CAPÍTULO 4: LA VIDA DE MARIANELA EN LA CAPITAL
Marianela: del pueblo a la ciudad.
Corrían los años 40 en mi país. Años muy difíciles y de mucha emigración. Externa e interna. Mi tía Marianela fue de esas que emigró internamente. Dejó el pueblo y se fue a la ciudad. Así, sin pretenderlo, aunque lo deseaba con todo su corazón, pudo salir del infierno que era su hogar. Infierno donde el demonio tenía nombre: Erasma, su madrastra. Lo que lamentó fue el tener que dejar allí sepultada a su hermana Lola.
Desde que había ido a vivir con su padre Tolín y su madrastra Erasma, a temprana edad, no había más que deseado el día de poder irse de la casa. Erasma era hipócrita y abusiva. Delante de la gente se pintaba como una sacrificada y honrosa mujer que biencriaba las hijas de su marido. Era admirada por todos los que la conocían por su abnegación. Sin embargo en la casa era otro cantar. A Marianela y a su hermana Lola, las hacía salir de la hamaca donde dormían antes de que saliera la luz del sol. En más de una ocasión en que las niñas no lograban despertarse, pues se acostaban agotadísimas de tanto trabajar, les arrojaba una tinaja de agua fría.
—¡Para que espabilen ! —les gritaba.
Ya en pie, no había descanso. Lavar toda la loza, ollas y cuanto trasto había en la cocina. Todo con agua caliente. Agua que había que ir a recoger en latones al río cercano. Leña que había que buscar por el campo. Luego, a cocinar. Mondar viandas -papas, batatas, yautías, malangas- para preparar las comidas. Lavar los críos que había engendrado con su padre, darles de comer, vestirlos, acunarlos, bañarlos, dormirlos. Había días en que la tarea era lavar la ropa en el río, restregándola en las piedras. Las niñas solían ir los días en que no iban las vecinas, Erasma no quería que las vieran lavando tanta ropa.
Lola y Marianela esperaban con ansias ese día de la semana. Era cuando podían escaparse de las labores en la casa y de los críos para pasársela jugando en el río un buen rato, sin la mirada fisgona de Erasma. Sin tener que oírle sus insultos. Esos momentos los iba a echar de menos, como echaría de menos a su hermana Lola. Echaría de menos sus paseos por el campo cuando iban a buscar la leña y Lola le contaba historias de aparecidos, que lograba escuchar a hurtadillas cuando las vecinas visitaban su casa. También iba a extrañar las veces en que Lola se levantaba en la noche y se metía en su hamaca para dormir abrazadas. ¿Qué iba a ser de Lola? ¿La mandaría su padre a otra casa cercana a la que iba ella? ¿Cuándo la volvería a ver?
Se fue con Matilda y José a la ciudad aquella tarde de un temprano diciembre. Durante el trayecto a la ciudad, Marianela miraba a esos extraños con los que viajaba en una furgoneta destartalada y que hacía un ruido infernal. También observaba el mundo que se abría paso en cada curva zigzagueante del camino. Nunca antes había viajado en auto. Mucho menos aún, había salido de la colindancia del pueblo. Observó como fue desapareciendo el mar que tantas veces contemplaba a lo lejos desde el batey. Veía hileras de árboles que se alejaban tan velozmente que le parecía que sólo imaginaba haberlos visto.
Sus pensamientos alimentaban sus ansias de descubrir cosas nuevas, pero también sus temores. Bueno, ahora sí que sería puta, como le decía Erasma. Iba camino a la ciudad. Todas las mujeres de las que había escuchado hablar, que en aquellos tiempos se iban a la ciudad, terminaban siendo unas putas. Marianela no sabía muy bien lo que quería decir aquella palabra -puta- pero por los gestos y lo mal que se hablaba de esas mujeres en el pueblo, no debía ser algo bueno. Eso la atemorizaba mucho. Lo que no sabía muy bien, era si a su edad, también se podía ser puta. Las mujeres de las que había oído hablar ya eran adultas. Ella sólo tenía 13 años. Tal vez habría otra cosa qué hacer para chicas de su edad y no tendría que ser puta.
—Ya verás que te va a gustar la capital, Marianela. Le decía Matilda.
—Vivimos en un sitio donde hay mucha gente que va a las fábricas. Me ayudarás en casa. Yo cuido 10 niños y tengo mucho trabajo. Son hijos de obreras que han venido del campo y no tienen familia en la ciudad que las ayude con los críos. Tú me ayudarás mucho pues has cuidado muy bien de tus hermanos, según me han dicho.
Marianela no decía nada. Pensaba. "¡Madre de Dios, estoy harta de críos y esta señora tiene diez! ¡Si esta es otra Erasma!"
Quizás era mucho mejor ser puta.
La vida de mi tía Marianela estuvo condenada por la tragedia. Había sido un constante sufrir desde que su madre la había abandonado, dejándola a merced de su madrastra. Cuando Nela llegó a la capital, años después que Curra, fue a vivir a la casa de Matilda y José. Allí estuvo cuidando niños durante el día y sirviendo de objeto de placer para José de noche. José, a la semana de ella estar en aquella casa, se metió en su alcoba para despojarla de su inocencia. Nela nada dijo pues José la había intimidado diciéndole que la echarían a la calle si algo contaba y que entonces no le quedaría otro remedio que dedicarse a ese negocio tan antiguo, que es el del placer de la carne.
