaban muy mal vistas. Eran muy independientes, muy liberales y libertinas. Todas eran unas PUTAS que llevaban muy mala vida en la ciudad, porque sabe Dios que cosas hacían, ahora que nadie las veía. El trabajo era cosa de hombres, la mujer se debía a su casa y a sus hijos. Una mujer DECENTE, se buscaba un buen hombre que la pudiese mantener y se dedicaba a parir hijos. Eso hizo Erasma y tuvo con mi abuelo Tolín nueve hijos. Ella sí que se había convertido en toda una señora, en cambio mi abuela era una PUTA que había abandonado a sus hijos dejándoselos a su padre.

Ya en la ciudad, mi abuela conoció a quien sería su compañero de vida. Un hombre NEGRO del que se enamoró perdidamente. La indignación de su familia ya no aguantó más. Curra había excedido los límites al juntarse a vivir con un NEGRO y parirle 2 hijos. Había dañado la raza y llenado de vergüenza a su familia. Lo mejor era que no volviese jamás al pueblo. Su nombre estaba de boca en boca por todos sus actos. Curra, la puta que dejó a su marido, que tenía un hijo sin padre, que dejó a sus hijos y se fue a vivir la mala vida en la ciudad capital arruinando el nombre de la familia al casarse con un NEGRO.

Curra llegó a la capital para la década de 1940. En aquel momento, el país empezaba un proyecto "revolucionario" de industrialización que el primer gobernador electo por el pueblo se había propuesto lograr. El país de cuatro pisos donde vengo, ha sido colonia toda la vida. Más bien desde que llegaron los colonos españoles en el siglo 16. Antes, había sido una isla paradisíaca. Los nativos de aquellas tierras habían vivido muy felices y tranquilos hasta ese encuentro nefasto con los colonos.

Desde entonces, la isla ha sufrido toda clase de atropellos propios de una colonia. Ha sido botín de guerra en varias ocasiones. Ha pertenecido a Inglaterra, Holanda, España y ahora a los Yankis. Vivió bajo gobiernos militares la mayor parte de estos últimos siglos, hasta la década de 1930, cuando los Yankis temieron una sublevación de aquella población pobre y hambrienta y les permitieron elegir un gobierno propio. La historia de la isla ha sido muy confusa. Su población siempre ha estado dividida en posturas a favor o en contra de las posturas de sus gobernantes.

Mas en aquel momento, a principios de los `40, todos creyeron en El Líder. Venía de las filas que abogaban por la independencia. Mi abuela nunca le creyó. Se mantuvo firme.

- "Ese no me engaña". Es como todos los hombres, mucha promesa que se va cuando se le cruza la primera falda por el frente. "A este se le irán las promesas cuando empiece a tentarlo el imperio infame". Así le decía mi abuela Curra a sus hermanas.

Si partió del pueblo para la capital, no fue por las promesas de El Líder, sino porque ya estaba harta de las habladurías que sobre ella corrían por el pueblo. Estaba harta también de la lucha que llevaban Catalina y Paco para tratar de controlarla.

-¡Ay, Curra! ¿Cuándo "sentarás cabeza"? ¿No ves que eres mujer? No puedes cambiar el curso de la vida, el papel de la mujer es "seguir a su marido" y perdonarle cuando comete errores. Le decía Catalina, con voz dulce, a mi abuela.

-Ésta lo que logrará es que matarme de un "soponcio". Contestaba su padre.

Lo mejor era marcharse y no darles más dolores de cabeza a sus padres. Nunca la comprenderían. Ella no estaba dispuesta a "someterse" a la voluntad de ningún hombre. Si no lo había hecho con su padre, menos aún a cualquier otro que no la respetase y la dejara ser como ella quería, como ella entendía que debía ser. Tampoco es que ella fuese una "cabecidura". Con Tolín todo marchó muy bien. Vivió con él como toda una "señora de su casa" durante 7 años. Si no hubiese sido por su amorío con Erasma, ella hubiese continuado con él. Lo amaba. Él se equivocó al pensar que por ese amor que ella le tenía, ella estaría dispuesta a aguantarle todo. ¡Que va! Ella se sentía una mujer digna de ser amada en forma exclusiva. Si él no lo podía comprender, entonces él no estaba a la altura de lo que ella esperaba de un hombre. Por eso lo dejó. Lloró por él. Lloró por su desdicha y por rabia. Pero lo hizo a solas, cuando no la veían. Lloró a su manera cuando se iba por aquella finca y se adentraba por los caminos galopando a caballo. Lloró poco, eso sí. Al poco tiempo se hizo asidua de las fiestas que se formaban en la atarraya. Se escapaba de noche y llegaba de madrugada.

En una de aquellas noches conoció a otro hombre. Ese del que nunca habló. Con ese olvidó sus penas. Poco tiempo después supo que esperaba otro hijo. Dejó de verlo. Él estaba casado. Ella no le haría a ninguna mujer, lo que Erasma le había hecho. Durante todo su embarazo no salió de la finca. Se dedicó a cuidar a sus hijos y a ayudar a su madre y sus hermanas. Su padre por poco se muere del disgusto cuando Catalina le dijo que Curra estaba "preñada". Ambos insistieron en que les dijera quién era el padre de la criatura que esperaba, sabiendo que ella no se los diría. Sabían muy bien como era Curra. Pasados los meses, ya no se mencionaba el asunto. Cuando nació mi tío Eduardo, mis bisabuelos se enloquecieron con el chiquillo. ¡Era precioso!

Mis bisabuelos cuidaban a los hijos de Curra como si fuesen de ellos. Lola, Marianela, Miguel y Eduardo eran los niños más felices del planeta en aquella casa. Vivían rodeados del amor de sus tías y de sus abuelos. Tolín iba a ver a sus hijos con frecuencia. Acompañaba a Lulo, que por aquellos tiempos, cortejaba a Vigis, la hermana de Curra. Tolín adoraba a las niñas. Con Miguel era distinto. Erasma le había "metido en la cabeza" que ese no era hijo de él, pues, según ella, Curra le engañaba cuando él tenía que marcharse a otras fincas por su trabajo y se pasaba temporadas fuera de casa.
Tolín tuvo sus dudas con Miguel, aunque nunca se lo dijo a Curra. Ella había quedado embarazada justo en un momento en que él tenía que marcharse. Se ausentó por tres meses. A su regreso se topó con Curra y su "barriga". Curra nunca le fue infiel. Ni a él, ni a ninguno de sus maridos. En eso ella tenía sus principios. No le gustaba hacer lo que a ella no le gustaba que le hicieran.

Miguel fue un niño enfermizo, debilucho. Curra lo adoraba. Quizás por eso, por verlo el más frágil de todos sus hijos. Un día Miguel se fue con su padre. Tolín lo dejó al cuidado de Erasma en lo que iba al colmado para el “trueque”. Llevaba huevos para que, a cambio, le diesen pan con mantequilla. No había mucho que comer en aquellos tiempos y se acostumbraba intercambiar productos. Al regreso se encontró al niño color púrpura. Erasma estaba en la cocina y parecía no haberse dado cuenta de la condición del niño. Casi como un loco, Tolín salió de la casa con el niño para llevárselo a su madre. Cuando Curra vio a su hijo en tan malas condiciones, furiosa, se abalanzó sobre Tolín.

-¿Qué le has hecho? Gritaba.

-Cálmate Curra. Se ha puesto malo en la casa.

La abuela Catalina vino corriendo al oír los gritos.
-Este niño se muere. Determinó.

Buscaron a Don Tobías, el curandero del barrio. El hospital estaba en el pueblo y el niño estaba muy mal. Tomaría más tiempo llevarlo hasta allá. Decidieron que Don Tobías lo tratara con sus remedios. No sirvieron de nada los sobos, los baños de planta y las cataplasmas de “mejunje” que preparó Tobías. Tres horas más tarde, Miguel daba su último y muy difícil suspiro y exhaló. Los gritos de Curra al ver a su hijo muerto, se oyeron en todo el barrio. Tolín no hallaba consuelo. Entre la culpa y el dolor se iba consumiendo. Sólo lo calmaba el aguardiente. Así que esa noche, durante el "baquiné", Tolín bebió y bebió. Bebía para intentar olvidar, para no pensar. ¿Qué le había pasado a Miguel mientras él se fue al colmado? Jamás le diría a Curra que había dejado al niño al cuidado de Erasma. Ya mucho había sufrido Curra con la putada que él le había hecho al formar un hogar con Erasma.

Y así, cargando culpas y culpas, mi abuelo Tolín se dedicó en cuerpo y alma a la bebida hasta el fin de sus vidas.

La vida de Curra en la ciudad

La navidad fue un periodo difícil en la vida de Curra, desde aquella vez en que se fue del pueblo. Fue justamente una navidad, luego de un par de meses de haber enterrado a su hijo Miguel, en que ella decidió dejar a su hijo Eduardo con sus abuelos maternos y a sus hijas Marianela y Lola, con su padre Tolín.

No dijo nada a sus padres de lo que pensaba hacer. Dijo que le llevaría las niñas a Tolín para que pasasen la navidad con él. Por eso Catalina no tuvo reparos al ver a su hija preparar una "muda de ropa" para sus hijas y salir con ellas de la casa. Tampoco le extrañó ver cómo Curra abrazaba y besaba a Eduardo como si fuese la "última vez" que lo viese. Desde que había muerto Miguel, Curra trataba a Eduardo con un amor desmedido, como si en él depositara el cariño que se le había quedado dentro para darlo a Miguel.

Fue a Tolín a quien le dio la noticia.

- Me marcho a la capital. No pienso regresar. Aquí te dejo a las niñas. Cuídalas bien. Cuando yo pueda, mandaré a buscarlas.

- Pero Curra, ¿Es que te has vuelto loca? ¿Qué vas a hacer tú en la ciudad?

Ella no contestó. Dio media vuelta y se marchó sin despedirse de las niñas, que no imaginaban lo que haría su madre. Jugaban entretenidas entre los matorrales que había a orillas de la carretera de tierra por donde pasaban los obreros que se dirigían al cañaveral cercano. No quiso despedirse de las niñas. Quizás al hacerlo, se arrepentiría de su decisión. No quería que así fuese. Ya la decisión la tenía tomada. No habría vuelta atrás.