Así, aguantó años de trabajo mal pagado y de noches de muy mal dormir, atemorizada, rogando a que esa noche José no apareciera. Pero José aparecía casi a diario, para su más profunda desdicha y calvario. Aguantaba todo aquello con tal de escapar de su destino: ser como su madre, ser una PUTA. Ella no lo sería aunque tuviese que aguantar a aquel ser desagradable que provocaba sus pesadillas más pavorosas, sólo que las tenía despierta, consciente de que las vivía con toda la intensidad que puede provocar el abuso, el ser un mero objeto de placer lujurioso. Mejor eso. Mucho mejor que ser una puta.
-¡Puta no! Horror!- pensaba Nela.
Ella no quería tener el destino que tanto le había pronosticado Erasma. Así que calló y aguantó las babas que José dejaba sobre su cuerpo. Aguantó el toqueteo de aquellas horribles manos que no respetaban sus lugares más íntimos. Llego a sentir asco de ella misma cuando una noche experimentó placer de aquella situación tan humillante. Tanto aguantar hasta que acabó como no quería. Terminó finalmente en la calle cuando una noche, Matilda descubrió a su marido durmiendo con ella.
Matilda conocía muy bien las acciones de su marido. Callaba. Callaba por conveniencia. Prefería tener a su esposo en casa, que en la calle buscando putas. Así, Marianela, satisfacía sus necesidades lujuriosas y ella dormía tranquila sabiéndolo en casa. Aquella situación no le importaba mucho en realidad. Ella tenía unos muy altos principios religiosos y esos gustos lujuriosos de su marido le resultaban muy repulsivos. El sexo era sólo para procrear y ella era machorra. No daba hijos. Entonces, el sexo para ella no tenía ningún sentido. Era sólo un deber más como esposa que prefería obviar. Marianela también le ayudaba en esos menesteres. Así pasaron los años.
Marianela se hizo mujer y fue entonces cuando Matilda comenzó a temer por su suerte. Marianela estaba ya en edad de casarse, pronto se enamoraría. Eso crearía dificultades con José. Podría encelarse y hasta pretender abandonarla por estar al lado de Nela. Ella no iba a esperar a que ese momento llegase.
Urdió su plan. Una noche los sorprendería, así pasaría por ser la esposa ofendida, su esposo se sentiría culpable, echarían a Marianela a la calle y ella buscaría una chica más joven para que le ayudase y que no le acarreara los problemas que podrían surgir con Marianela. Todo salió como lo planificado. Y se deshizo de Marianela en un santiamén. José, nada dijo. No echaría su matrimonio de tantos años por la borda. No abandonaría su hogar, su comodidad, su estatus de buen esposo por Marianela. Había mucho en riesgo y Marianela no lo valía. Así, la dejó ir, muy a su pesar, le había llegado a tener afecto a esa chiquilla que vio crecer y a la que había hecho mujer. Su mujer.
Marianela volvió a llorar. Una vez más, una de tantas en las que había derramado lágrimas de rabia ante tanta impotencia que sentía por su desdichada suerte. Sin más remedio, buscó a Curra. Sabía que vivía en el barrio. Erasma se lo había escrito en una de sus cartas. Esas que le escribía para pedirle que mandara el dinero que había acordado en enviar cada mes cuando cobraba. "Es que ha nacido tu hermano Ernesto" "Es que ha enfermado Lola, tu querida hermana a quien no querrás que le pase lo que a Miguel, ¿verdad?" En fin, siempre había un motivo para que enviara el dinero que ganaba limpiando culos de niños llenos de parásitos.
Llegó a casa de su madre justamente en una víspera de nochebuena.
Marianela se reencuentra con su putamadre Curra.
Curra se había ido a vivir a la casita que le había hecho Ismael, allí, justo a la orilla de aquella laguna que dividía la capital en dos: a un lado, los ricos señores capitalinos y al otro, los arrimados, aquellos que llegaban desde el interior y se iban asentando como podían en el lodazal de aquel babote que miraba a la otra orilla con ensoñación.
Consiguió emplearse en una fábrica de tabaco como empalilladora. Las condiciones de trabajo eran precarias pero con el dinerito que ganaba, soñaba con ampliar la casita y mandar a buscar a sus hijos. Traerlos del pueblo a la capital. Pero llegaron los críos que tuvo con Ismael. Uno tras otro. El dinero apenas alcanzaba para mantenerlos, pero ella soñaba con reunir a todos sus hijos algún día. Así fueron pasando los años. Uno tras otro, tras otro y ella seguía soñando mientras criaba a sus pequeños.
Supo que Marianela estaba en la capital. Su hermana Vigis le escribía esporádicamente y le contaba del acontecer en el pueblo. Así supo que Tolín se había embarcado para Nueva York, dejando a Erasma con nueve críos. Supo que Lola se había convertido en una madre para aquellos mocosos, pues Erasma siempre estaba achacosa. También supo de Eduardo, el hijo que dejó con sus padres. Se había convertido en un chiquillo problemático, traía a sus abuelos de cabeza. Había heredado la rebeldía de su madre. Cuando entró en la adolescencia se enlistó en el ejercito americano, en contra de la voluntad de sus abuelos.
-Servir al ejército americano es una verdadera estupidez. Esos gringos no nos quieren, no nos respetan como pueblo. Los isleños seremos su carne de cañon. ¡Este muchacho no sabe lo que hace! Le comentaba Paco a su mujer.
Vigis también le contó a Curra de su historia con Lulo. Su historia de "mujer decente", aunque todos en el pueblo sabían de la doble vida que llevaba su marido. Ella también sabía de los amoríos de su marido con Inocencia, la "Chencha" de la barra de "mala muerte" que había en el pueblo. Cuando le escribía a Curra, se desahogaba en insultos para con la querida de su marido.
Curra se valía de los vecinos que sabían leer para que le leyeran sus cartas. Ella era analfabeta, aunque fue siempre muy lísta. Se las ingeniaba de mil maneras para superar sus limitaciones. De este modo, todos en el barrio conocían la historia de Curra, pues más de un lector indiscreto iba por el arrabal contando lo que decían las cartas. Y entre verdad e invento, se iba tergiversando la historia, pero algo sí era genuino, el que todos esperaban con Curra, la llegada de sus hijos al arrabal algún día. De algún modo, la historia de Curra, era la historia de aquel colectivo arrimado que había dejado tras de sí una familia, esperanzas, sueños.
Curra esperaba que Nela algún día apareciese por su casa. No perdía la esperanza de tener a todos sus hijos con ella. Aunque la vida en la capital era muy difícil y su humilde casita en aquel lodazal sólo tenía una habitación que servía de sala cocina y dormitorio para ella, su marido y sus dos hijos, ya se las arreglarían si Nela llegaba por allí alguna vez.
-Ya ahorraremos para ampliar la casa y que te traigas a todos tus hijos, Curra. Le comentaba Ismael cuando la escuchaba hablar con nostalgia de la prole que había dejado atrás.
Aquella tarde, estaba sentada en la puerta de la casita de madera que se elevaba sobre socos y desde su altura, le permitía contemplar la laguna gris. Desde la puerta también alcanzaba a ver el callejón zigzagueante que llevaba hasta la carretera del barrio. Había un semillero de casa en aquel callejón pero la suya, tenía un lugar privilegiado que le permitía ver a quienes caminaban por el lugar buscando a algún vecino. Así fue como divisó a Marianela a lo lejos. De inmediato supo que era su hija. La había dejado de ver siendo una niña, pero sus facciones no habían cambiado. Cuando se percató de que aquella joven iba preguntando entre los vecinos, bajó corriendo los maderos raídos que servían de imitación a lo que es una escalera.
-¡Marianela! ¡Nela! Iba llena de alegría a abrazar a su hija después de tanto haberlo soñado.
Sin embargo Marianela llevaba una tumba para Curra en su corazón. Su madre había muerto para ella el día en que la dejó con su padre. Nela tenía 20 años cuando llegó a casa de Curra. Habían pasado 15 años desde la última vez que se vieron.
Marianela conoce a Amaro.
Curra adoraba la Navidad. Ella, aunque había sufrido mil calamidades en la vida, siempre tenía un espíritu de alegría envidiable. La Navidad representaba eso, alegría, aunque le pasaran más de una tragedia por esas fechas: perdió a Tolín cerca de una Navidad, supo que estaba embarazada de un hombre casado en una Navidad, se marchó de pueblo justo en Navidad. Aquella Navidad sería distinta. Le había traído a Marianela.
La Navidad hacía que le cambiara el semblante a Curra. Su rostro resplandecía al ver cómo aquellas casas humildes del barrio se llenaban de luces. Era tiempo del "borrón y cuenta nueva" como solía decir. Por eso hizo de la despedida de año una fecha de tradición familiar. Tan pronto llegaba el día 20 comenzaban los preparativos. Aquello parecía una cooperativa. Las vecinas se reunían en la casa de Curra con los ingredientes necesarios para hacer la masa de los deliciosos pasteles. En mi país en aquellos tiempos, se pasaban momentos difíciles, pero la navidad era para "tirar la casa por la ventana" por más pobre que se fuese. Las vecinas se asignaban las viandas necesarias para la masa, mi abuela, compraba el cerdo para el relleno y todas juntas se daban a la tarea que tomaba un día entero. Había que moler toda la vianda, cocinar la carne. Luego, se amasaban los pasteles, se colocaban en hojas de plátano y se amarraban. Preparaban docenas y docenas de pasteles que luego se repartían en cantidades iguales.
El 31 de diciembre, Curra preparaba el arroz con gandules, la ensalada de papas y asaba el lechón. Ismael compraba la bebida clandestina -el ron caña- aguardiente que preparaban en el pueblo y que luego transportaba alguno para venderlo en el barrio. A las 6:00 de la tarde comenzaban arremolinarse las familias del barrio. Ya a las 10:00 de la noche los petardos no paraban de estallar, las risotadas se mezclaban con el sonido de alguna guitarra que tocaba una sinfonía colorida de música campesina que provocaba la nostalgia por aquel campo dejado atrás para venir a la ciudad. La gente desfilaba con sus mejores aunque muy humildes galas por aquellos callejones de tierra y por la calle zigzagueante que llevaba a la avenida. El barrio se tornaba en un carnaval de vidas pobres que por una noche se sentían tan iguales a todos los demás mortales que habitaban la isla.