Llegó a la capital al caer la noche. Había viajado todo el día por trasbordo de un pueblo a otro, cogiendo un carro que le llevaba a la plaza del pueblo más cercano. Había recorrido ocho pueblos. No imaginaba lo que encontraría en la capital. Nunca había estado allí. Sólo había escuchado hablar de aquel barrio donde se instalaban los que llegaban de los pueblos: el barrio obrero. Preguntando llegó. Se las había arreglado para vender una vaca y un caballo de su padre. Con ese dinero viajó. Por ser fechas cercanas a la navidad, había buen transporte hasta entrada la noche.

Al llegar al barrio, preguntó por la gente del pueblo. Había escuchado decir que en aquel sector, la gente se agrupaba por el pueblo de procedencia. Esto era así, porque según llegaban, los que ya estaban allí, le daban albergue en lo que se hacían de unas cuantas tablas y cajas de cartón para hacerse su "casita". Luego, entre vecinos, compartían el terreno y así se fue creando aquel arrabal de casuchas a orillas de la laguna.

Dignidad le dio albergue aquella noche. Era la madama de la zona. Tenía un pequeño burdel a donde llegaban las mujeres solas. Muchas de ellas terminaban trabajando para ella, pues al ver que no conseguían otro empleo, no les quedaba más remedio que entrar "en el negocio" para pagarse el alquiler del cuartucho donde dormían como podían. Ese no fue el caso de mi abuela Curra. Ella, aunque tanto le habían pronosticado que terminaría siendo una puta, no se llegó a prostituir jamás. Dignidad, la dueña del burdel y una compueblana que hasta entonces no había tenido el privilegio de conocer, le mencionó las "reglas" de la casa. Si pagaba su estadía, no tenía que trabajar en el lugar, si no pagaba, tenía la opción de "trabajar" en la casa o irse a la calle. No había más.

Curra tenía el dinerito que logró reunir de la venta de los animales de la finca y con el que había pagado el transporte. La venta de los animales, la había hecho a escondidas de su padre. Cuando su padre se diese cuenta de que había vendido a los animales para sacar dinero y marcharse, ya ella estaría muy lejos, en la capital. Por el momento, no le preocupaba el pago de alquiler. Ella tenía una cosa muy clara, sería puta, sí, pero por decisión propia, no por necesidad. Puta para acostarse con el hombre que ella escogiese y no a la inversa. Así que no se veía trabajando en aquella casa ni ahora, ni en un futuro. Y así fue.

Lo que ni Dignidad, ni Curra imaginaron es que ella, Curra, terminaría conviviendo con el hijo de la primera, de Dignidad: Ismael. ¡Cosas del destino! ¿Quién iba a imaginar que en aquel burdel, ella, Curra, encontraría al amor de su vida? El hombre con el que vivió hasta el final de sus días. Claro que a Dignidad no le gustó nada la idea de aquel romance cuando se enteró.
Ismael era el hijo de Dignidad. Un muchachón fornido, musculoso, más negro que la noche y con una sonrisa más blanca que la leche de vaca. Tan pronto él vio entrar a aquella diminuta pero buena hembra de mujer, supo que tenía que conquistarla. Le fascinó la gracia de sus movimientos, la seguridad y firmeza que mostraba y su coquetería espontánea. ¡Quedó prendado!

Curra ni lo miró. Fue varios días después que reparó en él. Una mañana temprano cuando ya salía para las fabricas cercanas a buscar trabajo, él se le cruzó en el camino.

-¿La puedo acompañar? Le dijo.

-Y tú ¿quién eres?

-Ismael, vivo en la casa de Dignidad. No le dijo que era el hijo.

-Ah ¿sí? Pensé que sólo se hospedaban mujeres.

Él no contestó.

- Qué guapa eres.

Ella con picardía y coquetería le dijo: -Lo sé. Gracias.

Y así comenzó aquella historia de amor que rompió con todos los esquemas de aquella sociedad de fines de los 40. Ella, blanca. Él, negro. Ella, madurita. Él, mozalbete. Ella, completamente independiente. Él, nada machista.

Quizás por tantas contradicciones fueron tan felices hasta el fin de sus días.

Ismael no podía sacarse de la cabeza a Curra. Aquella diminuta mujer, que rebosaba alegría hasta con su caminar, lo traía loco. Así que se las ingenió para salirle al paso en cada ocasión que pudiese. De ese modo se convirtió en su acompañante cada mañana en la que Curra salía a buscar trabajo.

Curra ya se estaba desesperando porque no conseguía empleo. La situación en el país era muy difícil. Más aún, para una mujer. Ismael se convirtió en su confidente. Ella veía a aquel "chamaco" joven que andaba loco por ella. Era obvio. Ella, que no había tenido reparos antes con ningún hombre, ahora, de pronto, frenaba sus impulsos con este chico.

Ismael trabajaba de obrero en lo que apareciese. Debía aportar al mantenimiento de su hogar. Su madre se había quedado viuda con 5 hijos, tres mujeres y dos varones. Él era el tercero. Como la situación para una viuda en el pueblo era muy difícil, Dignidad decidió irse a la capital con todos sus hijos. Había escuchado "maravillas" de la vida por allá. Más adelante se dio cuenta de que la vida es dura en cualquier parte, pero ya no había más que hacer. Sin dinero y con 5 hijos que mantener, decidió poner aquel negocio del "placer de la carne". Y dio resultados. El negocio prosperó.