Dignidad, la suegra de Curra, había hecho una casita tan humilde como la de sus vecinos, a pasos de Curra e Ismael. Aunque el negocio "del placer" iba bien, no dejaba demasiado como para mantener dos casas en condiciones. Así es que pidió a su hijo que le construyera una cerca de él y su mujer y allí se fue con su prole que ya había crecido. Era también un modo de prevenir que sus hijas entrasen "al negocio" pues más de un cliente ya se fijaba en ellas.
Cuando Curra le dio el primer nieto, Dignidad dejó atrás su rabia con aquella mujer que le había llevado a su hijo preferido sin haberse casado “como Dios manda”. Siendo Eulogio el primer nieto, Dignidad quiso estar cerca de su hijo y su hasta entonces despreciada nuera. Eulogio fue el reconciliador entre aquellas dos mujeres que se riñeron el amor de Ismael hasta entonces. Al nacer el niño, Ismael quedó rezagado. Dignidad, por tal de estar cerca del amado nieto, se tragó su “negro orgullo” y recibió a Curra como si ella hubiese sido la mujer que siempre había deseado para Ismael. Desde entonces, fueron Dignidad y sus hijas las que se hicieron cargo de los niños de la pareja, mientras sus padres trabajaban.
Ese año, el que llegó Marianela a la casa de Curra, Dignidad haría una fiesta en su humilde casita para despedir el año. Los parientes que vivían en el barrio nuevo, otro arrabal que creció al otro lado de la laguna, cuando ya no cabían más casitas en la ribera del caño, vendrían para la fiesta. Una prima de Marianela, hija de uno de los hermanos de Tolín que también había emigrado a la capital, llegó acompañada de su “novio oficial”, Amaro.
En los pueblos pequeños todo el mundo se conoce y si se busca mucho, terminan siendo parientes. Ese fue el caso de Dignidad y la mujer de Tobías, el hermano de Tolín. Así es que las primas de Ismael, el esposo de Curra, eran primas de Marianela, la hija de Curra. Así todo quedaba en familia. Así se mezclaban las razas, la blancura de Curra, la oscuridad de Ismael, los ojos azules de Tobías, el tío paterno de Marianela y el pelo encrespado de Josefa, la hermana de Dignidad. Así en aquella fiesta, había blancos y negros, mestizos y mulatos, como lo era Amaro. Los arrabales de la ciudad albergaban las mismas características de los pueblos pequeños y conforme se iban expandiendo por la capital, iban oscureciendo la cara de aquella, convirtiéndola en un tornasol continuo y constante. Un ir y venir de rasgos que iban afianzando la caribeñidad de sus habitantes.
La despedida de año en mi país de aquel entonces, solía ser una noche en la que se entremezclaban alegrías, tristezas, pasiones y desencantos, que se enterraban con el conteo regresivo...10,9,8,7,6,5,4,3,2,1...se fueee, se largó el año viejo...qué bueno que se fue yaaa. Así fue ese año del reencuentro de Curra y Marianela. Entre besos y lágrimas, los vecinos y vecinas se confundían con los visitantes, con desconocidos, entre abrazos y besos, deseándose unos a otros que el año nuevo trajera mejor suerte. Entre besos y lágrimas, Curra abrazó a su hija, que llevaba un par de semanas con ella. La frialdad de Marianela no le sorprendía, ni le impedía demostrarle lo mucho que la quería.
-Ya me comprenderá algún día. Se decía a sí misma.
Al empezar el año nuevo, comenzaba el baile. Comenzaba además el desfile de visitantes, de una casa a otra donde hubiese baile. El baile duraba hasta el amanecer. En ese momento, al ver salir el sol, los hombres que habían resistido la larga noche, se tiraban al batey a coger una gallina para espezcuezarla y hacer el asopao de gallina con el que decían que se quitaba la borrachera. Y así, entre aguardiente, música y asopao, el barrio despertaba a un año nuevo, llenos de esperanza de que les iba a ir mucho mejor que el anterior. Eso fue lo que pensó Marianela cuando conoció a Amaro esa noche. Amaro no le quitó ojo de encima y cada vez que pudo, se las ingenió para bailar con ella.
A Tomasita, la prima de Marianela, no le hacía mucha gracia, el ver a su novio bailando con su prima. Para ella, Marianela era una extraña. Se habían dejado de ver siendo muy niñas y se reencontraron en aquella fiesta, quince años después. Tomasita deseaba que aquella noche terminara pronto. Ya se encargaría ella de que Amaro y Marianela no volviesen a encontrarse. Pero se equivocó. Desde aquella noche, Amaro fue un visitante constante en la casa de Curra, a espaldas de Tomasita. Al cabo de tres meses, Marianela le dijo a su madre lo que ésta ya sabía.
-Me caso, Curra. No la llamaba Madre. No recordaba haberlo hecho nunca.
-Y ¿Por qué tanta prisa? Si apenas se están conociendo.
-Estoy preñada. Se lo soltó así, sin más. ¿Quién era ella para reprocharle nada?, pensó.
-¿Ya lo sabe, Amaro? Le preguntó Curra a su hija.
-Sí.
-¿Y lo sabe Tomasita? Inquirió.
-¿Tomasita? ¿Ella que tiene que ver? Le respondió Marianela sorprendida. No esperaba aquella respuesta.
- Amaro sigue de novio con ella. Le contestó Curra.
Las palabras de Curra fueron como un cubo de agua fría sobre la cabeza de Marianela. Sin embargo, se molestó muchísimo con su madre y la acusó de no querer a Amaro. De no perdonarle el que se fijara en ella. La llamó mentirosa y estalló en insultos que llevaba reprimidos durante todos aquellos años de sufrimiento en los que estuvo Curra ausente de su vida.