Según llegaban chicas del pueblo, ella les daba alojamiento y les decía "las reglas". Muchas no querían prostituirse, pero al quedarse sin dinero, y ya habituadas a la gentileza de Dignidad y su familia, entraban al "negocio". Al menos, tenían un techo, una familia y ganaban "un dinerito" para sus cosas y para enviar a los que habían dejado atrás, hijos, padres, hermanos, al salir del pueblo.
Aquel burdel, de día era una casa de familia común y corriente, donde todas las mujeres que vivían allí, eran "una más de la familia", pero al atardecer, la casa se transformaba. Los niños se amontonaban en la habitación de Dignidad, durmiendo en "hamacas" que colgaban del humilde techo con vigas de madera. Las otras habitaciones, un poco más amplias que un armario, veían hombres entrar y salir. Hombres que venían a "calmar" sus ansias de mujer. Muchos de ellos tenían a su mujer y a sus hijos en el pueblo y habían venido a la capital buscando mejor suerte, pero la falta de "hembra" les hacía llegar hasta aquel lugar que poco a poco fue ganando fama.

Curra, orgullosa como era, alquiló una de las habitaciones para ella sola. Una noche, ansiosa como estaba, porque ya se le acababa el dinero y ella no quería ser una más en aquella casa, no se percató de que Ismael se hallaba tras la cortina que servía de puerta. La espiaba. Hacía mucho que velaba sus sueños. Al voltearse, en aquel catre de lona que tenía por cama, lo vio.

-¿Qué haces ahí? Le preguntó.

El sacó fuerzas de donde no las tenía y con valor, cruzó la cortina, se le acercó, la besó y estuvieron amándose toda la noche. Así estuvieron a partir de entonces. Ismael dejó de dormir en la hamaca, para "calentarse" con Curra cada noche a partir de entonces.
Aquel hombre más negro que la noche y ella tan blanca como una nube, se fundieron en apasionados besos y caricias, en ardientes deseos de los que la pasión alimenta. Ríos de agua viva manaron de sus cuerpos sedientos. Se confundieron entre los gemidos que se escapaban de cada una de aquellas apretadas habitaciones hasta el amanecer. Cada amanecer desde aquella noche, les sorprendía así, apretados, cuerpo con cuerpo, aliento con aliento, suspiro a suspiro. Entonces él, antes de que amaneciese, se soltaba de sus brazos y en la penumbra, volvía a su hamaca, donde ya esperaba a la luz del día, recordando el olor de aquella mujer.

Cuando Dignidad se enteró de que Ismael y Curra estaban “enreda’os”, ya su hijo estaba “más meti’o que el soco ‘el medio” con ella. Ismael ya había comenzado a preparar el terrenito en aquel lodazal baboso que daba al caño. Allí pondría los socos que servirían de cimiento para levantar las cuatro tablas y los cartones que con bitumul se unían para así montar la humilde casita que sería su “nidito” de amor. Como él sabía de montar casitas allí en el caño, no sería difícil. Se llevaría a Curra para allí, para la extensión del barrio. Allí al lado de la laguna. Así vivirían junto a lo más parecido que había al mar por aquella zona. La laguna no tenía parecido con el mar del sur, aquel Caribe, sinuoso, que arropaba las arenas de su pueblo natal. Sin embargo, Ismael estaba confiado en que Curra se sentiría más a gusto allí, cerca del charco. Se levantarían cada mañana a esperar el amanecer, mirando hacia el horizonte que se dibujaba a lo lejos por aquella llanura fluida que se abría espacio buscando salida. Algún día tendrían un botecito y navegarían por aquellas aguas. Eso pensaba.

Otra de las muchachas “alegres” de la casa de Dignidad, celosa como estaba por la suerte de Curra, que tenía un hombre con el que dormía por placer, no por trabajo, se lo “sopló” a Dignidad.

-Ese hijo tuyo sí que sabe. Comentó “como quien no quiere la cosa”.

-¿A quién te refieres, Iluminada? Preguntó Dignidad.

- A Ismael. Duerme calientito todas noches.

Dignidad, que los años y la vida le habían dado mucha malicia, imaginó lo que estaba pasando. Ismael estaba durmiendo con una de las muchachas de la casa. ¿Cuál de todas se había atrevido a “hacer un hombre” a su hijo? Ella le tenía prohibido a sus hijos, el relacionarse con las “mujeres de la vida”. Se los había dicho una y mil veces.

- “Las muchachas de esta casa no son para ustedes”. Ustedes habrán de conseguirse muchachas honra’s, decentes, con las que puedan casarse “como Dios manda”. “Cuando les llegue la hora de “conocer mujer”, ya me encargaré yo de buscarle a una de las chicas que les enseñe “lo que to’ hombre debe saber pa’ complacer a una mujer en la cama”. Sólo para eso, pero pa’ lo serio, hay que buscarse mujeres serias. Les decía a sus hijos varones.

Así que cuando Iluminada le vino con el comentario, se le fue encima y le advirtió.

-Si te estás acostando con Ismael, más te vale que no te hagas de ilusiones.

-Ya quisiera yo. Es la orgullosa esa, la que tienes de protegida. La que sale cada día a buscar trabajo, porque no quiere trabajar en esta casa. La Curra esa.

-Más te vale que te calles la bocota. Curra paga el alquiler de su cuarto. Mientras tenga para pagar, no tiene que trabajar aquí. Deja a Ismael fuera de todo este asunto.

-Que te digo que lo digo yo, que se está acostando con tu hijo. Que cada noche follan como dos locos perdí’os.

-Mira, hija de puta, como lo que me digas no sea cierto, vas a ver. Envidiosa. Sabes que tengo prohibido que se hable mal de las mujeres que viven aquí.

-¡No hay peor ciego que el que no quiere ver! Allá tú. Yo ya he cumplido con decírtelo.

Esa noche Dignidad se puso “en vela”. Vio como Ismael, pensando que ya ella dormía, se bajaba de su hamaca y salía del cuartucho donde colgaban como racimos de plátano, las demás hamacas donde dormían sus hermanos y su madre. Dignidad esperó un rato. Al ver que no regresaba, salió “dispará’ como cohete” para el cuartuchito que ocupaba Curra. Y allí los vio, quemándose de pasión.

-¡Me cago en na’, so’ hijadeputa! ¿Cómo te atreves? Y se le fue pa’ encima a Curra y a Ismael.

Ismael salió en defensa de Curra.
-Ma’i, no le diga na’ a Curra. He sido yo el que se le metió en la cama.

Dignidad agarró a Ismael por una oreja.
-¡Te me vas pa’la hamaca ahora mismo! En cuanto a ti, Curra, esto lo arreglamos mañana. Ve pensando pa’onde irte.

Los planes de Ismael se adelantaron. A la mañana siguiente se llevaría a Curra para la casita a medio hacer. Ya la terminaría con premura, mientras estaban allí. Y así fue.

CAPÍTULO 2:Vigis: hermana de Curra la Puta y sus historias con Inocencia (editado)

La hermana de Curra: Vigis

Paco y Catalina tenían otra hija: Vigis, que se casó con Lulo, hermano de Tolín. Curra y Vigis eran unas hermanas que se adoraban aunque fuesen como el aceite y el vinagre. Y así fueron sus vidas. Curra fue la rebelde y Vigis la que se “ajustó” a las normas “cristianas y sociales”. Vigis sólo conoció a un hombre en su vida, Lulo. Con él tuvo 6 hijos. Vivió a su lado por cerca de 40 años hasta que él pidió el divorcio para casarse con su “querida” de toda la vida: Inocencia.

Lulo conoció a Inocencia en la barra del pueblo. Ella la había heredado de su padre. Allí Lulo se “daba el palo” y colmaba las fantasías amatorias que su mujer le negaba porque “eso era pecado”, aunque de ¨"aquel pecado" se hubiesen concebido 6 hijos. Así, poco a poco, Lulo fue “visitando” a Inocencia cada vez con más frecuencia hasta que se hizo habitual. Al morir su padre Vitorio, Lulo le hizo una casa a Inocencia en la finca familiar y se la llevó a vivir allí para sacarla de aquel “negocio de mala muerte”. Ya había cumplido los 50 años.

Aunque había tenido relaciones amorosas con Inocencia durante 30 años, no había logrado preñarla. Decían en el pueblo que ella “estaba seca”, que no daba hijos, que era castigo de Dios por ser la “querida” de Lulo. La noticia del embarazo les llegó de sorpresa. Ella ya estaba en la menopausia y no le extrañó el no ver su “periodo” por varios meses. Fue entonces cuando sin pensarlo más, Lulo le pidió el divorcio a Vigis. Lulo quería que su hija por nacer a la que llamaría Pura, fruto de sus amores ilícitos con Inocencia, naciera en un hogar honorable. No quería que fuese una bastarda. Pura fue su única hija mujer y “había que darle buen ejemplo”. Esta hija sería la que cuidaría de él pues ya pasaba de los 50 años cuando la engendró, eso pensaba. Para Lulo, esa hija era “un regalo de Dios”.

Vigis, durante toda su vida mantuvo “las apariencias”. Se hacía “la de la vista larga” cuando Lulo pasaba las noches fuera. Se dedicó a criar a sus hijos con devoción infinita. Era una cristiana fervorosa que formaba parte de todas las cofradías y hermandades habidas y por haber en la iglesia del pueblo. Para no pasar por el bar de “Chencha” bordeaba el pueblo para ir a iglesia. Sabía de los amoríos de su marido con aquella “puta” pero ella era “toda una señora” y no iba a darle ninguna importancia. Aquella mujer “no le llegaba a los tobillos”. Así, aguantó con entereza, aquellos amoríos de Lulo. Aguantó todos aquellos años el que su marido “correteara” por el pueblo con aquella “mala mujer”. Aguantó la "humillación" de que le hiciera una casa en la finca familiar. Aguantó y aguantó como una mártir.

Aguanto hasta aquel día en el que Lulo le pidió el divorcio. Aquello fue como si “hubiesen soltado a una fiera”.

—¡Sobre mi cadáver! —Sentenció y salió de la casa “como alma que lleva al diablo” a buscar a aquella desgraciada.

Detrás salió su hijo menor tratando de que entrara en razón. Lulo no sabía qué hacer. No esperaba aquella respuesta de su mujer, que por tantos años había sido tan comprensiva. Así que se fue a la casa que tenía con Inocencia, a pensar en cómo convencer a Vigis de que le diera el divorcio.