Curra dejó que Marianela se desahogara. Y esa fue la primera vez, de muchas que se dieron luego en la relación de madre e hija, en la que los insultos llovían como palabras marchitas por el tiempo, malolientes por la pudrición de haberse acumulado por un periodo muy largo y oscuro. No obstante, aquella tarde, Curra tuvo razón. Amaro jugaba con ambas primas. Visitaba ambas casas y se acostaba con las dos mujeres hasta casi preñarlas a ambas simultáneamente. A Tomasita la preñó poco después, pero ésta perdió a la criatura en un aborto espontáneo. Así fue como Tobías se enteró de que su hija estaba esperando un niño. Y poco faltó para matar a Amaro por lo que había hecho. Pues ya todos sabían que se casaba con Marianela.
Marianela había ido a visitar a su tío por vez primera desde que había llegado a la capital. Fue a anunciarles su casamiento. Luego de lo que su madre le comentase, no iba a permitir que Tomasita le robase la oportunidad de poder vivir su propia vida con el hombre que se la podría dar. Ya estaba cansada de ir de un lado para otro, de ser una recogida. Junto a Amaro podría formar su propio hogar. El joven prometía. ¡Estudiaba en la universidad! Eso era de admirar en una comunidad donde la inmensa mayoría de los jóvenes apenas había cursado la primaria. Amaro era muy buen partido para cualquier chica.
La noticia cayó como una bomba en el hogar de Tobías y desde ese momento, se le negó la entrada a Amaro a la humilde casita del otro lado de la laguna. Desde ese momento, las primas rivalizaron toda su vida. Negarle la entrada en su casa es lo que hubiese deseado hacer Curra, pero sabía que eso no iba a hacer cambiar las cosas. Sabía que Marianela se casaría con aquel hombre que mentía descaradamente y que el rechazarlo significaría volver a perder a su hija. Así es que consintió aquella boda, aún sabiendo el futuro que le esperaba a su hija junto a aquel hombre desalmado.
Un par de meses más tarde Amaro y Marianela se casaban “por la iglesia” aunque fuese una iglesia protestante y ninguno de los dos fuese miembro de ella. Importaba que fuese en la iglesia como era la costumbre entre las “buenas familias”. La fiesta fue allí en la casita junto a la laguna en la que se conocieron. La casita de Dignidad. Los invitados, los de siempre, los vecinos del barrio. Los ausentes, los de siempre, los parientes del pueblo y también los de la ciudad, debido al malrato vivido. Los que se echaron de menos, a la familia del novio. No acudió ninguno. No se les conocía. Ni se les conoció jamás. A partir de ese día, Marianela finalmente ya tendría su propio hogar aunque por ello pagase un precio muy alto como descubrió más adelante.
Nace Manuela.
Manuela nació en la década del 50 del pasado siglo. Su nacimiento vino marcado por la desdicha de su madre Marianela. Fue la primogénita para su madre, pero no así para Amaro. Amaro le había ocultado a su mujer que ya tenía una familia previa. Sólo le había comentado a Marianela que estaba divorciado, cuando ella insistía en casarse por la iglesia católica, pues ambos lo eran, aunque ninguno la visitaba y menos aún la practicaban. Marianela no entendía el por qué de la negativa de él a casarse por el ritual católico. Fue entonces cuando le confesó que ya se había casado previamente por lo católico. Para Marianela fue una gran decepción, pero eso no impidió que buscase alternativas. Ella se casaba con Amaro por la iglesia, fuese la iglesia que fuese. Ella iba a hacer bien las cosas, a casarse "como Dios manda". Así fue como el estatus de divorciado de Amaro, no fue ningún impedimento, aunque en aquellos tiempos ese estatus se consideraba como un sacrilegio y estaba muy mal visto.
Cuando Amaro vió la reacción de Marianela, supo que esa mujer le aguantaría lo que fuese. Sin embargo, con una noticia como aquella era suficiente para tentar a su suerte. En aquel momento optó por ocultarle a Marianela el que tenía un hijo de tres años y una niña de meses, que engendró cuando la madre de su hijo iba a visitarle para que viese al niño. Ya encontraría el momento adecuado para confesarle su historia.
El nacimiento de Manuela le dio ánimo para confesarle a su mujer que ya tenía dos hijos. Para Marianela la noticia le llegó como si le clavasen una estaca en el corazón. ¡Le había mentido! ¡Una vez más! Ella, que había roto los lazos de la familia por él, que había insultado a su madre por él, ahora veía que Curra, muy a su pesar, tenía razón. Amaro no era un hombre de fiar.
-Un hombre que miente y engaña a dos mujeres, no es de fiar. Le había dicho en aquella discusión que habían tenido por motivo de su boda con él.
Cuando Erasma supo que ella se casaba por el ritual protestante, puso el grito en el cielo. Ella que tanto había inculcado en aquellas mocosas los preceptos de la fe, veía como un fracaso personal el que Marianela se casase con un divorciado y por otra fe, en aquellos tiempos incipiente. Una fe que trataba de usurpar el lugar de la fe católica. Una fe que habían llevado aquellos gringos engreídos que se creían superiores a los nativos. El casarse por aquel ritual era como negarse a si mismo. Negar los valores esenciales de la sociedad. Era rendirse ante el invasor. Erasma condenó aquel matrimonio. Hizo escribir una carta llena de improperios e insultos para Marianela, en la que acusaba a su puta madre Curra de ser la gestora de todo aquello.
¡Claro! ¿Qué se podría esperar? ¡Curra siempre había sido una rebelde, una puta! Con tal de fastidiarla, era capaz de cualquier cosa. Hasta de promover un sacrilegio como aquel. ¡Un matrimonio protestante! ¡Con un hombre divorciado! ¡Madre de Dios, esa niña es tan puta como su madre! Y así fue como Erasma, renegó de Marianela. Ya no era miembro de la familia. Más le valía que se olvidase de que había dejado una familia en el pueblo. Para ellos, ella estaría muerta desde el momento en que se casase. Todos los católicos, y la familia de Marianela lo era, condenaban el matrimonio por otra fe. Por eso, ninguno de los parientes del pueblo acudió a la boda.
Amaro la había engañado vilmente. Y como había hecho su madre Curra años antes con su padre, ella, Marianela, jamás le perdonó las mentiras a Amaro. Sin embargo, siguió unida a él, pero ya no fue igual. Sus sueños se vinieron abajo. No había más nada que hacer. Estaba sola en el mundo y el mundo era un lugar muy cruel. No podía confiar en nadie. Todos buscaban sacar algún provecho a como diera lugar. ¡Pobre de su recien nacida hija! ¡A qué mundo la había traído! Hubiese preferido tener un hijo varón, pero hasta en eso la vida le jugaba una mala pasada y le dio una hija, Manuela.
Lo que debió haber sido una gran alegría para Marianela, el nacimiento de su hija, se convirtió en un profundo dolor. Tanto luchar para hacerse de una vida digna, para sacudirse de su historia familiar y hacerse de una propia, allí moría. ¡Qué irónico, una nueva vida, traía la muerte de sus sueños! Era su destino social. Así que a Manuela le tocaría lo mismo, una putada de vida.
Manuela fue una niña triste, meditabunda. Fue como si todo el dolor de su madre lo hubiese bebido mientras amamantaba. Retraída. Tenía su propio mundo. Su padre la ignoraba. La culpaba por la falta de amor de su mujer. Si ella no hubiese nacido, tal vez él nunca se hubiese atrevido a confesar el tener dos hijos. El nacimiento de Manuela lo marcó para siempre. Miraba a la niña y veía a su gran pecado confesado y a su larga condena de ser despreciado por su mujer. No era capaz de reconocer sus propias faltas. Su deslealtad, sus constantes engaños.
La historia de Amaro.
Cuando Amaro conoció a Marianela, quedó prendado de aquella belleza triste. La prima de su novia era una muchacha preciosa. Una chica tan blanca, tan rubia. Si lograba conquistarla, sería el hombre más feliz del planeta y de paso mejoraría la raza, como solía escuchar decir a su padre cuando, en las constantes peleas con su madre, le reprochaba que gracias a él que era blanco, había mejorado la raza de su familia negra, al concebir con ella hijos mulatos. Amaro fue el hijo más claro de piel de la pareja, pero sus rasgos negros resultaban obvios: nariz ancha, orejas enormes y pelo “como alambre de púas”. Por ser el más claro de piel, se sentía superior a sus demás hermanos. El tema de la raza fue siempre motivo de discusiones e insultos entre sus padres. Motivo de riñas con sus hermanos. Ingresó en el ejército americano para huir de aquel infierno que era su hogar, en un pueblo costero del norte.
Cuando regresó del ejército, al cabo de tres años, se casó con su vecina, una negra buena moza, con quien se carteaba. La familia de ella, por aquel entonces, se había trasladado a otro de los arrabales que por aquel entonces, florecían en la capital. Se había jurado a sí mismo el no volver a pisar la casa familiar. No volvió a comunicarse jamás con ellos. Aquel matrimonio estaba condenado al fracaso. Amaro no amaba a Daniela. Ella lo sabía y sus constantes celos y peleas acabaron por fastidiarlo. La abandonó y se buscó un cuartucho alquilado que por aquel entonces se conseguían en el barrio, entre familias que, con ello, se ganaban algún dinero adicional. Fue entonces cuando conoció a Tomasita, otra mulata como él, hija de padre blanco y madre negra. Comenzó a visitarla. Tobías, el padre de Tomasita, era un hombre muy recto y pronto inquirió a Amaro sobre sus intenciones con Tomasita. Amaro se vio obligado a formalizar las relaciones con la mulata. En aquella época, Amaro recibía una pequeña compensación por haber servido en la armada y el pago de sus estudios en la universidad. Un joven que estuviese estudiando en la universidad en aquellos tiempos, era un excelente partido para cualquier joven casadera. Eso fue lo que hizo que Tobías obviara el que Amaro estaba tramitando su divorcio. Lo que desconocía era que tuviese un hijo.
Llevaba un año de novio con Tomasita, cuando acompañó a la familia a aquella fiesta para despedir el año. Ya había acordado con ella y su familia el celebrar la boda tan pronto el terminara sus estudios universitarios. Apenas le faltaba un año. El conocer a Marianela cambió completamente sus planes, sin embargo, no quiso romper el compromiso hasta estar plenamente seguro de que Marianela le correspondería. Para su sorpresa y grata satisfacción, la joven aceptó el que la cortejara.