Lloviznaba. Vigis cargaba su paraguas y su bolso. Caminaba corriendo. Su hijo Genaro se cansó de seguirla y se regresó a la casa. No imaginaba a dónde iba su madre con tanta prisa y tanta rabia. Su padre esta vez "se había pasado por siete pueblos", pensaba. Su madre no merecía lo que su padre le hacía. Él no sería NUNCA como su padre. De eso estaba seguro, se decía a sí mismo.
Vigis iba sacudiendo su cabeza y “echando maldiciones por la boca”. Nadie la había visto así jamás. Ella que era toda una señora, una dama, había olvidado las “buenas maneras” al oír la palabra DIVORCIO. No se le habría ocurrido jamás que Lulo fuese capaz de hacerle aquello a ella. PEDIRLE EL DIVORCIO. Ella que tanto le había aguantado, que tantas cosas le había perdonado en aquellos años juntos. ¡Cómo se atrevía!

Inocencia la vio venir a lo lejos. Se sorprendió. Ella nunca iba por aquella calle. Por la forma como caminaba, se imaginó lo peor. Salió del bar calle abajo, avanzando todo lo que podía.

—Párate ahí, desgracia’! ¡Serás PUTA! ¡Detente!

Al oír los gritos, Chencha, aceleró el paso. Volteó y vio a Vigis que agarraba el paraguas como una porra. Entonces “corrió como puta” calle abajo, perdiéndose por las callejuelas de la barriada vecina al pueblo. Vigis le quería entrar a paraguazos, quería descargar todos los años de "aguante" que había vivido por su causa y se le estaba "escapando". Vigis le perdía la pista como había perdido tantos años de su vida "aguantando".

Le perdió la pista a Chencha y a Lulo que cuando supo la historia, no volvió a "asomar ni el pelo" por la casa ni para ver a sus hijos, temiendo lo peor. Le perdió la pista a su marido, quien tiempo después, alegó separación como motivo para el divorcio y así dejó de serlo.

Uno que pasaba por allí y que tenia fama de "escribir música", al ver a Inocencia con aquellos tacos, que apenas podía correr, ingeniándoselas como podía para hacerlo, se le ocurrió escribir aquella canción. Aquella que posteriormente fue un exitazo y que decía así: ¡Oyééé! Camina como Chencha, to´a gambá. ¿Qué te parece?

La familia que se quedó en el pueblo

Al poco tiempo de Vigis estar viviendo en la finca, Tolín, que ya había terminado la casita, trajo a Erasma y sus dos hijos. Erasma era como una coneja, se dedicaba a parir muchachos y en poco tiempo se llenó de hijos. Fue así por su empeño en tener una niña que nunca le llegó. Ella tenía unos celos que rayaban en la obsesión por el amor Tolín le profesaba a sus hijas. Quería que ese amor fuese para ella y sus hijos. Tal vez si ella paría niñas, Tolín se olvidaría de aquellas mocosas.

Sus plegarias fueron oídas pero de forma distinta a lo que ella esperaba. Una tarde de los días que anteceden a la Navidad, Tolín llegó con las dos niñas y sus “motetes”.

—¿Qué Significa esto? —Le preguntó al verlo llegar.

— Las niñas. Que se quedaran con nosotros. —Le contestó él.

— ¿Toda la Navidad? —Preguntó con cara de disgusto muy mal disimulado.

— Mucho más que eso. —Dijo él sin más comentario.

En todo momento, hablaban entre ellos como si aquellas dos criaturas no existieran, no estuviesen allí.

—¿Papi? ¿Podemos jugar afuera? —Fue entonces cuando repararon en ellas. Al oir la vocecita de Lola.

—Vayan ustedes, pero no salgan del batey. —Les dijo su padre.

Fue entonces cuando la ira de Erasma se dejó sentir. Comenzó a vociferar contra Tolín.

—¡Cómo puedes ser tan inconciente y desconsiderado! ¡Con tanto trabajo que tengo en esta casa y encima me traes más trabajo!

—Pon a las niñas a que te ayuden. —Le ripostó Tolín.

—¡A esas! ¡De seguro que son como su madre! ¡No sabrán hacer nada! ¡Seguro que son unas maleducadas y malcriadas! Viviendo con Curra no pueden haber aprendido otra cosa.

Los gritos de Erasma llegaban hasta la casa de Vigis, que se asomó a ver lo que le ocurría. Erasma no era santo de su devoción. Por su causa, su hermana Curra había sufrido mucho. No le gustaba lo que llegó a escuchar. Vio a las niñas jugando y salió al batey para saludarlas. Ella adoraba a sus sobrinas. Había vivido con ellas desde que Curra había vuelto a la casa hasta el día de su boda. No le pareció extraño el que las niñas estuviesen allí. Tolín solía buscarlas y traerlas a la finca a ver a los abuelos. Lo que le extrañó fue el ver que las llevó a su casa. Él no solía hacerlo, para evitarse un disgusto con su mujer Erasma, a quien no le gustaba nada el que se las llevara allá.