Aquella relación fue una de conveniencia desde un principio. A Amaro le convenía conquistar a Marianela para mejorar la raza de su descendencia y a Marianela le convenía buscarse un buen marido que le ofreciese su propio hogar y le diese estabilidad. Ninguno hablaba de amor. Pronto Marianela aceptó los acercamientos sexuales de Amaro, pues no conocía otra manera de amor. Esa fue la que José le había enseñado. Ella no había conocido a ningún otro hombre. La diferencia entre José y Amaro fue que con Amaro se sentía a gusto. Otra diferencia fue el que Amaro se corría dentro de ella y no llevaba cuenta de cuando le tocaba su periodo. Así, al cabo de tres meses, ya esperaba su primer hijo.
Fue Amaro quien pudo reconocer los síntomas de embarazo en Marianela. Ella pensaba que estaba enferma, pues se mareaba, sentía unas nauseas terribles al levantarse y el sueño no se apartaba de su cuerpo aunque hubiese dormido toda la noche.
Amaro la llevó al médico, que por aquel entonces era un lujo que pocos se podían costear. Al confirmar el embarazo, de inmediato le pidió matrimonio y ella aceptó. Lo demás ya es historia. Así fue concebida Manuela.
La infancia de Manuela y el reencuentro de Marianela con su hermana Lola.
Manuela tardó en hablar. Vivía con su madre y ésta apenas le hablaba. La cuidaba bien, eso sí. Tenía muchísima experiencia cuidando niños. Había cuidado a cinco de sus medio hermanos y luego a los que tenía Matilda a su cargo durante todos aquellos años en los que vivió con ella y con José. Las primeras palabras que dijo la niña fueron unos chillidos horribles. Así que la madre prefería que no lo intentase. Por lo que cada intento de pronunciar algo, le era reprimido por su madre. Así que decidió callar. Sólo hacía sonidos extraños para pedir las cosas a medida que crecía. Soltaba alguna palabra incomprensible de cuando en cuando. Sus padres no notaban la extrañeza de la niña pues preferían pensar que no existía. Así fue como Manuela desarrolló esa sensación de ser invisible.
Con su abuela Curra, era otro el cantar. Su abuela la mimaba, la consentía. Jugaba con ella, le hacía cuentos increíbles con los que reía ampliamente. Sus tíos, "los monitos" como les llamaba Marianela -les decía así porque eran más negros que la noche- la adoraban. Le cantaban canciones de cuna, la llevaban de paseo por aquellos callejones zigzagueantes que conformaban las callejuelas de aquel barrio pobre lleno de casuchas de madera donde vivían. Nada parecido al hogar de Manuela, en una de las flamantes urbanizaciones que estallaban por todos los rincones de la capital en aquellos tiempos, para la década de los sesenta.
Su padre, al finalizar sus estudios, se colocó en una muy bien reputada agencia gubernamental y compró una casa que consiguió a un precio excelente. Allí, años más tarde, nacieron los cinco hermanos que tuvo Manuela. Sin embargo,entre casuchas humildes, en el arrabal donde vivía su abuela, era donde Manuela se sentía más feliz. Allí, en la casita del arrabal, conoció a sus primas. Las hijas de Lola.
Sucedió que cuando Erasma renegó de Marianela, se quedó sin subvención. El dinero que enviaba la Nela era muy necesario para mantener a la trulla de críos, ya adolescentes, que tenía en la casa. Decidió que ya era el momento de que Lola se ganara la vida. Así es que un día le hizo la maleta, le sacó el pasaje de autobús y la mandó a la casa de su cuñado Tobías, para que buscase trabajo y le enviase el dinero.
Lola había aprendido a querer a aquella malvada mujer. Amaba a sus hermanos. Ya era una joven que podía tomar sus propias decisiones y pensó que era su oportunidad de reencontrarse con Manuela, de la que sabía a través de lo que le comentaba Erasma, cuando Nela escribía. Así fue como supo que se había casado. Lola no vio nada mal el irse a la ciudad, ni extrañó las intenciones de Erasma. Ella sabía cuánto se apreciaba en aquella casa, el dinero que sin fallar, enviaba Nela desde la capital. Ahora ella haría lo mismo.
Lola llegó a la capital y no bien se había instalado en el humilde hogar de su tío, cuando Andrés, un joven buenmozo con rasgos indios, de piel acaramelada y pelo negro y muy lacio, comenzó a cortejarla. Andrés fue muy bien recibido en casa de Tobías. Al tío no le había hecho ninguna gracia el que Erasma enviara a su sobrina sin avisarle previamente. La situación era difícil y tener que dar de comer y vestir a una más, aunque fuese su sobrina, resultaba oneroso. Así es que de inmediato inquirió a Andrés sobre sus intenciones y le expuso que él no era persona de aguantar noviazgos muy largos, que debía planificar la boda cuanto antes. Tobías no quería volver a vivir lo que le tocó con Amaro. De esa forma casó en el mismo año a su sobrina y a sus dos hijas mayores, Tomasita y Joaquina. Las casó tan pronto aparecio el primer pretendiente. Sólo hubo una diferencia de meses entre boda y boda.
Lola se reencontró con su hermana Marianela y con su madre en la casa de Curra. También conoció a su sobrina Manuela, quien por aquel entonces, era una bebé. Lola resentía mucho menos a su madre que lo que lo hacía Nela. La relación de las hermanas con su madre fue siempre, hasta la muerte de Curra, una muy tirante.
Lola había cambiado mucho desde que Nela la había dejado de ver. Cuando la oía hablar, le parecía estar escuchando a un fotuto de Erasma. Aquella arrogancia, la crítica mordaz, el menosprecio hacia los demás, ahora se personificaban en su hermana. Las hermanas no volvieron a ser nunca las mismas que fueron durante su infancia.
La rivalidad entre las hermanas se inició desde aquel reencuentro. Lola comenzó a presumir de su novio con su hermana y a reprocharle el que se hubiese casado con un divorciado y para colmo, por una iglesia protestante. Ella en cambio, hizo una boda “como Dios manda”, aunque a la suya tampoco acudieron los parientes del pueblo. Erasma estaba furiosa con ella, porque la había enviado a trabajar, no a casarse, y la había defraudado.
Al mes de estar casada, ya Lola esperaba a su primer hijo, que para sorpresa de todos resultaron ser unas gemelas bellísimas. Unas niñas rosadas, de pelo muy rubio y ojos claros. Lola no hacía más que presumir de sus hijas, mientras Nela, ignoraba por completo a la suya.
Manuela pasaba mucho tiempo en la casa de su abuela. Desde muy niña vio a las putas en las esquinas de las calles, con aquellos vestidos despampanantes llenos de brillos y cuentas de muchos colorines, a plena luz del sol. Sus caras eran un arcoiris luminoso. Tenían unas bocas tan rojas y apetecibles como las manzanas que por aquel entonces comenzaron a llegar, importadas de los Estados Unidos. Usaban unos tacones de punta muy fina y tan altos, que parecían malabaristas cuando caminaban, esquivando los hoyos que había en el escaso pavimento con el que se cubrían aquellas callejas por donde se paseaban, contorneándose todas.
Pronto conoció también a "La Lucrecia", un travesti con cuerpo escultural que no tenía nada que envidiarles a las otras mujeres con las que se paseaba. Con más de una tuvo su garata por celos. Les llevaba a los clientes porque tenía mucha labia para convencer a los borrachos que, en su delirio, no podían distinguir la diferencia fundamental entre ella, "La Lucrecia" y las demás.
Lucrecia visitaba la casa de su abuela Curra cuando Ismael, el marido de su abuela, no estaba en la casa. Tenía largas conversaciones con la abuela Curra. Conversaciones que no eran del todo aptas para ser escuchadas por la niña, pero como ésta apenas hablaba, Curra le permitía estar en la sala mientras las primas de Manuela, debían irse a jugar al batey y no interrumpir las conversaciones de adultos.
-Los niños hablan cuando las gallinas mean. Les decía Curra a sus otras nietas.
-¿Y cómo es que dejas que se quede Manuela, abuela? ¡Abuela puta! ¡Bruja, puta! Le gritaban groseramente las niñas, mientras huían corriendo de la ira que provocaban en su abuela.
-¡Esas niñas son un engendro del mismo demonio! Decía La Lucrecia a Curra, quien parecía ignorar completamente el comportamiento de sus otras nietas, mientras continuaba con la charla, muy entretenida.
Manuela, sentada en el suelo, escuchaba aquellos cuentos que se decían La Lucrecia y su abuela, sin entender mucho a qué se referían cuando hablaban y reían divertidas. De vez en cuando Lucrecia reparaba en aquella niña tan extraña.
-Curra, ¿y ésta? ¿Por qué es tan rara?
-¡Qué va a ser rara! Es distinta, es todo. Es muy lista, sabe escuchar y callar. Será muy inteligente.
-Pues a mi me parece algo lenta, ya sabes. Tonta, retardada.Curra se levantó llena de ira.
-Te vas pa´l carajo ahora mismo. Tú, que eres más puta que las gallinas, cómo te atreves a llamar a Manuela retardada. Sal de aquí. Eso sí que no te lo consentiré. A mi nieta no la insultas de esa forma, ¡puta sucia!
Y con aquel revuelo que había formado la abuela Curra, Manuela asustada huyó corriendo. Lucrecia ofendida, salió también dando voces.
-Mira quien habla de putas. Esa niña tonta es tu castigo. ¡Lo sabes aunque te hagas la sueca! No hay peor ciego que el que no quiere ver. Te estoy haciendo el favor de abrirte los ojos. ¡Coño! Que esa niña como va, ni para puta ha de servir. Le gritaba Lucrecia ya desde el portón que daba al callejón donde vivía Curra.
-¡Manuela!¡Manuela! ven con tu abuela. Ven mi'jita. Claro que no serás puta. Eres muy lista para llegar a serlo.
Ahora Manuela, con el paso del tiempo, recordaba aquellas palabras. ¡Cuán equivocada estaba su abuela Curra! La sociedad sigue siendo estática y cruel. "Puta has nacido y en puta te convertiras". Ese fue el dictamen que la sociedad estableció para ella. Para cada una de las mujeres descendientes de Curra. Ella, por más que su abuela lo hubiese querido, no estaba exenta de cumplir con ese dictamen.
En aquel momento de la discusión con La Lucrecia, la puta a la que ambas mujeres se referían era a la de la profesión más antigua del universo, la de la prostitución. Lo que Curra no imaginaba en aquel tiempo, es que en la sociedad se puede ser puta de muchas formas, no sólo como prostituta.