De noche, la familia solía reunirse en el batey. Allí a la sombra del árbol de mangó colgaban unos ”jachos” para alumbrarse, para tomarse una tacita de café puya, pues el azucar era un objeto de lujo que no se podía despilfarrar y tener una charla donde se comentaba lo ocurrido en el transcurso del día. Erasma se quedó en su casa como tantas otras veces. En contadas ocasiones se juntaba con ellos, decía que no la querían. Con el tiempo empezó a decir que no eran gente “educada”, que eran vulgares y que no quería que sus hijos aprendieran de los “malos ejemplos” que ellos les pudiesen dar. Esos “ellos” eran los abuelos y tíos paternos. La familia de ella “era otra cosa”. Erasma olvidaba que ella venía de una familia mucho más humilde que la de Tolín.

—Es que el tiempo lo “tergiversa” todo y hace que la gente olvide sus miserias, —decía mi abuelo Tolín muchas veces, buscando justificar de alguna manera los desagravios que Erasma le hizo padecer a la familia de mi abuelo.

Esa noche se supo lo que había hecho Curra. Tolín fue con las niñas a la casa de sus padres a juntarse bajo el árbol de mangó. Allí contó lo que había sucedido con Curra. Fue así como Vigis se enteró de lo que acababa de hacer su hermana. Al terminar de escuchar a Tolín, salió corriendo para la casa de sus padres. Seguramente no sabrían nada. Estarían preocupadísimos al ver que Curra no llegaba. Lulo la acompañó.

Cuando entró en su casa, encontró a su madre rezando el rosario con la cara llena de lágrimas y a su padre con una angustia en los ojos que hacían que se le viesen de un azul traslúcido. Ellos, aunque tenían una forma muy rigurosa de vivir “por las normas”, eran unos padres amorosos con sus hijas. No podían dar crédito a lo que Vigis les estaba diciendo. CURRA SE HA IDO A LA CAPITAL.

El bisabuelo Paco se dejó caer en la silla y el peso de sus sentimientos de derrota y tristeza triplicó el de su cuerpo en aquel momento y por siempre. Cuenta Vigis que desde esa noche, la bisabuela Catalina comenzó a rezar tres rosarios consecutivos: UNO por el alma de su hija Curra, la que el demonio le había arrebatado, porque no cabía otra explicación para lo que su hija había hecho; OTRO para que todos los santos la protegieran de los peligros que la asecharían en la capital, todo lo que se comentaba que ocurría allí , le ponía “los pelos de punta” a cualquiera y EL ULTIMO porque le cambiara la suerte a los hijos de Curra y a la familia, que con lo mucho que ella la había deshonrado, sólo la buena fortuna podría enderezar tanto entuerto.

¡Qué triste sería aquella Navidad, sin Curra en el pueblo, en la casa, en sus vidas!

Vigis y Erasma

Durante años, Erasma se dedicó a humillar a las hijas de Tolín. No soportaba a las niñas habidas en su relación con Curra. El que Curra se hubiese largado del pueblo y le dejara las niñas a su padre para que éste las criase no entraba en sus planes. Cuando se enteró, por poco se muere del disgusto. Sabía que le tocaría a ella el cuidarlas pues Tolín salía muy de mañana y regresaba tarde. Además, la crianza era “asunto de la mujer” y ella era precisamente la mujer del padre de las niñas.

—¡Maldita puta! ¡Maldito el día en que te le cruzaste en la vida a Tolín! Ahora para colmo me vienes a desgraciar mi vida, como si ya no tuviese yo bastante. —Gritaba Erasma cada vez que se acordaba de Curra.

Había olvidado que fue ella la que se les cruzó en a vida a Tolín y Curra. A la hora de maldecir, se “repartía con la cuchara grande”.

Las niñas le tenían pavor. Aquella mujer neurótica, gritona, con voz de bruja, les inspiraba una imagen del demonio personificado. Erasma decidió pues, que ya que le había tocado hacerse cargo de las “mocosas”, ella se encargaría de educarlas "como Dios manda". Las haría "mujeres de bien", para que aprendieran a llevar un hogar, a hacer todas las faenas, a cuidar a los niños, sus hermanos, y a ser sumisas obedeciendo sin chistar lo que ella les ordenase. “Van a ver que no tendrán oportunidad de ser unas rebeldes como lo fue su madre. “—Pensaba.

Así que tan pronto Tolín salía a la faena, ella levantaba a las niñas para que comenzaran con la suya. Hacía que Marianela y Lola sacasen todos los platos y ollas que se usaban para las comidas -y las que no, también-, las echaran en una gran olla con agua para desinfectarlas hirviéndolas. Las niñas tenían que buscar la leña por el campo y traer el agua desde el río. Agua que cargaban en latones muy pesados. Luego, debían atender a los críos que cada año paría Erasma. Darles de comer, limpiarlos, lavarles los trapos en el río y de paso también lavar la ropa de los adultos de la casa y toda prenda que a Erasma se le antojaba que estaba de lavar: cubrecamas, cortinas, toallas, en fin, la pila de ropa era más larga que la esperanza de un pobre.

En una ocasión en que mi abuelo Tolín tuvo que marcharse a trabajar a otro pueblo cercano y siendo que Erasma estaba preñada, como de costumbre, dejó a la familia en la casa de sus padres. Aunque vivián en la misma finca, entre las casas había su distancia. Particularmente la casa de ellos, la cual se construyó en la punta este de la finca, la parte más retirada que halló Erasma.

Erasma trataba a las niñas con el mismo desdén que lo hacía en su casa, aunque se cuidaba de que sus suegros no la viesen. Una mañana mientras tiraba de la larga trenza rubia que tenía Marianela y le soltaba los acostumbrados improperios ofensivos:
—"Tan puta como tu madre, carajo, ¿es que no sabes hacer lo que te digo?"
Alcanzó a oírla mi tía abuela Vigis. Llena de ira por el abuso que observó que tenía Erasma con la niña de apenas 7 años en ese entonces, se tiró al batey y agarró a Erasma por los pelos, dándole cachetadas mientras le ripostaba:
—¡La puta eres tú, desgraciada! —le decía.

—¿Cómo es que tratas así a una niña? Dios, por eso te ha castigado y cada vez que pares te nace un macho; pues sabes que estas niñas son la luz de los ojos de su padre, para tu desdicha —comentaba ya casi a gritos mientras seguía tirándole del pelo y soltando cachetadas.

—¡Zorra robamaridos! Que le robaste el marido a mi hermana y ahora maltratas a sus niñas. Te voy a dar tu merecido.

—¡Ayyyy! ¡Que me mata! ¡Auxilio! —gritaba Erasma horrorizada, mientras Marianela la miraba con lagrimas en los ojos y frotándose la cabeza por el dolor que le había causado el tirón.

A los gritos, los dos pequeños que ya había parido Erasma comenzaron a llorar asustados. Lola salió corriendo de la casa para proteger a su hermana y los abuelos corrieron a ver qué era lo que ocurría.

A duras penas, Vitorio pudo quitarle a Erasma de las manos a Vigis y Jacinta se llevó a Erasma al interior de la vivienda para tratar de calmarla. Podría perder a la criatura del disgusto tan grande que había pasado.

Vigis, recogió a Lola y a Marianela y se las llevó a su casa. No estaba dispuesta a que esa ramera de Erasma abusara de esa forma de sus sobrinas. Ella criaría a esas niñas. Eran su sangre. Sin embargo, Lulo no estaba de acuerdo. Aunque también eran sus sobrinas, hijas de su hermano Tolín, reconocía que Curra había actuado mal al dejarlas con su padre y haberse ido del pueblo. No podía impedir el que Tolín las recogiera y se las llevara a su casa. Era su padre. Ya se encargaría él de hablar con su mujer. Esto valió para que Vigis y Lulo tuvieran una discusión que provocó el que Lulo durmiese en el corral de las aves hasta que se le pasase el enojo a su mujer.

Cuando mi abuelo Tolín regresó, dos semanas después, Erasma ya estaba tranquila. Vitorio y Jacinta pusieron al tanto a su hijo Tolín de lo acontecido cuando este al llegar, preguntó por las niñas al ver que no estaban. Tolín, con una mirada de reproche hacia Erasma, quien callada escuchaba lo que contaban sus suegros, salió de prisa a casa de su hermano para recoger a sus hijas. Al llegar, Lulo le explicó del por qué habían permanecido las niñas en su casa. Así se "enfriaban" las cosas con Erasma.

—Es mejor no provocarles más disgustos, compadre. Su mujer está bastante avanzada y no queríamos que fuese a perder la criatura que lleva en el vientre. Usted sabe cómo son estas cosas. Vigis se sintió ofendida por las palabras de Erasma sobre su hermana. Es comprensible, ¿No lo cree?

—Bueno... ya, compadre. Sé que ustedes son los padrinos de Lola y, además, ellas son sus sobrinas. Sé que las quieren, pero son mis hijas y deben estar en mi casa. Erasma sólo las quiere educar bien, aunque a veces se le puede ir la mano. Hablaré con ella.

Esa misma noche, Tolín recogió a su familia: su mujer, sus dos niñas y los dos críos que había concebido con Erasma para ese entonces y se volvieron a su casa. Fue la última vez que la familia se quedó hospedada en la casa de los abuelos y el principio de las muchas batallas entre Erasma y Vigis. Batallas que fueron verbales más no de acción, pues no hubo otra oportunidad para Vigis de abofetear a Erasma aunque le hubiese gustado mucho hacerlo. Si alguna había sido puta, era esa que condenó a Curra a tener que buscarse la vida en la ciudad. Esa, por habérsele metido por los ojos a Tolin y haberle parido un hijo cuando aun vivía con su hermana Curra como marido y mujer. Por eso creo que cuando supo lo que le haría Lulo, muchos años después, quiso matar a sombrillazos a Inocencia. Por hacerle a ella lo mismo que le había hecho Erasma a su hermana Curra.

CAPITULO 3: MARIANELA - DE TAL PALO... (editado)

Viviendo con Erasma

De los hijos que tuvo mi abuela Curra, 6 en total, dos fueron chicas. Fueron condenadas a vivir con la madrastra Erasma cuando mi abuela se largó del pueblo. Las hermanas jamás perdonaron el abandono de su madre. Más aún, cuando este rencor fue alimentado con saña por Erasma quien se daba gusto malhablando de mi abuela con todo el que le escuchaba sus cuentos. Erasma aprovechaba cada ocasión para insultar a Lola y Marianela y hacerles algún comentario despectivo de su madre. Se ocupó de que considerasen su condición de PUTAS por herencia, pues "de tal palo, tal astilla". Así es que cada vez que las niñas hacían algo que a ella le parecía incorrecto, las apodaba PUTA.